Los hechos son testarudos, pues están por encima de todo razonamiento. No es fácil discutir con una persona que defiende un hecho. Juega con una ventaja: a todos sus argumentos contestará: «pero esto es un hecho», y ahí se acaba la conversación.

Si nuestra vida en la tierra no está vinculada a hechos, es incierta, insegura, vacilante, imaginaria, sin relación con la realidad.

Existe un hecho irrebatible y firme: la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo. Si hubiese sido posible aniquilarlo, usted puede estar seguro de que hace mucho que se hubiese hecho, porque durante cerca de dos mil años muchos pensadores se han afanado en desacreditar y crear desconfianza sobre la Biblia, el Libro que nos habla de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo.

Toda mente recta reconocerá que en el principio tuvo que haber una gran fuerza creadora, y que Dios creó al hombre dejándole la responsabilidad de su comportamiento. Ningún escéptico en el mundo ha podido borrar la conciencia del alma humana, que permanece en el ser humano como una voz interior de advertencia que da testimonio de la verdad y rechaza el pensamiento de que Dios no existe. La conciencia es, pues, un hecho.

La vida de Jesucristo y su obra perfecta constituyen hechos. Su muerte y su resurrección son hechos comprobados. ¡Qué reposo para la conciencia, qué paz para el alma poder confiar en ese hecho: Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores!

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