Mi padre me comentaba que en su juventud, estando en su habitación, a la hora del atardecer, próximo a la Iglesia San Francisco, de Santiago de Chile, las campanadas inspiraron los siguientes pensamientos.

 

Envuelto en la quietud que me rodea

dejo fluir mis más puros pensamientos,

y medito, medito hondamente.

¡Qué me importa que de un vecino campanario

viejas campanas, con voz doliente me anuncien

que una hora más ha muerto!

El tiempo para mí no existe,

resbala sobre mi mente y no logra asirme

con sus tentáculos siniestros.

¡Tiempo! Fantasmagórica visión

creada por el Hombre

para sentir que vive, para sentir que muere

y que con ello todo acaba.

¡Cobarde! Vestido con sudario de egoísmo,

no se atreve a alzar sus ojos a lo eterno

porque con ello se derrumbaría su mundo,

basado en ilusiones materiales.

Sordos los oídos del espíritu,

no quiere escuchar la voz del aire que respira,

el cual, al penetrar a sus pulmones

le susurra con voz muy suave,

con voz muy queda: -Yo vengo de la eternidad

y te traigo el hálito de la vida,

y me ha ordenado te diga que tú eres eterno

porque de ella recibes tu alimento espiritual.-

Rehúsa escuchar los latidos del corazón,

el cual, en el silencio de la oquedad torácica,

repite von voz acompasada: -Eterno, Eterno,

Eterno, por siempre eterno, tú serás.-

 

Dr. René Rossel Valenzuela (mi papá)

 

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