labios turgentes

Enamorados de incognito vecinos

¿Se puede estar perdidamente enamorado de alguien que ni siquiera sabe que existes? Pues bien -eso está pasando conmigo- Vivo y pervivo pendiente de una beldad que siempre mira sin mirarnos, pobre de nosotros, que solo alcanzamos a sorber de lejos su perfume y, digo nosotros porque somos unos cuantos los que suspiramos rendidos, cada vez que ella respira, cada momento que abanica sus espesas pestañas. Desde lejos, la miro a hurtadillas, escondido detrás de cualquier mamparo que se preste para ello.

Hoy, ella está sentada en una mecedora donde va y viene lenta y acompasadamente, mientras se da aire con un abanico rítmicamente, desde donde estoy mirándola, furtivamente, detrás de un arbusto, a una poca pero prudente distancia, observo su rostro arrebolado y sus ojos cerrados con una tenue sonrisa, flotándole en sus labios húmedos, turgentes.

Estoy emocionado, cierro mis ojos por un momento, medito quietamente mientras pienso- ¿en que piensa que sea tan agradable, sonriendo tan tiernamente y con tanta fruición? no hay duda de que son pensamientos agradables- ¿pensará en alguien en especial, recuerdos felices o en algún enamorado incognito?

Lo último que pensé me causo una desagradable desazón, de pronto me sentí desfallecer, decepcionado; tanto; que inopinadamente causé un ruido indiscreto, lo que me obligó a salir corriendo, sin pensar que quedaría al descubierto ante los ojos de ella- miré con el rabillo del ojo que se había puesto de pie de un salto- hasta ahí pude apreciar lo que pasó.

Habían pasado varios días del episodio de mi huida poco airosa. Tenía miedo de verla, de observarla, cada vez que recordaba lo que había pasado la última vez, sentía una vergüenza que me pesaba como una losa, en mi ánimo, no me sentía con fuerzas suficientes para remediar de alguna manera lo apocado que me siento, estaba como en un estado de incapacidad funcional para acercarme a ella. Aún sentía curiosidad de saber porque sonreía de la manera que lo hizo, con aquel aire de tierna satisfacción, que me causo tanto estupor.

de lejos

Juega el destino

Caminaba lentamente con las manos en los bolsillos, hacía una tarde fresca, agradable. Andaba entre la gente sin reparar en nadie ni en nada, no pensaba en nada en especial, son esos días en que te sientes vacio, sin ánimo para nada. De pronto percibí en el ambiente una fragancia, que había olido otras veces, trasladándome al recuerdo de mi beldad sin nombre ¡Oye! Ni siquiera sé cómo se llama- no había caído en cuenta de eso-

Busqué la fragancia de jazmín –olfatee quise decir- levantando la mirada y, casi me doy de bruces con ella- solo la rocé, disculpándome torpemente- Perdone por favor- Ella me miraba divertida, distendiendo sus labios en una abierta sonrisa, murmurando luego- no te preocupes- Aquel no te preocupes sonó a música en mis oídos, me quedé sin palabras, estaba abrumado por todo lo que transmitía mi beldad sin nombre, ahora tan cercana. Estábamos parados uno frente al otro en medio de la acera- en mi caso no acertaba a moverme- ella me miraba especulativamente, sin borrar definitivamente la sonrisa que le bailaba en los labios.

Al fin superada mi temporal incapacidad de hablar coherentemente, quise echar a andar, pero; fue peor- caímos uno en brazos del otro- Por Dios dijo- yo- solo la tenía tomada de los brazos- Rompimos el hielo de una sola vez, echándonos a reír a carcajadas, para curiosidad de todos los que pasaban a nuestro rededor- Mi beldad, de nombre desconocido, miraba azorada a todas partes, el rubor teñía su rostro encantador- Tomó aire y exclamó- ¿y ahora qué hacemos?- dije, -vamos a caminar- Nos emparejamos echando a andar sin un destino definido.

abrazados

Reconocidos al fin

Caminábamos muy juntos, seguidamente ella preguntó- cómo te llamas- Albert… Y tú; Marina…, -ella- ¿me conoces de algo? Te he visto muchas veces- y eso- soy tu vecino- hunnnnn- yo también te conozco- ¿de qué?- soy tu vecina- Nos detuvimos frente a frente- ¿es un juego? Pregunté- -dímelo tú-

Hace cuanto me conoces- -hace bastante- ¿porqué nunca me hablaste? ¡Nunca coincidimos, además tu siempre fuiste muy distante! No sería al contrario –yo, siempre estuve ahí- ¡Yo, podría decir lo mismo! Seguíamos caminando codo a codo –ella me miraba curiosamente, con su sempiterna sonrisa jugueteándole en los labios- Yo guardé silencio durante varios minutos- Ella dio una patadita impaciente, increpándome… -Ya no quieres hablar, de ser así me voy- Siempre eres así –dije cautelosamente-

Silencio, luego; -que hacemos- Vamos a empezar de nuevo- contesté- ¡Estás seguro! Por supuesto. –Albert, sabes porque reía aquella tarde que saliste corriendo- (que vergüenza), -Dímelo tú- Yo, sabía que estabas ahí- Me quedé de una pieza- balbucee luego -tu sabias que siempre te observaba- absolutamente contestó- Entonces, sabes que estoy enamorado de ti desde siempre- siempre lo he sabido- Pero nunca me hiciste caso- Tenía tiempo esperando que me abordaras, te di todas las oportunidades y, nunca te diste por aludido- Abrazándola por los hombros le dije al oído; Marina mi amor, ya mi venda cayó. Tenemos toda la vida para las explicaciones –No- Albert, comencemos de nuevo, sin explicaciones, vivamos el presente.

mancha1

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