Menos de veinticuatro horas después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, ladrones y estafadores empezaron a aprovecharse del dolor y la generosidad que siguieron a ese día. Algunos se hicieron pasar por miembros de los equipos de rescate para hurtar. Cierta noche, hasta robaron una pala mecánica de tres toneladas. Las estafas se dispararon. Entre los productos falsos que algunos vendieron se cuentan equipos de protección contra el bioterrorismo y tratamientos para el ántrax (carbunco). Otros vendieron lo que supuestamente era tierra de la zona cero como recuerdo, aunque provenía de otro lugar. Varios presentaron solicitudes fraudulentas para cobrar seguros de vida y para recibir compensaciones por daños y perjuicios causados a su propiedad. Cierto matrimonio trató de recibir dinero alegando que su apartamento, ubicado en realidad a seis kilómetros del lugar del desastre, había sufrido daños. Muchas personas recibieron indemnizaciones por parientes “fallecidos” que aún estaban vivos o que nunca existieron. Los vendedores ambulantes distribuyeron banderas, pins y otros artículos, asegurando que las ganancias se entregarían a organismos de socorro, algo que nunca hicieron. Varios estafadores emplearon sitios de Internet para solicitar dinero que, según ellos, entregarían a los damnificados. Otros anotaron los nombres de los desaparecidos, que figuraban en los carteles, llamaron a sus familiares para conseguir más datos personales y los utilizaron para robar la identidad a las víctimas

torres

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