En realidad no estoy seguro: ¿fue un sueño, un salto temporal, o tal vez sucedió realmente.

  Ocurrió esta mañana cuando subí en al guagua, (así le decimos aquí a los ómnibus para transporte de personas). ¡TODOS ESTABAN CALLADOS!

  ¡Subir a una guagua en La Habana y que nadie esté hablando! Eso es prácticamente imposible, pensaba yo… Rectifiqué, era la ruta 27, la que tomo cada día para ir al trabajo.

  Me «pellizqué» simuladamente y estaba despierto. NO era un sueño.

  Volví a mirar y estaban los de siempre, por lo que NO era un salto temporal.

  Entonces estaba sucediendo…, TODOS ESTABAN LEYENDO. Excepto el chofer, por supuesto.

  Caminé de una punta a la otra de la guagua y nadie notó que estaba allí. Pedro, que siempre usaba una jarana leía el periódico. La pareja de jóvenes que trabajaban en el restaurante no se estaba besando, leían a García Márquez. Los gemelos no estaban molestando al señor de adelante, tenían una historieta en la mano. Y así los verifiqué uno por uno. TODOS LEÍAN.

  Entonces sentí una tremenda alegría interior. ¡Cuánto luchamos los que amamos la literatura por lograr esto! Seguí caminando despacio y complacido; en la parada siguiente, dos ancianos subieron con unos viejos números de nuestra revista Bohemia.

  Pero no, tampoco así. ¿Y la vida? ¿Dónde estaba la alegría mañanera que se respira en la ciudad y que nos ayuda a vivir?

  Esa jarana de Pedro, ese beso de los jóvenes, esas maldades de los gemelos son detalles que necesitamos en realidad. Por todo eso recordé aquel viejo refrán de la comida y la vida: «Es muy importante leer para vivir, pero no debemos vivir para leer».

 

 

— ¡Omar! —me zarandeó Pedro—. ¿Hasta qué hora leíste anoche?

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