(Eclesiastés 3:11)

La eternidad en mi mente

LA ETERNIDAD EN MI MENTE (Eclesiastés 3:11)

Hay una calidad en relación con la vida y la humanidad que no se puede explicar por medio del fundamento de la evolución. Ningún animal se siente inquieto e insatisfecho cuando han quedado suplidas sus necesidades. Observe usted a un perro bien alimentado durmiendo delante de la chimenea en un día frío. Está con su familia, pasándolo bien, sin tener que preocuparse de nada. Pero los seres humanos en esa misma situación no tardaremos en sentir una cierta impaciencia. Tiene que haber algo más, algo más que estaremos pidiendo a gritos.

Esta búsqueda interminable por una respuesta más allá de lo que nosotros podemos sentir en relación con nuestras necesidades físicas y emocionales es lo que se llama aquí “eternidad en el corazón del hombre”

Nuestro Padre celestial ha provisto muchas posadas deliciosas para nosotros a lo largo de nuestro viaje, pero se anda con sumo cuidado para asegurarse de que no confundamos ninguna de ellas con nuestro hogar. Hay un anhelo por el hogar; hay un llamamiento en lo profundo del espíritu humano que desea más de lo que puede ofrecer la vida. Ese algo inalcanzable forma parte del plan de Dios.

Es por eso que la exhortación de las Escrituras es siempre que debemos de confiar en la revelación de la sabiduría del Padre en los aspectos que nosotros no podemos entender. “Todo lo hizo hermoso en su tiempo, y ha puesto eternidad en el corazón del hombre, sin que este alcance a comprender la obra hecha por Dios desde el principio hasta el fin” Eclesiastés 3:11

Te doy gracias, Señor, por haber puesto eternidad en mi corazón. Nada puede satisfacer mis más profundos anhelos aparte de Ti. Enséñame a estar satisfecha sencillamente descansando en Tus brazos.

(Eclesiastés 3:11)

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