Leyendo una vez al Dr. Wayne Dyer, me detuve en una frase que me llamó la atención por su significación metafísica – según creía entonces -: “Acostumbro correr 12 kilómetros; muchos amigos se desconciertan cuando les aclaro que yo no realizo una acción que se llama  correr, sino que soy el correr mismo “. (Paráfrasis). Le di vueltas y más vueltas a lo que escribió hasta que pude comprenderlo mentalmente, y se trataba de un conocimiento muy importante. Pero ahora, mucho tiempo después de haberla leído,  cuando recuerdo esa frase, lo que no me viene a la memoria es la comprensión de su significado; dichosamente no es necesario seguir recordando lo que una vez  escribió el poderoso Dr. porque ahora experimento esa sensación en la escritura.

 

En efecto, nadie niega que escribir, correr, nadar, etc., sean acciones; lo que se discute, lo que no se entiende bien en nosotros es que no separamos nuestro yo ( el ser) de la acción ( el hacer), por lo que experimentamos que lo somos y no que lo hacemos. Las consecuencias de esta perspectiva son gigantescas pues repercuten en todos los acontecimientos, en todas las interacciones, las relaciones y los cuestionamientos de nuestra vida.

 

Antes de seguir es necesario dar a conocer los parámetros de toda conducta: la frecuencia, la duracion y la intensidad. Como el escribir es una conducta, entonces podemos parametrizarla por las variables mencionadas. La frecuencia es cuantas veces comenzamos a escribir en un periodo de tiempo, la duración es cuanto tiempo tardamos en escribir continuamente – se pueden soslayar cortas interrupciones – hasta que el escritor decida hacer cualquier otra actividad; la intensidad es una variable más compleja, pues puede ser medida por la necesidad de escribir, por el grado de compulsion, tanto como por el deseo, por las ganas de dibujar palabras: es probable que estas distinciones se den en funcion del tipo de escritor.

 

A pesar que la intensidad es mostrada aquí como una variable independiente, es recomendable reconocer que puede definirse también como dependiente de las dos primeras. No obstante  la independencia nos sirve para conceptualizarla mejor. Si utilizo la intensidad en su doble faceta podremos descubrir con mas claridad las consecuencias que mencione líneas arriba, pues es un abismo el que separa al escritor con alta intensidad de uno con baja intensidad; y hay que aclarar que no se intenta establecer una jerarquía entre ambos, pues no es posible; sin embargo nos enfocaremos en los intensos por ser ellos los que encarnan el sentido de este escrito.

 

El escritor mas que nadie enfrenta lo que llamo “ la enfermedad académico-laboral de la época moderna”. Esta, consiste en que prevalezca, en que cale hondo en el cerebro humano, la idea “ debes ser alguien para hacer algo”; y así se paralizaron  millares de espíritus,  se frustraron artistas, científicos, filósofos, historiadores, actores, ingenieros, y un largo etc. Curioso es sin embargo que el nacimiento de la informática se diera sin el beneplácito del pupitre académico y el de su esposa, la sociedad industrial ¡ Y como lo revoluciono todo!  La idea de que el equilibrio del matrimonio dependiera de esa condenada condición “ ser alguien para hacer algo” que contradice al natural y exitoso “ has algo para ser alguien” comienza a tomarse como seria, y por tanto como vulnerable.

 

La escritura también ha sido rebelde, pero han sido afortunados los escritores que han podido realizarla en esta expresión. Por lo general, el escritor dista mucho de ser alguien – y en el fondo ¿no es verdad? – porque se cree comúnmente que es escritor quien ya publica, e incluso, el que lo hizo con relativo éxito, por lo que de ahora en adelante le Serra licito hacer lo que siempre ha hecho: escribir.

 

¿ Pero como me convierto antes, en lo que voy a ser  ( y hacer) después , para que se me apruebe, para que se me autorice hacer lo que en todo momento hago? Allí el escritor comienza la ruta del calvario de la incomprensión y sus momentos se convierten en constantes holocaustos. Como no es algo que hace sino  algo que es, cuando no escribe, es el mismo alguien que desconoce y tolera poco; para no caer en la locura se inventa tiempos y le asisten manos invisibles para existir n esa condición de escritor.

 

La bandera de la revolución, Internet, calma con paños tibios y emplastos curativos las heridas de los escritores – que son cada vez mas debido al gran cambio de nuestra época: de una cultura oral nos convertimos rapidamente en una cultura escribal. El escritor muestra su personalidad, su estilo, su valor, su creatividad, en cuanta oportunidad se presenta, ahora multiplicada por el fervor publico hacia las redes sociales.

 

¿ Hay mas, detrás?  ¡ Existen otros retos u otras puertas abiertas para los intensos, ellos que han sufrido tanto?

 

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