En un primer término, para encaminarnos hacia el concepto central de este ensayo que es “la ironía” que situarnos en el contexto filosófico en el que se desarrolla esta idea.

Frente a la obra de arte tenemos la emergencia de los recursos de representación, estos recursos son reflexionados; lo que se reflexiona son los límites de los recursos de representación y significación. Esta reflexión se entiende como la condición de volverse sobre las propias condiciones de relación con el mundo, y es algo propio de la subjetividad. Cuando el sujeto se retira del mundo que lo mantiene alienado en su exigencia, éste vuelve a encontrarse con el mundo pero esta vez como obra de la propia subjetividad, como una forma del mundo consciente.

En esta comprensión auto-consciente del mundo el sujeto comprende que no existe una relación inmediata con el mundo sino que existe una relación, una mediación. El mundo que habitamos es una representación donde las cosas adquieren un aspecto conforme al sujeto que las está experimentando (subjetividad). Esta aparente inmediatez del mundo consiste en que la subjetividad es inconsciente de su relación con el mundo que habita, pero tiene la posibilidad de recuperarse a sí misma del mundo alienante que la mantiene presa y hacerse consciente; no obstante esta operación no podría ser posible sin un “haberse perdido en el mundo” anteriormente. La reflexión implica necesariamente una desnaturalización de lo real.

El ser humano ha comprendido la realidad a través de códigos heredados, ha pre-comprendido el mundo que habita. La obra de arte provoca una alteración en ese sistema de representaciones y prejuicios, en la recepción de la obra se pone en crisis la concepción pre-comprendida respecto a la realidad.

Llegamos así a un punto neurálgico en el cual la subjetividad toma un papel protagónico: la Modernidad; en este momento la subjetividad ejerce una actividad fantástica, productora de ficción; configurando y reconfigurando cuando entra en crisis. Así mismo, en la Modernidad, la subjetividad va adquiriendo cada vez más una auto-consciencia respecto de su propia actividad representacional y es justamente esa autoconciencia respecto al carácter representacional de la realidad lo que denominamos Ironía.

Para comenzar a desentramar el significado de la ironía debemos remitirnos a Hegel, quien nos dice que en toda obra de arte hay una representación de la realidad. El problema que surge de la concepción de las obras como representaciones de la realidad es que entonces no son el ser sino más bien el parecer. Si la representación es lo esencial, el arte que representa realidad sería algo no esencial. Entonces ¿para qué sirve el arte? ¿Y en qué sentido el hacerse representaciones de la realidad puede ser esencial y no secundario?
Se hace necesario el surgimiento de una manera de ver al arte como fundamental en la creación de mundo: determinando un tipo de realidad en la cual sea esencial la representación artística. Esta realidad es lo divino, la realidad suprasensible que requiere ser representada a través del arte para hacerse presente en el mundo que habita.

Aquí asistimos a tres momentos que serán etapas en la representación de lo divino. En un primer momento tenemos las “representaciones monstruosas” de las divinidades, en el Antiguo Egipto por ejemplo dioses con cuerpo humano y rostro de animal. Esta imagen no es una elaboración individual del artista sino que precede más bien de una concepción colectiva de una comunidad.

El segundo momento se sitúa en el Arte clásico en donde destaca la figura humana como elemento principal para representar a un dios (Grecia Antigua), éste posee conciencia y voluntad por lo que se hace adecuado representarlo a través de una forma mortal.

Y por último tenemos el Arte cristiano o romántico en el cual lo divino recibe un cuerpo humano, ya no por la actividad artística del hombre sino por la propia voluntad de Dios, quien ha encarnado en un cuerpo mortal. Esta idea traza un nuevo horizonte en la condición moderna del arte, hay conciencia representacional de lo divino. La importancia de este momento radica en que el arte deja de ser necesario para construir la cultura, ya no es necesario representar lo suprasensible, ya que ha adquirido un cuerpo. De aquí surge en Hegel la idea de un “fin del arte” en cuanto a su función constructiva cultural.

En la época moderna el arte da un giro en la línea que venía siguiendo, este giro se debe a un cambio primordial en la producción artística: lo fundamental ya no ocurre entre la representación y el objeto representado (exterior) sino que ocurre entre la representación y la subjetividad, elemento clave en la autonomía que adquirirá la representación en la modernidad. Para Hegel el individuo es el fin del arte. El arte a este respecto se hace auto-consciente sobre sí mismo, y por lo tanto autónomo.

Con el surgimiento de esta nueva relación entre la representación y la subjetividad, el quiebre producido nos dirige hacia todo un nuevo mundo en donde el artista pasa a un primer plano. Esto como producto de un “fin del arte”, viene sin embargo anunciando el fin en otros aspectos, ya no en su necesidad representacional de las cosas sino también en su carácter estético. Y es que parece, según Umberto Eco, que en el arte contemporáneo tenemos algunas obras en las cuales no puede producirse un goce estético sin antes haber racionalizado su significado. Esto se debe a la progresiva dimensión poética de la obra de arte, en donde su idea es más interesante que la obra en sí. El goce estético es ahora un placer de carácter intelectual.

“Las vanguardias aparecen en esta historia como una astucia para llevar a cabo ‘la muerte del arte’, es decir, el paso de la función cultural que tuvo en el pasado a una función cultural nueva”.[1]

Bajo esta nueva idea de arte es donde se van desarrollando las vanguardias bajo el sello de arte contemporáneo en donde “…el objeto formado como obra de arte desaparece ante el modelo formal que en él quiere manifestarse”[2]. Y al mismo tiempo que avanza la dimensión poética que provee goce intelectual frente a la obra, sucede otro fenómeno: aumenta la importancia de la industria suministradora de cultura de consumo a las masas.

La experiencia estética queda relegada, la aproximación a las obras de vanguardia circulaba en torno al éxito del valor adquisitivo que tuvieran. De esta forma “…la ruptura y la originalidad, y el consumo se convertía en el único marco posible de la experiencia estética”[3]. Esta situación dominada por el consumo nos muestra el gran alcance del mercado que domina el terreno del arte contemporáneo.

Lo propio de este mercado dominante es anular la distancia entre el sujeto y el objeto, siendo la proximidad sujeto-objeto la que condiciona el éxito de la producción artística retórica y gastada. Sin la anulación de la nombrada distancia todo es distinto, la distancia implica una pausa, una mirada más reflexiva, ya no hay una inmediatez, y es en este momento en el que se produce un quiebre ya que el consumo y su flujo continuo se detienen. Se configura así un mundo contrario al del mercado; en este mundo es rechazada la concepción de la obra como una “cosa”, como objeto consumible, al mismo tiempo en que es rechazada también la enajenación de aquella experiencia consumista.

La pregunta que ahora surge es ¿Cómo recuperar esa distancia que rompe con el sistema mercantil del arte? Bozal nos va dilucidando las pistas en este camino hacia una respuesta. Se puede salvar esa distancia a través de la ironía, con su actividad de resistencia. Se rompe una cadena de alienación y consumismo, “la ironía permite contemplar la secuencia de procesos que han conducido a esos resultados, también el papel que hemos jugado”[4].

La ironía se configura desde un principio teóricamente en el romanticismo, con Hegel por ejemplo, el concepto de ironía romántico en breves palabras niega el espíritu del mundo, la historia, para crear la realidad subjetiva del hombre. Objetiva al sujeto y descubre la verdad en la subjetividad, dejando atrás la búsqueda de la ciencia y la certeza objetiva del mundo exterior, volcándose hacia el interior. Ya en la Modernidad adquiere el carácter de un instrumento estético donde es más práctico que teórico. Aparece a través del arte como generadora de sentido, afectando al sistema de totalitarismo en el cual no existía una conciencia de aquello.

La ironía en el arte ironiza tanto el mundo que habita como el estatuto del arte en sí; toma una cierta distancia y desde ahí toma al objeto ironizado y no lo rechaza sino que nos muestra que lo que dice no es real; sin embargo la ironía no sólo nos descubre la pretensión de las cosas de ser lo que realmente no son sino que nos muestra lo que son, nos manifiesta el simulacro y al mismo tiempo el objeto en el que ese simulacro se ha manifestado. La verdad que nos es anunciada de la mano de la ironía es esencialmente que no hay verdad, que nada es lo verdadero, ya que toda experiencia de lo real esta mediada, todo es apariencia, representación, y esa es la verdad.

La verdad es siempre un efecto y el receptor no es consciente de los recursos a los cuales se debe el efecto de verdad, de esta inconsciencia, a través de la ironía, se alcanza la consciencia de los recursos de representación. A esto le podemos llamar conciencia irónica: aquella que ha descubierto su propia responsabilidad en el mundo que se construye y entonces deja de creer. La creencia sería entonces la ignorancia con respecto a su implicancia en la actividad representacional. La coherencia del mundo construido desaparece con la conciencia irónica y aparecen las representaciones, es decir, podemos verlas.

En este sentido podemos encontrar en la ironía una carga negativa en cuanto que destruye lo real, lo desarma haciendo emerger la forma, vemos el recurso en donde creíamos tener una concreta realidad. La ironía aparece como una especie de antídoto para nuestra condición de realidad. Nos señala que toda realidad implica ser construida y que la autoconciencia de aquello devela el carácter representacional de la verdad.

El rendimiento de la ironía sin embargo no es totalmente negativo ya que no es solamente destrucción sino que es generadora de significación. La ironía es entonces una operación reflexiva y lúcida. Esta es una característica primordial: la lucidez. La ironía implica necesariamente un darse cuenta. Podemos decir que la ironía funciona de la siguiente manera:

1- La consciencia está bajo un cierto efecto de verdad.

2- La ironía le instala a esa consciencia que cree una auto-consciencia, situándose ahí donde la consciencia está bajo el efecto de verdad producido por el verosímil.

3- Auto-consciencia, me doy cuenta; la verdad se debilita.

La distancia provocada por la ironía aporta una perspectiva diferente, o mejor, una perspectiva desconcertante que nos hace replantear las cosas.

un actor vestido de Picasso, provisto de una gran careta que caricaturizaba el rostro del pintor, saludara a los visitantes al puro estilo de Disney

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