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EL ENCANTO DE LAS RUINAS

En numerosas ocasiones lo no terminado, lo inconcluso o, mejor dicho lo que en alguna ocasión estuvo completo y luego en pedazos se vino abajo, puede a la postre ser extremadamente admirable, que las cosas de formas perfectas. Porque lo desastroso, lo caído, lo roto, hace arrancar no solamente los cinco sentidos conocidos, aún también lo que en su desastre se activa: cuando estos sentidos no pueden asir en soledad lo que tienes enfrente, de ellos se desprende adicionándolos, otro gran sentido: la imaginación

Moverse entre ruinas nos empuja no solamente a lo que está a la vista y ya allí bosqueja un raro y maravilloso esplendor. Que está fundido, por supuesto, a los innegables y pequeños episodios de la historia, a todo lo que entre piedra y esquirlas deja escapar su sangre o savia, su antiguo fulgor y el horror vinieren de donde viniere que; materializó su destrucción.

Imaginación

Cientos de personas, más bien miles de ellas visitan anualmente los restos de ciudades romanas en Italia, grupos de turistas estimulados por la curiosidad recorren incansables los restos de las antiguas ciudades griegas o lo que las selvas exuberantes salvaron de los antiguos lares del culto incaicos o mayas. En la calenturienta imaginación de quienes se pasean por tales ruinas, dilatadas versiones, diferentes de lo que aquello fue antes de que el tiempo o las circunstancias propiciaran caerse a pedazos, se levantan.

Y ese brillo inusitado, de dibujo único inexplicable y de difícil traducción, se aprecia que es mucho más intenso y de una perfección, que el que ofrece una obra entera que haya transitado intocada siglos enteros. Bastaría pararse a observar con detenimiento, los planos, maquetas, prospectos, o simples dibujos en los lugares donde estas ruinas distinguidas están, al cuidado de museógrafos notables- reconstruyen parcialmente la perfección y líneas perdidas.

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La más sentida de las emociones posibles es la decepción, estilete sorpresivo que se clava en el corazón de quien osa imaginar o en el lugar más vulnerable de la misma imaginación, hiriéndola. Afortunadamente, hay ruinas en donde esta anomalía aún no ha sucedido, y con suerte no ha de suceder. Ruinas que siguen deteriorándose con el paso del tiempo. Ruinas que vemos actualmente y que mañana no sabemos.

Ruinas, ruinas verdaderas que son prisioneras de su propia, hermosa decrepitud, podríamos decir ruindad. Hay contrastes evidentes que se producen en algunas desoladas y maravillosas ruinas como; las de las reducciones jesuíticas del Paraguay; la llamada iglesia decapitada de Jesús de Tavarangüe y algunas otras en este país, en Argentina, Brasil…

Son muchas las pasiones que abrigamos dentro de nosotros. Algunas de ellas nos escarnecen, otras nos hieren. En este caso solo se persigue dejar fe de una pasión contemplativa, incluso “imaginativa” que constriñe a los que sufren esta pasión a deambular entre ruinas. Pasión que no daña, sino existe en nosotros. O menos dañina, aunque un día quien sabe, un pedazo cualquiera de piedra nos caiga encima, y nos malogre en nuestras andanzas en estos parques de ruinas de piedra.

Un mal menor en cualquier caso, si la confrontamos con otras pasiones que podríamos llamar trascendentales. Verdaderamente es una pasión muy pequeña, discreta, delicada y en voz tenue. Pasión por las ruinas que mueve mi andar y decide algunas veces, mis destinos.

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