Seguramente sepas qué es el ESTRÉS. Lo habrás sufrido en numerosas ocasiones y también habrás percibido sus síntomas más representativos: tensión, irritabilidad, ahogo, dificultad y lentitud para realizar tareas, desconcentración, y un largo etcétera.

Sin embargo, puede que no lo sepas todo. O puede que tan sólo lo relaciones con aspectos negativos cuando, de hecho, es un mecanismo presente en las personas para aumentar su atención y así evitar un peligro inminente o amenaza. Una respuesta de defensa y supervivencia que, no obstante, a largo plazo puede causar graves problemas de salud e interferir significativamente en nuestra vida cotidiana.

El estrés como respuesta fisiológica y psicológica.

Como he mencionado anteriormente, el estrés es un mecanismo que se activa en nuestro organismo en respuesta a estímulos estresores, tanto positivos como negativos. Altera el equilibrio normal de nuestro cuerpo, predisponiéndolo a soportar una carga mayor de lo habitual. Estos estímulos pueden ser internos (procedentes de nuestra propia persona, como la enfermedad), externos (relacionados con el medio en que nos encontramos, ajeno a nosotros, como entornos ruidosos), o situacionales (relacionados con nuevos acontecimientos, como una mudanza o la muerte de un familiar), entre otros tipos.

Todo ello genera un conjunto de efectos que, aunque difieran dependiendo de la persona en que actúen, suelen resumirse en:

  • Consecuencias físicas: Alterando la homeostasis de nuestro organismo (equilibrio y autorregulación).
  • Consecuencias emocionales: Generando sentimientos negativos y poniendo el riesgo nuestro concepto del propio yo.
  • Consecuencias intelectuales: Interfiriendo en nuestra capacidad de afrontación de problemas y la percepción.
  • Consecuencias sociales: Deteriorando las relaciones interpersonales.

Respuesta mantenida en el tiempo.

Cuando un alto nivel de estrés se mantiene durante un tiempo prolongado, deriva en consecuencias que ya no son fisiológicas, sino nocivas para nuestro cuerpo y nuestra mente. Y aquí es donde pasamos de una respuesta normal en nuestro organismo a una respuesta patológica, que puede incluso persistir sin la presencia del agente estresor.

Entre estos efectos que ponen en riesgo nuestra salud encontramos algunos como la ansiedad, el miedo, la ira o la depresión. A su vez, estos efectos se convierten en factores desencadenantes de otros problemas físicos, como hipertensión, insuficiencia cardíaca, dolor y daño en los músculos debido a la continua tensión, problemas cutáneos (acné, erupciones, etc...) o incluso obesidad.

Afrontamiento.

Para evitar que el estrés se convierta en un mecanismo de riesgo potencial, debemos saber cómo manejarlo o, mejor dicho, saber hacer frente a las causas que lo provocan.

Definimos afrontamiento como la capacidad de manejar o responder ante un entorno cambiante, problema o situación específica.

Por lo tanto, más que centrarnos en aliviar nuestros sentimientos y sensaciones respecto a la situación desencadenante, debemos centrarnos en solucionar esa situación o problema. Si bien es cierto que no siempre es posible, aunque no llegue a resolverse completamente o incluso si no podemos hacer nada en absoluto por mejorarla, es conveniente mantener una percepción objetiva y analizar los diferentes puntos positivos y negativos, así como disponer de buen apoyo social (familia, amigos, etc...) y favorecer un ambiente de reflexión y relajación. Estos dos últimos elementos son principalmente importantes para mantener una buena capacidad emocional e intelectual que, al mismo tiempo, proporciona una considerable reducción de la percepción del nivel de estrés y mejora las propias aptitudes para afrontar eficazmente los agentes estresores.

En resumen...

Como todo, el estrés sólo es perjudicial cuando su exceso es mantenido en el tiempo. Por ello, es necesario entrenar nuestra capacidad de afrontamiento para evitar que sea el estrés quien nos controle a nosotros.

Recuerda mirar las cosas desde distintos puntos de vista, no obcecarte en un mismo elemento ni dejar que éste te ciegue. Y, si ahora no puedes solucionarlo, siéntate, piensa, y, aunque parezca imposible, acabará por solucionarse o acabarás por solucionarlo.

 

 

 

 

Estrés y agentes estresores

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