Errores que dan horror.

Cuando de ERRORES se trata los cometidos por los pequeños, ya sean verbales o de cualquier otro tipo, provocan ternura y quizás algún disgusto por el peligro que puede acarrear el desconocimiento a tempranas edades. Pero cuando el error lo comete un adulto, supuestamente entrenado para una actividad, no solo provoca indignación sino que llega a dar horror a quien produce un perjuicio con su mala preparación. Si el autor del disparate es un funcionario público, de esos que deben rellenar formularios a diario y que no entendemos cómo puede equivocarse en algo tan repetitivo que pudiera hacerse automático, le provocará no pocos contratiempos pero la cosa no pasa de ahí. Bien distinto es todo cuando el error es cometido por un arquitecto o un doctor.

La mala preparación de un profesional, cuyo trabajo tendrá implicaciones para la vida de otros seres humanos en el futuro cercano, no debe ser tomada a la ligera. A veces vemos con tolerancia un mal estudiante de medicina, ingeniería o arquitectura. Los profesores ocasionalmente les pasan la mano como se dice en mi tierra, y los aprueban para salir de ellos, por lástima o por otros motivos menos altruistas y más lucrativos, haciéndose cómplices de un seguro desastre posterior.

Recientemente he visto grandes disparates que hasta para los poco duchos en la materia son evidencia de ignorancia absoluta. Ejemplo de ello es el diagnóstico escrito por una doctora a un paciente de virosis bacteriana. ¡Horror! Hasta un niño de la escuela elemental sabe que si es un virus no puede ser una bacteria. Y uno llega a preguntarse: ¿con esas lagunas en el conocimiento, que de tan grandes son océanos, como fue que llegó a graduarse y ejercer? Es cierto que cualquiera que haya estudiado recordará anécdotas que se volvieron leyenda en su ramo sobre errores de novatos y que hasta les proporcionaron apodos para toda la vida, como el de aquella enfermera que lleva el sobrenombre de caldo de pollo porque poco le faltó para pasar este líquido por un catéter en lugar de una sonda nasogástrica a un paciente en grave estado. Pero al graduarse se espera que el individuo esté como mínimo preparado para no ocasionar daño a otros.

Si usted es de manera directa o indirecta responsable de la formación académica de un estudiante, si de alguna forma puede evitar que este tipo de errores lleguen a ser el horror de los afectados por la mala preparación de otros, sea consciente de las consecuencias de sus actos. Recuerde que cuando el edificio se desplome, el automóvil ocasione un accidente por un error en su diseño o le amputen el pie sano a alguien no será culpable solamente el profesional ignorante sino también los profesores irresponsables que le permitieron graduarse.

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