Enseñar a nadar a tu hijo es una experiencia que os unirá más y le será muy útil en el futuro.

En repetidas ocasiones hemos oído de gente que, aún siendo adultos, no saben nadar. Bien sea porque nunca tuvieron la oportunidad o porque simplemente no han tenido necesidad de aprender, el saber nadar es algo que es indispensable ya que, llegado el momento pudiéramos llegar a necesitarlo e incluso, salvar nuestra vida.

Aunque nunca es tarde para aprender, yo siempre he creído que cuanto antes mejor ya que así podremos aprovechar ese potencial de nadadores que llevamos dentro desde que nacemos. Así por ejemplo un recién nacido contendrá la respiración cuando se le sumerge (este reflejo lo perderá con el tiempo). Por experiencia propia, lo mejor es acostumbrarlos al agua desde temprana edad y comenzar a enseñarlos cuando cuentan con tres o cuatro años.

bebe sumergido

Antes enseñar a nadar a nuestro hijo a nadar debemos de tener en cuenta si le gusta o no el agua. Si observamos que tiene miedo, tendremos que mantenernos junto a él en todo momento y nunca forzarlo a hacer cosas que él no quiera. Jugar con él donde hay poca profundidad es un buen método. Si por contra, a nuestro hijo le gusta el agua desde temprana edad podemos aprovechar esa “falta de miedo” en nuestro favor. En ambos casos de lo que se trata es que se sienta en un entorno seguro (donde “haga pie”) y pueda jugar por sí mismo con nuestra supervisión hasta que esté listo para lo siguiente que viene a continuación.

Una vez hemos dado este primer paso, pasaríamos a enseñarlo a sumergirse parcialmente. Lo más sencillo es hacer ver a tu hijo que todos somos capaces de mantener la respiración: Mientras él permanece de pie, nos arrodillaremos de frente y sumergimos la mitad de la cara (boca y nariz) dejando fuera del agua solo los ojos y le animamos a hacer lo mismo, muy posiblemente intentará imitarnos.

Una vez conseguido, pasaríamos a enseñarle a sumergirse por completo. Un buen truco seria mostrarle como sacamos cualquier objeto de debajo del agua (existen juguetes diseñados para este fin). Empezaremos por hacerlo nosotros mismos y a continuación lanzaremos este objeto justo a su lado donde él haga pie. Servirá con que se agache y lo saque del agua después de haberse sumergido por completo. Luego podemos aumentar esa distancia.

objeto

Logrado todo esto, nuestro hijo debería tener la suficiente confianza para pasar a una profundidad mayor. Ahora viene lo más difícil: Enseñarlo a nadar. Tanto yo como mi hijo aprendimos de la misma forma. Se trata de situarse lo más cerca del borde de la piscina posible (a no más de un metro de distancia) y animarlo a que salte hacia ti para finalmente cogerlo en tus brazos. No tengas miedo si por un segundo no tienes contacto con él ya que con esto se trata de hacerle ver de que puede valerse por el mismo (aunque solo sea por ese segundo). Lo siguiente es alejarse un poco mas y animarlo para que mueva los brazos y las piernas –estilo perro- para que pueda dar una o dos “brazadas” y así acercarse a nosotros (antes de que salte le mostraremos cómo). Y así continuamente…

Tirarse a la piscina

Si tenemos éxito, en los días siguientes iremos incrementando esa distancia hasta que ya no seamos necesarios ya que podrá sustentarse el sólo. Aunque tu hijo tenga tendencia a meter la cabeza debajo del agua, ya que posiblemente se sienta más cómodo así, no te preocupes porque ahora no es más que cuestión de paciencia para “limar” su estilo.

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