Nunca se habían visto.

Sería sólo esa única vez. Y ambos lo sabían.

Se miraron con ternura. Se besaron con cierta inocencia.

La geografía era extraña.

Parecían estudiarse mientras se desvestían.

Una emoción de fondo los recorría. Como si un halo etéreo los envolviera.

Había algo demasiado tierno contra el fondo de esa furia cierta que se sentía en la sangre.

Nunca les había ocurrido esa extrañeza.

Era la consumación más pura del cielo y el infierno.

Como una danza salvaje que les atronaba el ser.

Sus manos la recorrían con suavidad y arrebato.

No se animaron a decir sus nombres por temor a romper la inexplicable magia.

El mundo se había transformado en estallidos de ansias sin freno.

Afuera comenzaba una llovizna fina. La noche ya había avanzado hasta consumir las sombras.

Sus bocas se recorrían en un paraíso húmedo.

Podrían haber acabado en éxtasis sólo con esos besos.

Pero sus pieles entendieron el sutil arte de la espera.

La certeza de la imposibilidad del rencuentro confería un tinte de angustia a aquel paraje pleno de enigma.

Un tenso aguijoneo penetraba sus corazones, como si algo pudiera romperse.

El tiempo era fugaz y absoluto a la vez.

El pensó que el mundo le quedaría chico.

Ella sintió la tristeza vacía del fin de fiesta.

La noche era un manto hecho de bruma.

La luz se fue apagando de a poco.

Sus pasos se fueron deslizando hacia el fondo.

El camino se bifurcó.

Entonces quedaron huérfanos de caricias.

Pieles y besos transmutando en memoria.

Fantasmas vacíos de la realidad de los cuerpos.

El amor y su eterna danza sin mesura.

Su torbellino incesante.

Su norte sin brújula.

Enigma inescrutable.

Agonía de los corazones.

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