En la pantalla de mi computador apareció, al fin, un clásico representante del Pleistoceno medio y superior: el hombre de Neandertal.

Tiempo geológico, Pleistoceno

 

Erectus, decidí llamar a mi «amigo». Pasadas unas horas ya podía entender sus gruñidos y gestos bruscos. Ahora tocaba el esfuerzo mayor: obtener su  virtual imagen en el local especialmente preparado para ese objetivo y del que yo tenía una visión total en la pantalla de mi monitor. Después lo movería por diferentes etapas evolutivas para tomar datos sobre su reacción al contacto directo con los representantes de estas.

  El primer contacto, de únicamente dos o tres minutos, lo intentaría con el Homus hábilis. Si este resultaba entonces organizaría una cronología de movimientos temporales hasta llegar a las etapas más desarrolladas: hasta el  Homo sapiens.

Camino evolutivo del hombre

 

Ya moviéndonos en el tiempo como un equipo lo intentamos con habitantes de una vasta región de África.

  Pero de pronto comenzó a cambiar la nitidez en el monitor desde donde chequeaba lo que ocurría en la habitación preparada para esos encuentros virtuales. La pantalla fue cerrándose hacia el centro.

  Intenté corregir algunos detalles en los sistemas de coordenadas temporales, pero la visibilidad era cada vez menor. Sin embargo pude comprobar indicaciones claras de nerviosismo en el rostro de Erectus antes de perder su visualización total.

  Varios segundos estuve indeciso, ¿perder tan pronto a mi amigo después de lograr su viaje en el tiempo? Podía buscar los errores en el programa archivado y crear un nuevo homínido, pero ¿y Erectus?

  Instalé un aparato para sondear sus signos virtuales; su señal todavía debía ser clara. El escáner barrió paleolítico, neolítico, primeras comunidades e incluso las nacientes civilizaciones antiguas sin obtener señal alguna. ¡En menos de cinco minutos las oscilaciones virtuales de Erectus no podían haber desaparecido de esa forma!

  Insistí. Las vibraciones me llevaron hasta: la Edad Media: siglo dieciséis; exactamente el año mil quinientos cuarenta y tres.

  ¡Allí estaba Erectus! En el centro mismo de toda una algarabía de personas, parecía un anfiteatro techado. Estaba cubierto con unas mantas y tenía un significante cartel a su lado: BRUJO.

  Yo no lo pensé para hacerme notar. Él, al sentir mi virtual presencia intentó enviarme señales, la mordaza que lo apretaba solo las dejaba salir a medias pero me bastaron. Erectus estaba sentado frente a un tribunal de La Inquisición.

Juicio por la Inquisición

 

—Si el acusado confiesa su culpabilidad será liberado por esta Iglesia —esas fueron las primeras palabras que escuché al «entrar» al anfiteatro.

  Enseguida accioné los botones que «materializaron» mi presencia frente a esas personas y logré arrastrar la atención de todos.

— ¡Él no puede confesar! —así logré el silencio que necesitaba. Aunque el murmullo creció paulatinamente.

  Mientras, avancé hasta colocarme junto a Erectus.

— ¿Por qué dices eso? —me precisó el tribunal.

—Porque él no es culpable de «estar» aquí. Yo lo soy.

  El inquisidor al frente del juicio requirió atención y le fue necesario hacerlo varias veces. Segundos elementales que utilicé para empalmar mis circuitos de contacto con los de Erectus.

—La misericordia del Señor no puede…

  Fue lo último que escuché antes de que desapareciéramos, como verdaderos brujos, Erectus y yo.

 ¿Nos condenarían a la hoguera?, ¿quién sabe?

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