Existe un problema básico en la concepción de vida y muerte y, por tanto en la del hombre. El ser humano ha dejado de entenderse como ser finito. No entiende que no existe vida sin muerte y a la inversa. Aun peor, no entiende que la muerte siempre está y coexiste con la vida de la manera más natural.

La humanidad ha pasado a concebir la muerte como algo contra natura en un intento descabellado por negarla. La realidad es que vive en torno a ella.

Los seres humanos gastan más energía negando la muerte, apartándola, creyéndola execrada que la que gastarían aceptando su integración natural y manteniendo conciencia de ella. La muerte aturde, asusta. Viven aturdidos y asustados por ella. El mundo está loco y lo ha estado por demasiado tiempo.

Nadie comprende que todo muere todo el tiempo. Pequeñas células, grandes organismos. Todo muere todo el tiempo, desde que comienza la vida, la muerte arranca su proceso imparable, incontenible e irresistible.

La humanidad está empeñada en concebir a la muerte como el “hecho final” y a la vida como un proceso poco definido. La humanidad está empeñada en negar el proceso mortuorio y reducirlo a un acontecimiento dramático, doloroso, obsceno y desagradable. Pero es que un simple acontecimiento no es más que una consecuencia (sí) final y última de un proceso que viene teniendo lugar desde el momento de la gestación. Nadie quiere tener conciencia del proceso continuo que en sí mismo y en los demás está puesto en marcha y dejan a la muerte relegada a un instante que conciben espantoso porque les recuerda su propia finitud.

Si lográramos comprender que “la” muerte no lleva el “la” al principio sino que ese artículo no es más que un recurso literario y lingüístico como se intuye que lo es el “la” que le colocamos a la vida, dejaríamos de tener y de construir personificaciones específicas en torno a la muerte, no existirían más esas concepciones terroríficas de “nos ronda”. La vida no nos ronda, la vivimos simplemente. Entonces la muerte tampoco nos ronda, la morimos simplemente.

Si lográramos comprender esto, no tuviéramos tantas conjugaciones para la vida y sólo conjugaciones en terceras personas para morir. Nadie hace suya la muerte aunque lo sea. Si lográramos concientizar el recurso literario articular utilizado para nombrar a la muerte no se asignaría un color exclusivo para ella sin tener uno exclusivo para la vida, no le pondríamos cara, cuerpo, instrumentos e infinidad de símbolos que recubren a la concepción de muerte y que han acontecido sin final a lo largo de los siglos. La vida no tiene un color, ni una cara, ni un instrumento ni nada.

Si lográramos comprender que muerte es una consecuencia absolutamente natural, su hecho final no resultaría ni tan desagradable, ni molesto, ni doloroso, ni obsceno, ni horrendo ni nada que no resultara en paz. Dejáramos la actitud de tabú ante si quiera hablar y conversar de la muerte.

A la muerte no se le nombra, da miedo el sólo hecho de vocalizarla y se le consiguen expresiones sustitutas para referirse a aquel que murió como “ya no está”, o para el que se espera que muera pronto: “cuando se vaya”.

A la vida nadie le busca expresiones sustitutas. Cuando va a nacer un niño (a) nadie busca oraciones que se refieran a ese acontecimiento pero sin aludir directamente a ello.

Pero por Dios, ¿es que no podemos entender un proceso como un continuo sin separarlo en base a aquello que nos gusta y lo que no?.

Así es la vida. La vida contiene a la muerte y la muerte la contiene a ella. Es inevitable.

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