La muerte es una separación, una ruptura que pone fin drásticamente a las relaciones más queridas. Hace correr lágrimas. Nos imaginamos la desesperación de quienes atraviesan el duelo sin conocer los recursos divinos, los que no tienen esperanza, en particular la de volver a verse en el cielo.

Por eso el apóstol Pablo escribe a los creyentes de Tesalónica: “No os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”. Atrae sus miradas hacia la resurrección venidera. Entonces la vida brotará de la tumba, vida de la cual participará el cuerpo, pues el alma (la parte inmaterial y espiritual) nunca ha dejado de existir. En la tumba sólo se coloca un despojo, una envoltura, un cuerpo. Así, lo que se deposita en la tierra es como una simiente que pertenece al Señor. ¡Qué dulce consuelo saber que los creyentes que nos dejaron conocerán las glorias de la resurrección! No hicieron más que precedernos. La muerte no debe ocultar el glorioso porvenir que la fe capta.

También es un consuelo saber que el alma de nuestros amados ya está con el Señor, en el gozo de su presencia. En la cruz el Señor Jesús pudo anunciar al malhechor arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:43). El apóstol Pablo manifestó su ardiente deseo de “estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23). “Estimada es a los ojos del Señor la muerte de sus santos” (Salmo 116:15).

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