Dedico estos, mis queridos recuerdos, a mis amados hermanos y hermanas: Nena, Talía, Blanca, Isidro, Rafucho y José. Con mi corazón agradecido por la más hermosa de las familias. Gracias hermanos por acompañarme en este viajecito. Sin ustedes nada. Ustedes dieron color, sabor y amor a mi vida.

Emperatríz

PRESENTACION

EN TIEMPOS DE MAMA NENA. No es fácil presentar un libro y… mucho menos cuando la autora es la propia “mae di’uno”, como diríamos en nuestro propio argot llanero. Ustedes que creen pué… ¡Yo también soy llanera!, Yo también “e nacío po’allá”. Como verán, este no es un libro cualquiera, ¡es un tesoro!. Un tesoro familiar. Cuenta una historia; una bella historia de una familia; mi familia, por demás. Y no crean que yo estoy exenta de estas vivencias, no en balde mi mae me lleva sólo 20 añitos, y así la cosa, pues, muchos de estos relatos de mamá son también remembranzas mías, tan mías como de todos ustedes. ¡Ustedes! ¡Mi familia! A quienes justamente está dedicado este libro. Pero… no solamente a mí, a ustedes y a otros, sino que se extiende también a todo aquel llanero de corazón que, no tan sólo reconoce estos pasajes de la vida nuestra, sino que los siente, los vive, los lleva por dentro como todo buen llanero guariqueño. ¡Oh Dios! ¡Qué orgullo!, orgullo por mi madre: LA AUTORA. Orgullo por ustedes: MI FAMILIA. Orgullo por mi TIERRA, por mi LLANO. Es para nosotros y otros. ¡DISFRUTÉMOSLO!

Sonia (Níspero)

INDICE

EN TIEMPOS DE MAMÁ NENA

Página

Dedicatoria 2

Presentación 3

Prólogo 5

Capítulo I: En los Tiempos de Mamá Nena 6

Capítulo II: Personajes de mi Pueblo 7

Capítulo III: La Casa solariega 10

Capítulo IV: Cleotilde 12

Capítulo V: Juaniquita 13

Capítulo VI: Mamá Pepé y Papá Rafael 16

Capítulo VII: Mamá Nena, Alguien muy Especial 18

Capítulo VIII: Nuestro Patio 22

Capítulo IX: Los Viajes de Mamá Nena 26

Capítulo X: Las Misas de Aguinaldo 26

Capítulo XI: Vida Cotidiana 31

Capítulo XII: Volviendo con las Tradiciones Familiares 36

Capítulo XIII: Mis Hermanos y Hermanas 39

Capítulo XIV: Usos y Costumbres 42

Capítulo XV: Tía María 45

Capítulo XVI: La Escuela 48

Capítulo XVII: Cumpleaños de las Señoritas de Turno 52

Capítulo XVIII: Tía María: El Deleite 55

Capítulo XIX: Vacaciones en la Finca 59

Capítulo XX: Madrugadas Llaneras 65

Capítulo XXI: Supersticiones 69

Capítulo XXII: Parrandas de Cumpleaños 75

Capítulo XXIII: Otros Platos de mi Tierra y de mis Recuerdos 78

Capítulo XXIV: Algunos de Nuestros Juegos y Diversiones 80

PROLOGO

Este es un libro de recuerdos; eso; Recuerdos de mi infancia con la presencia relevante de Mamá Nena. Eran sus tiempos, pero también fueron los míos porque ella fue el centro alrededor del cual giraba nuestra vida diaria, y nada se hacía sin respetar su parecer. Pero, advierto al lector(a), que este no es un almacén de recuerdos constituido por ordenados estantes de donde yo fui sacando del archivo de mis recuerdos para poner cada suceso en el lugar que correspondía, como están expuestos por temas o autores en las bibliotecas públicas o privadas.

No, quiero compararlo con un fresco manantial. No podemos recoger en estancos, es decir, detener momentáneamente un manantial para luego dejar que siga corriendo. No, el manantial fluye libremente y en eso consiste su mejor atracción y belleza, así el agua se conserva limpia, fresca y cantarina.

Así pues, también yo dejé que mis recuerdos fluyeran libremente. Como iban viniendo, iban siendo expuestos. Así salían de mi mismo corazón con la emoción de la alegría, que no nostalgia, las cosas como se presentaban.

El pasado sigue en el pasado y del mismo, sólo el preciado tesoro de nuestros buenos recuerdos y la experiencia aleccionadora, deben ser traídos a nuestro presente, el que nunca nos abandona hasta que termine nuestra peregrinación en este mundo.

El que hace muletillas del pasado para andar en el presente, es un anciano desde sus comienzos. Siempre andará cojeando y con la vista atrás, atrayendo algún que otro buen recuerdo pero frecuentemente muchos malos, de allí su cojera.

Ahora me tropiezo con una anotación, que no sé o no recuerdo de donde la tomé, aunque la creo más reciente de lo que parece, y dice así: “el pasado es aleccionador y da pautas para el presente”. En esto si estoy de acuerdo porque muchos de los principios y aprendizajes durante mi infancia y adolescencia, me han acompañado el resto de mi vida con mi complacencia.

No han constituido rémoras en mi vida como elementos anquilosados, sino todo lo contrario, me han guiado hacia caminos de propósitos claros, y sobre todo, de paz.

No estoy de acuerdo en “déjalo hacer y déjalo ser”, él o ella misma ¿sin guía, dirección ni principio, dónde irá a parar? Será un verdadero salvaje de incontroladas emociones, un egoísta empedernido a quien no le importan ni sus propios padres, o un ofuscado y descontrolado ser: eso que hoy llaman “inadaptados sociales” porque no tuvieron guía, dirección ni disciplina. Yo los amo con todo mi corazón, así como Dios les ama y sufre por ellos. Ellos no son los culpables y nadie mejor que Dios lo sabe. A Dios sea la gloria y su ayuda para tantos jóvenes extraviados.

I

EN LOS TIEMPOS DE MAMA NENA

La vieja casona descansaba, sus patios y corredores estaban vacíos y silenciosos porque era la sagrada hora de la siesta: descanso para el cuerpo y descanso para el alma. Habían pasado el trajín y las órdenes para el copioso desayuno llanero y el cercano almuerzo. ¿Cómo hacíamos para comer tanto en tan poco tiempo con el calor constante? Seguro que teníamos buen estómago y mejor digestión. Y no era porque la comida estuviera tan bien repartida entre tantos familiares.

A ver: comenzando con la anciana abuelita, Mama Nena, le seguíamos en este orden: papá, mamá y siete hijos, cuatro hembras y tres varones. La tía que había quedado viuda y sin hijos pero que tenía sendas sobrinas que le habían seguido por su orfandad, las otras tías: una o dos hermanas de papá que pasaban algunas temporadas en casa.

Había que contar además a la cocinera, la vieja doña Tomasa. La mujer que lavaba y planchaba: la humilde y muy apreciada Cleotilde. Y la mujer de mandados y otros menesteres, la vieja y querida Antonia.

Hasta donde llegan mis recuerdos, ya no habían ayas, muchachas que según mamá solo servían para entretener a los pequeños, pero constantemente supervisadas o vigiladas por mamá. La más pequeña de ellas tenía el encargo de rascarle suavemente la cabeza a mamá, manera de inducirle el sueño a la hora de la siesta, mientras el aya mayor, entretenía a los pequeños en la misma habitación donde mamá dormitaba.

Mamá era extremadamente cuidadosa con sus hijos: su vigilancia era constante y su ojo avizor no nos desamparaba. Pero la vieja casona era grande, espaciosa y abierta, lo cual no dejaba lugar a muchos ni pocos escondites, pero nos la arreglábamos para jugar, pelear y correr.

“La casa de Mama Nena” era nuestra casa porque ésta fue su casa matrimonial, donde ella levantó a sus cinco hijas y a su único varón. Luego de quedar viuda y sola, al casarse sucesivamente cada uno de sus hijas e hijo, mamá se quedó con ella para siempre. Allí pues, nacimos, crecimos y vivimos, con un montón de gente alrededor. Al parecer, esto no nos molestaba ni poco ni mucho. Esto era entonces: común, corriente y normal, tal vez porque había suficiente espacio para todos.

El pueblo era viejo, la casa era vieja, las tías eran viejas, lo cual confería a todo un aire de eternidad, de inmovilidad, de cotidianidad que nos hacía sentir que la vida seguiría siempre el mismo ritmo. Por lo menos durante nuestra infancia, nuestro horizonte estaba muy cerca: cerca de abuelita, cerca de mamá y papá, cerca de los familiares más cercanos. Dichosa infancia, no nos preocupaba el futuro ni los posibles cambios ni las preocupaciones de los demás, así que, dichosa infancia por dichosa ignorancia.

II

PERSONAJES DE MI PUEBLO

“El portón” era llamada la entrada de la casa de Mamá Nena. En realidad, no era una simple puerta sino un antiguo pero señorial portón, con sus anchas hojas de fuerte madera y sus hermosos clavos rojos. Este portón nunca se cerraba durante el día, pues no existía el peligro de ladrones, salteadores o secuestradores, hoy día tan frecuentes.

. Si acaso se sabía de algún insano mental que nadie sabía de dónde era ni cómo había aparecido en el pueblo, pero se suponía que trasegando polvorientos caminos habría llegado.

Los loquitos propios del pueblo eran escasos, conocidos y hasta amados por lo que nos eran familiares. Eran parte del pueblo y no hacían daño a nadie, al contrario, se saludaban con cariño. Ellos también formaban parte nuestra, eran casi un patrimonio que pertenecía a todo el pueblo.

Así era Jopo: alto, delgado y desgarbado, y masticando constantemente una punta de la camisa que enrollaba para manipularla en su boca. Algún psiquiatra de hoy hubiera diagnosticado “etapa de bebé no superada” pues muchas veces parecía mamar la tripa de la tela de su camisa. Sé que en su casa lo amaban y cuidaban bien. Lo lavaban, alimentaban bien y siempre estaba muy limpio, así que daba gusto y simpatía verlo.

Todos en el pueblo lo saludaban, pues, con cariño y hasta nosotros los pequeños lo hacíamos casi como un respetado rito ¿Cómo estás Jopo? Lo saludábamos con la confianza de la costumbre.

Bien, bien, ¿cómo estás tú?.... contestaba y nosotros agregábamos de vuelta: Bien, Jopo, gracias.

Una característica muy peculiar en él era su gusto por la sardina, de manera que era contada como anécdota, su invariable costumbre de acompañar a todos los entierros; y era esto lo que sucedía: Jopo se mezclaba con la muchedumbre y se oía un incesante murmurar estas palabras: “ese no come más sardina”, “ese no come más sardina”, mientras masticaba sin cesar la punta de su camisa.

Nadie le rehuía, no solo porque era inofensivo, sino porque era naturalmente amable y gracioso. Se le había enseñado buenas costumbres hasta donde él podría asimilar: costumbres familiares y decentes, y él respondía con fidelidad de manera que eran parte de su personalidad.

No era así el “loquito Juan” como le llamaban. Es posible que tuviera algún familiar, y hasta hoy no sé de dónde habría salido. No parecía ser del pueblo porque no lo conocíamos de antes. Este andaba pidiendo por las calles. No se sabía que hubiera hecho daño a nadie, pero tenía una risita socarrona, una mirada ladina o libidinosa?, se contaban algunas cosas no muy dignas de su conducta y por eso le temíamos.

¿Cómo está niña?, nos saludaba cuando nos veía cerca o en el portón de nuestra casa, con su eterna e irónica risita. Contestábamos al saludo pero alejándonos de él apresuradamente. Él sabía que le temíamos y parecía disfrutar con ello, lo cual nos infundía más temor. Se acercaba a las puertas, pero nunca lo vi entrar. Su complexión fuerte y su verdadera o aparente salud, hacía que muchas personas le dijeran llanamente:

¿Por qué no trabajas, Juan? ¿Por qué andas pidiendo si puedes trabajar?

“Polque naiden me da trabajo doña, y tengo que comel, no quiero morime d’hambre”, contestaba con un tirón de palabras; sin embargo no se le negaba la limosna.

Juan era un moreno alto, robusto si se quiere, y no andaba siempre tan limpio como Jopo, por lo que, tal vez, no era aceptado como aquél. Podía pasar casi como extraño al pueblo ¡Pobre Juan! Tal vez le hacía falta y buscaba aceptación, pero sus modales no eran apropiados. En los pequeños infundía temor, y tal vez rechazo en los adultos. El pobre, estaba muy lejos de ser como don Jesús. El sí era sentido como parte de nuestro pueblo, y no sólo esto, sino que era respetado como tal, además de por su decencia.

El portón de nuestra casa siempre estaba abierto para don Jesús, y una silla dispuesta para que se sentara a descansar. Y un presuroso vaso de agua fresca, a falta de otra cosa, salía a su encuentro.

Don Jesús era ciego, de manera que los golpecitos de su nudoso bastón tanteando la entrada, nos anunciaba su llegada. Si llegaba por casualidad a la hora del almuerzo, por ejemplo, se le invitaba a comer. No se le sentaba a la mesa con nosotros porque sabíamos que se sentiría incómodo, pero se le servía y se dejaba a sus anchas. Sólo una persona deambulaba alrededor para que, tal vez se sintiera acompañado. Pero su llegada sucedía de esta manera, casi invariable si los pequeños andábamos cerca. Al oír el bastón exclamábamos de inmediato ¡Llegó don Jesús! Y salíamos a recibirle con un ¿Cómo está don Jesús?, pase adelante… y le poníamos la silla cerca, con cierto ruido para que la oyera, y enseguida: ¡siéntese don Jesús!

Sus palabras también eran casi invariables ¡Gracias niñas! ¡Buenos días! Y luego: ¿Cómo están por aquí? Y… las doñas?

Luego, salía mamá, Mamá Nena o tía María: ¿cómo está don Jesús?

Frecuentemente se charlaba un poco con él, aun cuando llegaba cansado y sudoroso por la hora del sol ardiente. Era muy educadito don Jesús y también andaba siempre muy limpio. Sabíamos que tenía mujer e hijos por lo que nos parecía natural que se ayudara con las limosnas, porque ya era de cierta edad. Pero lo hacía con tal dignidad y compostura, que para todos no era “el mendigo” o “el limosnero” como llamaban en el pueblo a los mendicantes.! No! Él era don Jesús, con todo el respeto que se merecía.

¡Dios mío! Sí que había mendicantes en los pueblos, pero formaban parte de un núcleo, pertenecían a la comunidad. Algunos eran de más confianza que otros, por sus condiciones. Por ejemplo, la pobre Mancha no entraba a las casas, porque tenía una enorme llaga que le había comido casi una pierna. Se suponía que habría llegado de algún pueblo cercano porque apareció un día, simplemente, pidiendo limosna. Iba acompañada de una graciosa niñita, tan bonita como su madre, con sus inocentes y hermosos ojos azules.

Como dije, nunca entraban a las casas, sino que se sentaban en las aceras y cerca de las puertas. Allí salían a darles la limosna. La joven mujer era taciturna y callada: no había hospital siquiera para entonces, y nadie se ocuparía de ella, así que era probable que sintiera, desde hacía mucho, la próxima y segura orfandad de su niña y no existía una madre Teresa que se ocupara de su terrible necesidad.

La caridad se ejercía “de lejitos”; sólo se estiraba la mano para dejar caer el mendrugo de pan o las míseras monedas.

Pero Dios dice que Él es el Padre de los huérfanos y estaría sin duda velando por ella y preparando el futuro de su hijita. Y sucedió de esta manera: Un día llegó al pueblo una joven señora; vio más allá de lo que la gente del pueblo veía cada día: vio el desamparo en que quedaría la pequeña y, de acuerdo con la madre, se llevó la niña para la capital en donde vivía. No dudo que de alguna manera haya provisto ayuda para la mujer, quien pareció descansar de la carga que llevaba hacía tiempo en su corazón; pero sin embargo, ¡cuán dolorosa sería la separación, que no tardó en morir! Pero su niña encontró un hogar donde fue amada, pues la señora aquella ni tenía ni tuvo hijos, sino aquella niña.

III

LA CASA SOLARIEGA

La casa de Mamá Nena era nuestra casa solariega. Casa grande y noble en su sencillez. No existían los lujos ni las ociosas comodidades, pero sí buen servicio provisto generalmente por gente honesta del pueblo. Ya no había esclavos, gracias a Dios, pero el trato que algunas señoras daban a sus servidores daba fe elocuente de aquella época aún no superada.

Portales anchos y generosos de casas abiertas, las casonas de mi pueblo, puertas rojas guarnecidas de hermosos clavos que hablaban de su antigüedad. Ancho zaguán también abierto a los frescos corredores llaneros. El recibo o sala no era tan grande como el resto de la casa o sus dependencias, pero también lucía abierto frente al amplio portón como invitando a entrar, o dispuesto a dar la bienvenida a quien quisiera entrar. Así lucía y así era en realidad.

En la casa solariega no sólo cabían todos sus habitantes, que no eran pocos, sino también los familiares que llegaban de la capital, y algunos otros que deseaban conocer a “doña Nena”.

Mamá Nena disfrutaba de dos amplias habitaciones. Una de ellas debía haber sido la sala señorial, que al fin llegó a ser dormitorio principal de abuelita, con su cama y su hamaca para sestear al punto de mediodía, y una cama adicional para su acompañante, que fuimos sucesivamente, cada nieta mayor. En la medida en que salían de casa al casarse, le sucedía la que seguía hasta que tía María enviudó y fue a vivir a nuestra casa hasta más adelante.

La habitación que seguía, tan amplia como la anterior, contenía otra hamaca en una esquina, un ceibó antiguo donde Mama Nena guardaba su preciosa vajilla de porcelana con monograma en oro. Y dos grandes baúles que contenían sus tesoros. Cuando Mamá Nena abría sus arcas, los que estuviéramos cerca nos asomábamos ansiosa y curiosamente por ver los tesoros de abuelita, que consistía en todo aquello que ella quería conservar. Era posiblemente, el tesoro de sus recuerdos. El ayer guardado o apresado celosamente en unos cuantos objetos preciosos para ella.

Estas dos habitaciones tenían, la primera, dos amplios ventanales, y una la otra. Podían abrirse todas de vez en cuando, porque la entretejida celosía resguardaba la habitación de la mirada curiosa de los pocos transeúntes. Pero todas estas ventanas tenían a ambos lados sendos poyos que servían a mis hermanas para sentarse cómodamente a atisbar la calle a través del enrejado de la celosía. Podían ser mis hermanas o nuestras primas, daba igual: la curiosidad era la misma, seguida de risitas y cuchicheos, hasta que Mama Nena se molestaba al pensar que se burlaban de alguna persona. Entonces, ella preguntaba:

¿De quién se ríen niñas?

-De nadie Mamá Nena, de nadie-; y seguía el parloteo, el cuchicheo y las risitas.

Eran cinco habitaciones más que compartíamos entre hermanos y hermanas, los varones siempre aparte. La última habitación, al fondo de la casa, era la de papá y mamá. Papá siempre se acostaba más temprano que los demás, pues mamá no se retiraba hasta que todos y cada uno de sus hijos estaba en su cama bien arropadito.

Cada uno de nosotros desfilábamos diariamente a la habitación de nuestros padres antes de acostarnos. La habitación estaba a oscuras porque ya papá estaba en su hamaca, pero igualmente la atravesábamos para inclinarnos ante papá con un: ¡bendición papá!, con un beso en su frente.

Dios la(o) bendiga, con un beso de vuelta, era su respuesta.

Su hamaca estaba colgada en el último rincón de la última habitación, y situada muy cerca de la puerta que daba “al patiecito” como le llamábamos, porque no tendría más de seis metros por tres o cuatro de ancho. Era un pequeño patio de ladrillos que daba a dos sendas habitaciones, de las cuales una hacia de baño. Aunque hasta donde yo recuerdo, precisamente, ya existía una ducha, pero papá nunca la usaba. El pueblo era caliente, pero el agua muy fría y así ha sido hasta hoy. Así pues, a papá se le ponía a “templar” un balde de agua bajo el sol, y cuando estaba a la temperatura del “cuerpo” se bañaba.

No era así para Mamá Nena, a quién le preparaban su baño calentando previamente el agua en el fogón y sólo se templaba cuando había buen sol.

Cuando yo no quería agua fría imitaba a papá; era más fácil pero no funcionaba en época de lluvias o días nublados.

Este patiecito tenía un albañal para que corriera el agua. Allí se asomaban los grandes sapos verdes que muchas veces contemplábamos con curiosidad. Mamá no permitía que los tocáramos. Ellos eran inofensivos mientras no los tocásemos, de lo contrario, expelían una sustancia venenosa nos decía mamá; así que eran unos sapos intocables.

Pero esto no impedía que uno de nuestros primos que llegaba de visita desde la capital, los pinchara y los desmembrara. Parecía sentir un morboso placer ante la mirada horrorizada de todos nosotros. Igualmente hacía con las hermosas mariposas que cazaba al vuelo como el depredador caza a su presa. Esta conducta cruel de nuestro primo me enseñó una lección que más adelante transmití a mis hijos: la consideración y compasión por los inofensivos animalitos. Así, cuando mis hijos eran pequeños habitamos un tiempo entre muchachos de conducta irregular que también practicaban esta perversa conducta, de manera que cuando maltrataban un pajarillo lo recogíamos en casa, lo curábamos hasta donde alcanzaba nuestra ciencia, y cuando sanaba, lo soltábamos ¡a volar libremente! Esa era nuestra mayor recompensa. En verdad, nunca me gustaron los pajarillos enjaulados, porque estoy segura que si Dios los hizo con alas, fue para que volaran y adornaran los espacios. Aun hoy, me causa un gran placer oír el trino de las aves y contemplarlas volando en el amplio espacio del firmamento. Aun hoy, cuando me despierto con un poco de marasmo o el espíritu encogido, clamo al Padre Celestial y le digo: Papito Santo: ¿Quieres recordarme tu amor de cada día? Enseguida oigo el trinar de pajarillos, lo que me recuerda su preciosa palabra diciendo que: El cuida de cada pajarillo ¡cuánto más de nosotros que valemos más que unos cuantos de ellos!

A veces, muy tontamente, cuando los veo cruzar raudamente frente a la ventana, les dirijo estas palabras: avecita linda ¿quieres decirle a Papá Dios que lo amo? Creo que se lo dirá cantando, aunque sé de sobra que el Padre quiere que se lo diga yo misma. Pero los pajarillos me inspiran amor al Padre. Me parecen los seres más hermosos, frágiles e inofensivos, así como los inocentes niños.

Hace poco entró por la ventana del baño una golondrina que cayó dentro de la poceta, una de mis hijas me llamó alarmada al ver el bultito de plumas porque no se atrevía a sacarlo. Yo saqué el pajarillo muerto, porque no respiraba, inmediatamente procedimos a revivirlo prestándole los primeros auxilios de rigor (masajes en su pechito, golpecitos suaves y soplamos en su piquito), lo abrigamos muy bien y cuidamos hasta que después de una hora, más o menos, reaccionó. Luego, mi hija lo llevó fuera del apartamento, lo mantuvo en sus manos abiertas, el permaneció sin moverse por un rato hasta que pasaron otras golondrinas y entonces alzó el vuelo y se unió a ellas.

IV

Cleotilde

Volviendo a nuestra casa solariega, el patiecito desembocaba en el lavadero; y el cuarto de planchar que constituía una amplia galería, eran los dominios de Cleotilde. En esta galería había una mesa grande de madera que servía para planchar con las planchas de hierro calentadas en el budare sobre el fuego. A mí me encantaba estar en “el cuarto de plancha” a la hora en que nuestra querida Cleotilde planchaba. Me gustaba oír el ¡Chiss! al probar el calor de la plancha con su dedo mojado previamente en su lengua. Me gustaba ver chorrear la cera derretida para limpiar la plancha, y luego, el trapito para secarla. La plancha quedaba pulida y lista para planchar perfectamente los blancos liquilique de papá y el resto de la ropa, que no era poca por cierto. Me admiraba que aquellas planchas pudieran dejar la ropa, no solo bien planchada, sino inmaculadamente limpias. Siempre fuí curiosa y aprendí observando, porque nunca tuve necesidad de hacerlo en casa de mis padres, pero ¡cuánto me sirvió más tarde!, cuando tuve mi propia familia y la necesidad me obligó a practicar lo que sólo de vista había aprendido. Pero recuerdo que por curiosa, siempre preguntaba. Y muchas veces atosigué con mis preguntas a Cleotilde.

¿Cómo se doblan las piernas de los pantalones, Cleotilde? ¿Me dejas ver?

-Está bien- respondía la buenísima de Cleotilde, pero póngase del otro lado para que no se vaya a quemar, y así lo hacía. Iguales preguntas eran para las camisas, vestidos, etc.

¿Qué se plancha primero, el cuello o las mangas?

Recuerdo que la primera vez que me tocó planchar de soltera había ido a Caracas a casa de una tía, con mi querido hermano Isidro, él tendría catorce años y yo quince. Íbamos a salir los dos y yo le pedí los pantalones y camisa para planchárselos ¡cuánto orgullo sentí por poder hacerlo! Y lo hice lo mejor que pude y recordé.

Otra hora que me encantaba era el mediodía, cuando Cleotilde descansaba de sus labores. Entonces, ella se recostaba en una vieja mecedora en el mismo cuarto de plancha, y allí se ponía a leer su único y querido libro: la Biblia y yo le hacía preguntas y más preguntas, porque ella leía en voz alta, y me contaba sobre lo que leía. Yo la oía con atención y respeto. Nosotros todos éramos católicos por tradición y ella, evangélica.

¡Oh! ¡Misterios inescrutable los del Señor! No entiendo hasta hoy por qué mamá nunca se preocupó de que habláramos con Cleotilde sobre sus lecturas bíblicas, siendo que ella, mamá, era tradicionalmente católica. Para ese entonces a los católicos se les prohibía leer la Biblia.

En una de las habitaciones mamá tenía una gran repisa, como la tenía también Mama Nena. Esas repisas eran sus altares de adoración; allí estaban los santos de su devoción que para mamá eran la Santísima Trinidad y el Nazareno, el cual sólo era visitado por mamá en la iglesia los miércoles santos, porque era a la única misa a la que asistía en todo el año.

Muchas veces la veíamos de rodillas en el piso desnudo clamando a la Santísima Trinidad, con las manos en alto en actitud de súplica. También Cleotilde la encontró muchísimas veces en esa posición, y entonces, se retiraba silenciosamente. Jamás la oímos tratando de evangelizar a mamá ni criticando su devoción. Ella era de una fe muy firme y ejemplar, pero era también muy respetuosa. Y mamá había depositado en ella toda su confianza, que bien merecida la tenía; tanta, que era como un familiar más, al punto que ella comía con nosotros en nuestra mesa. Como mamá era la última en llegar a ésta cuando ya papá, Mamá Nena, y los otros habían terminado de comer, pues siempre andaba muy ocupada, Cleotilde esperaba hasta que llegaba mamá, cuando ya quedaban pocos comensales.

Mi tío, el único hermano de mamá, la fastidiaba a causa de su religión, o de su devoción al Señor. Y se dirigía muchas veces a ella en estos términos:

¡Mira m’ijita, te vas a poner vieja. Estás enamorada de Cristo pero El no puede ser tu marido, enamórate de un hombre!...

Ella le daba el silencio por toda respuesta, por puro respeto. Nunca la oí protestar o disgustarse ¿Cómo podía tener tanta paciencia y tolerancia?

Por su genuino y gran amor a su Señor, es la respuesta, además de su manso temperamento. Reunía en ella, la paciencia de Job y la mansedumbre de Moisés: dos grandes cualidades.

Cuando nació el menor de mis hermanos, Cleotilde se hizo cargo de él sin que nadie se lo exigiera: era “su niño lindo” y apenas él habló, la llamaba “mamá Chinde”. Y mamá tuvo un gran descanso con ella, porque a nadie más le confió sus hijos como a esta leal y honesta mujer. Y tenía además, su propia sabiduría. Tal vez cuando el reloj de la casa no estaba ajustado a la hora, no había nada más seguro que preguntarle a Cleotilde. Ella se asomaba al patio, contemplaba donde iba el sol, y nunca se equivocaba con la hora, así fuese con los cuartos, minutos, etc.

Otra cosa notable para aquella época: nunca tuvimos problemas con su religión, de manera que cuando ella se casó con un señor de su congregación, nosotros asistimos a su boda en el templo evangélico ¿Por qué podría haber problema? Porque entonces la única iglesia verdadera era la católica y los demás eran “diablos”, así como los judíos eran rechazados porque eran los que habían matado a Cristo, olvidando que el mismo Señor era judío y que El creó esa raza para venir en ella. Esos eran los conceptos, no muy cristianos que nosotros habíamos aprendido en nuestra iglesia; pero no de mamá. ¡Bendito sea Dios, por la madre que nos dio! Mamá tenía su temperamento, pero también era muy justa en sus apreciaciones.

Entre mis recuerdos figura el de una de mis tías que al ver pasar todas las tardes a los “evangélicos” para su culto, se persignaba exclamando: ¡Ahí vienen esos diablos! ¡Ave María purísima!. Sin embargo, en sus frecuentes estadías en casa, nunca la oí decir nada contra nuestra humilde Cleotilde, porque ni ella veía ese ejemplo en casa, ni Clotilde daba pié para que alguien la irrespetara, sino para ser apreciada y valorada.

Mamá no estaba a favor de aquella otra religión, pero nos había enseñado el respeto por los demás, sea quien fuese. Si era racista en el fondo de su corazón, no lo sé, pero nunca la oí hablar despectivamente respecto a la gente morena, por ejemplo, sino del respeto que se merecía todo ser humano. Así que, cuando también pasaban los evangélicos dando muy educadamente las buenas tardes y dejando de paso sus trataditos, nosotros lo tomábamos sin desdeñarlos. Era la recomendación de mamá de que lo recibiéramos.

No hacía así mi tía que no quería ni tocarlos porque se contaminaba, pero nosotros obedecíamos a mamá. Además, ella, que amó tanto a su padre, al que admiraba grandemente, nos contaba de su justicia y bondad.

V

JUANIQUITA

Mamá tenía sus buenas razones para desconfiar de las ayas. Muchas familias pobres y de humilde condición, ofrecían sus hijas a ciertas familias. Era un modo de aliviar un poco la carga familiar y de paso, sus hijas estaban en un hogar decente, porque por lo general, estas niñas, apenas al crecer comenzaban a tener hijos, de más de uno. Yo creo que al verse esas mujeres abandonadas por el primero y el segundo, y no teniendo como mantener a sus niños, optaban por procurar otro hombre que generalmente les dejaba otro y las abandonaba. Se suscitaba así una cadena, de pruebas y errores… de muchos eslabones, entonces, el recurso que les quedaba era ir “colocando” en casas familiares, a las que iban creciendo.

La única que yo recuerdo que tuvo mamá por buen tiempo, porque aunque tenía sus mañas, su madre no quería llevársela. se llamaba Juana, de sobrenombre Juaniquita. Así que viene a mi mente un episodio con la tal Juaniquita.

Estábamos de vacaciones en nuestra finca, y por supuesto, Juaniquita se fue con nosotros, no sé cuál de los hijos, no lo recuerdo, estaba todavía de bebé. El corredor de la finca era largo, y en una parte estaba el comedor con su buena mesa, porque nunca éramos pocos. Mamá siempre se retrasaba a la mesa, sobretodo seguramente, por el bebé. Era la hora de darle el tetero o biberón; alimento que sólo mamá le preparaba, porque la leche casera debía ser “pasteurizada”, mediante un largo proceso hervida en baño María.

Papá le instó a mamá para que dejara que la muchacha le diera el tetero al bebé y ella se sentara a comer con nosotros, pero mamá desconfiaba. Al fin se sentó a comer con la familia, pero seguramente pendiente del bebé, así que cuando lo oyó lloriquear, se levantó rápido y calladamente. La muchacha estaba en una de las habitaciones con el bebé. Mamá atisbó por la ventana que siempre tenía tela metálica por las alimañas. La muchacha estaba pegada del tetero y el niño lloraba por su alimento.

La ira de mamá no se hizo esperar, sacó al bebé, lo entregó a alguien, y tomó a la muchacha, le levantó la falda y le aplicó sus buenas nalgadas.

A mí me vino a pasar algo semejante mucho más tarde y con seguridad que yo heredé la desconfianza a las ayas.

Cuando yo tuve mi primer hijo, una preciosa niña, ya yo no vivía en mi pueblo, pero había ido allí por un corto período de tiempo. Mamá Nena no concebía ni aceptaba que yo no tuviera una aya, así que consiguió una y se ofreció a pagármela. Yo acepté mientras estuviese en casa de mis padres.

El comedor era una parte del corredor pero separado de este por un tabique de madera, como entre madera y madera quedaban ranuras, dejé que la muchacha le diera la comida a la bebé, e igual que mamá atisbé por la ranura: una cucharadita para la niña y otra para la muchacha. Nunca pude confiar a mis hijos en manos extrañas, excepto para la escuela.

VI

MAMÁ PEPÉ Y PAPÁ RAFAEL

Mi abuelo materno y su madre, Doña Josefa Gil Tovar y Tovar. Dos grandes y admirados personajes de mamá. Ella ponderaba sus virtudes, su admirable justicia y también su bondad y misericordia ¡Cómo los admiraba mamá!. Y Esa admiración fue fielmente transmitida a sus hijos. Yo soñaba con ser como “Mamá Pepé”, no en su señorío, sino en su justicia y rectitud. Para mí, que la admiraba tanto como mamá, aun cuando no la conocí sino mediante la admiración de mi madre, ella representaba fielmente a la mujer aquella alabada por el Señor en su palabra, la Biblia, en el “Elogio a la Mujer Virtuosa”, que dice entre otras cosas: “Mujer virtuosa ¿Quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas.

…El corazón de su marido está en ella confiado. Le da ella bien y no mal, todo los días de su vida. De lino fino y púrpura es su vestido…. Y luego abre su boca con sabiduría y la Ley de clemencia está en su lengua…” (Prov. 31:10-31).

Su aspecto señorial infundía respeto, pero también confianza por sus numerosas virtudes bien conocidas por todos, de manera que la gente del pueblo sabía que en ella siempre encontrarían la ley de la justicia, y también, la misericordia y ayuda. Era, según mamá, de una rectitud a toda prueba, y yo, en el fondo de mi corazón, quería ser como ella, además era una mujer tan veraz, que odiaba, si es que cabía algún odio en su corazón, la mentira y la falsedad.

Esta última cualidad me hizo luchar el resto de mi vida contra estos graves defectos. Creo que algún fruto obtuve de todo este aprendizaje, que traté de transmitirle a mis hijos, a tal punto, que uno de ellos me saca en cara hasta hoy cualquier actitud ante la vida que huela a falsa, a trampa o a deshonestidad, aun en menoscabo de ganancias materiales para él. A cualquier reprensión por evitar hacer esto o aquello, me salta con un “usted nos enseñó a ser honestos no podemos ser de otra manera”.

Ajá Tienes razón hijo, solo cerciórate siempre donde está la verdad y lo justo que solo Dios puede darte...

El retrato de Mamá Pepé, obra del pintor Tovar y Tovar, a tamaño natural, está, no sé desde cuando en el Museo de Bellas Artes de Caracas. Nunca supe ni pregunté cómo llegó allí. Lo que sí sé es que una vez Mamá Nena recibió la visita de la entonces directora de aquél Museo. Supo que Mamá Nena poseía el retrato del General José María Zamora, esposo de Mamá Pepé, obra del mismo pintor. Propuso a Mamá Nena la venta del retrato al Museo de Bellas Artes, para que reposara al lado de su esposa, no solo porque ambos retratos eran obra del mismo pintor, sino que allí se conservaría mucho mejor que en la casa, etc. etc. Por supuesto, Mamá Nena muy gentilmente donó su cuadro con mucho gusto, y ni hablar de venta. Seguramente le pareció muy justo y razonable, y así, hoy reposan ambos retratos en el Museo de Bellas Artes de caraca.

Papá Rafael

Digno hijo de tan digna mujer, era el otro personaje que mamá más admiraba; tal vez su más destacada debilidad fue el amor con que trataba a sus hijas, y entre ellas, mamá, por ser la menor, era su consentida.

El era “el gran cacique bueno del pueblo”. Un cacique de aspecto señorial y ojos azules por su ascendencia, pero un cacique por su influencia debida a su destacada bondad y disposición para ayudar a los débiles. Era también el juez bueno y justo. Creo que su bondad sobrepasaba a todo lo demás.

Toda persona pobre acudía a papá Rafael en busca de ayuda que jamás se le negaba, porque su compasión perdonaba los errores y su corazón le llevaba sólo a buscar una solución que siempre encontraba.

Era tan respetado y apreciado, que su palabra era como ley, pero la ley de la justicia y bondad. Así nos contaba mamá que, por ejemplo, si una atribulada mujer del pueblo iba a implorar su ayuda porque un hijo había sido encarcelado por haber sido sorprendido robando cualquier tontería, o por una borrachera o un pleito; enseguida papá Rafael iba a la cárcel, hablaba con el jefe civil, autoridad máxima de la población, y luego salía con el muchacho en cuestión, para entregárselo a su madre.

El muchacho se enmendaba bajo promesa hecha a papá Rafael, quien ya había dado su palabra al jefe civil de que el tal no reincidiría, y no había reincidencia, tal vez por la bondad con que había sido tratado y por los consejos oportunos; y posiblemente, con las debidas advertencias.

Yo diría que era “el señor del pueblo”, pero el señor justo, bueno y comprensivo, a quien ese pueblo amaba y respetaba. Su palabra era el mejor documento de compromiso. No sé cómo se enteraba la gente que llegaba al pueblo de ese respeto a la persona principal del pueblo, pues todo el que llegaba iba a presentarle “sus respetos”, según nos contaba mamá.

Esos pequeños pueblos sin carreteras asfaltadas no estaban abandonados del todo, por lo menos, en cuanto a cultura y educación se refiere. Así, cada compañía de teatro, ópera, operetas y zarzuelas ofrecían su primera función en honor a papá Rafael, quien nunca faltaba con su esposa e hijas a dichas funciones.

Lo mismo podía decirse en cuanto a los circos y saltimbanquis que llegaban, y con el mismo respeto y consideración asistía papá Rafael con su familia. Jamás despreció a nadie, esto no cabía en su gran corazón.

De igual manera sucedía respecto a la única iglesia evangélica de mi pueblo. Todos los años, para el 24 de diciembre, papá Rafael era invitado especial y él asistía con todo respeto y humildad al servicio religioso.

VII

MAMA NENA. ALGUIEN MUY ESPECIAL

Ana Magdalena Pedrique Rodríguez (Mama Nena), digna esposa de papá Rafael era nuestra abuelita materna y venía a ser nuestra reliquia familiar.

Papá Rafael había muerto justo cuando mamá esperaba parto de mi persona. Además de esto murió en otra ciudad y mamá no pudo estar en sus últimos momentos. ¡Cuánto lo sentiría! Así pues, ya era viuda desde que yo nací. No sé cuantos años tendría la abuelita de mis recuerdos, supongo que estaba comenzando la septena cuando yo aun era bebé; así que el período de su vida que yo estuve con ella, y puedo decir que la disfruté, fue entre los setenta arriba que fueron apenas unos pocos años.

Ella se nos fue cuando tenía sus noventa y siete años cumplidos y yo ya había salido de casa a la temprana edad de dieciocho años, de manera que la dejé tal vez por sus ochenta y nueve años pero aún estaba fuerte y con su memoria intacta y excelente, la cual heredó mamá. Sin embargo, recuerdo a mis tías, las hermanas de mamá que, pasados los noventa conservaban también su memoria intacta con la salvedad de una de ellas que sufrió de arteroesclerosis, aunque también muy anciana.

Antes de ir a vivir tía María con nosotros, la nieta de turno era su compañera de habitación, así que a mí me tocó mi parte también, como dije antes, ella tenía sus dos amplias habitaciones, una de dormitorio con su cama con mosquitero, otra cama para su acompañante, y su hamaca donde ella, rosario en mano, se recostaba a mediodía a echar su siestecita, así que si yo tenía que entrar a su habitación a esa hora, lo hacía de puntillas. A veces, al entrar, sólo oía un “Dios te salve María….” Y se dormía con su rosario colgando de una de sus manos. Se echaba una despertadita y seguía: “Santa María llena eres de gracia…” y se quedaba de nuevo dormida o aletargada.

Se acostaba muy temprano, tal vez de ocho a nueve de la noche, lo que ahora es casi la tarde en el verano, así que algunas veces también me tocaba entrar de puntillas si ya ella estaba dormida, aunque generalmente, ella velaba hasta que yo también me iba a dormir. Le pedía entonces su bendición y a descansar.

A las tres de la mañana estaba en pié, caminando y hablando. Yo, por supuesto, estaba rendida del sueño mientras ella peroraba, y de vez en cuando me decía: ¿Estás oyendo, niña? Y yo, soñolientamente contestaba con un apagado ¡Ujú! o ¡Ajá! Y ella, a sabiendas de que yo no sabía ni jota de lo que ella hablaba, rezongaba para sí misma: ¡Niña, no sabe lo que estoy diciendo!

En el llano, región de mi país donde vivíamos, se tomaba el café muy fuerte; café que se tostaba en casa, en un gran caldero, se le agregaba un punto de panela o papelón que aún se usa en mi país. Los granos tomaban un color negrísimo y brillante, a más de sabroso, de manera que a veces chupábamos algunos granos que escamoteábamos en un descuido de la tostadora. Al moler este café, su color era muy negro, y el resultado era lo que llamaban “un tinto”, que no era vino sino un café muy fuerte pero muy gustoso, sin ser dulce.

Había un hermano de mamá, quien también tenía una buena finca con mucho ganado vacuno, allí vivía solo con su esposa pues no tuvo hijos, de modo que recuerdo una anécdota con respecto a ello: solía pedirle a mamá que le diera a Nena, su hija mayor y mamá le respondía muy contrariada: ¡Yo no parí perros, cómo se te ocurre!

Nada le faltaba, a él le gustaba comer muy bien, y por lo tanto, su despensa era abundante. Cuando iba a la población llegaba a casa, donde había una buena habitación separada de todas las demás la cual se les asignaba.

Cuando llegaba a pasarse unos días, y tal vez para aprovisionarse, lo veía consumir todas las exquisiteces que le apetecían; tal vez a debido a esas abundantes y apetitosas comidas, siempre lo veía tomar luego, “una toma de Sal de Eno”.

Como él llegaba a caballo “adiós juego de pelotas en el patio”, su caballo pernoctaba allí. Acostumbraba a tomar su café, “su tinto”, que lo era de verdad. Mandaba a colar el café y pedía que quedara muy fuerte e hirviendo Al recibirlo, sesgaba la taza, si no la teñía, lo devolvía, y pedía le colaran otro más fuerte.

Mamá Nena, como buena llanera, también tomaba su café, aunque no tan fuerte como el de su hijo. Por las noches mandaba a colar su café y llenar su termo del hirviente líquido, el cual guardaba en su habitación hasta la madrugada. Después de lavarse y peinarse, se tomaba su primer café. Se vestía a la luz de una triste vela, así que muchas veces salía con el calzado al revés: derecho en el pié izquierdo e izquierdo en el pié derecho. Usaba siempre sus zapatillas de pana, cerradas. Nunca quiso usar pantuflas porque para ella era “andar en chancletas”

Usaba unas medias de algodón hasta las rodillas. La veía enroscar la media hacia arriba, hacer una especie de nudo y meterlo de un lado de la misma, así la sostenía porque no usaba ligas “porque era perjudicial para la circulación”.

A las tres de la mañana pues, ya andaba por el corredor escoba en mano. Los de más adentro no la oían porque este corredor quedaba suficientemente separado de las demás habitaciones.

Cuando mamá se levantaba y venía hacia el corredor, nos hacía notar los caminitos de polvo que Mama Nena había ido dejando. Nadie se lo hacía notar por supuesto, la cosa se enmendaba cuando ella no se diera cuenta.

Cuando sus nietas se levantaban, a lo mejor ya ella estaba tomando su primer descanso en la mecedora, y entonces, alguna se fijaba en que tenía los zapatos cambiados y, le decía, con discreción:

¡Mamá Nena, tienes los zapatos cambiados! Y ella, sin responder, se inclinaba a cambiárselos, porque quería hacerlo ella misma.

Sus quehaceres al levantarse eran fijos, quehaceres que nadie le impuso sino ella misma. Ella tenía su propio tinajero con su correspondiente filtro de piedra. Lavar esa piedra en la madrugada, después de barrer, era ineludible para ella.

Antes de instalar la luz eléctrica en el pueblo, sería muy poco lo que vería en la madrugada, por lo que calladamente, para no ofenderla se repasaba su trabajo tempranero.

Otra de sus costumbres o pasión, era arreglar todo lo que se descalabrara. Mandaba a preparar unos pegotes de almidón con lo que pegaba la tela de un mueble que se desprendiera.

También le gustaba mucho “clavetear”, porque frecuentemente la oíamos clavando algo, martillo en mano, ante el temor de mamá de que se lastimara.

Tengo una de mis hijas que no le gusta “remendar”, porque lo que se rompe va directo a la basura, pero siempre encuentra algo que arreglar y clavar, así que a veces la llamo “Mamá Nena” por su aficción y luego agrego: “lo que se hereda, no se roba”. Quien iba a creer que una de mis hijas iba a heredar la aficción de su bisabuela. Y ella contesta muy oronda “a mucha honra”. Lo que no heredó fueron los numerosos y aleccionadores dichos que Mama Nena tenía para ciertas ocasiones. Si por ejemplo, oía a mamá disgustada por algo, sobre todo si le contestaba a Mama Nena, se le oía decir: ¡Niña, de desencantos se vive en el mundo!

Cuando creía que alguien ponía su mirada en algo que ella consideraba de poco o ningún valor, exclamaba entonces: ¡No todo lo que brilla es oro!

Alguna vez no sólo declaraba su dicho; si había oportunidad, de seguidas venía la lección o moraleja en forma de cuento, que aclaraba su significado. Y he aquí uno de ellos en relación con el falso valor de algunas cosas:

Hubo una vez una gran montaña, que cuando el sol brillaba, reflejaba en cierto lugar, una brillante luz. Esto sucedía cada vez que había suficiente sol. Un cierto joven se apasionó con el deslumbrante rayo que despedía la montaña, y se propuso escalarla para apoderarse de la gema que allí le esperaba. No le valieron consejos ni reprimendas de sus padres y demás familiares y amigos.

Como entonces no existían las avanzadas herramientas de que disponen los alpinistas, montañistas etc de hoy la tarea que se proponía era, sino sumamente ardua, si muy peligrosa. Pero en fin, nada lo hizo desistir, y un día partió con unos pocos bártulos y alimentos, y se fue a escalar su montaña; Después de mucho trabajo, raspones, escoriaciones, sed, hambre, porque se agotaban sus provisiones, llegó cansadísimo a su destino. Allí estaba su sueño; el ardiente sol hacía brillar a más y mejor su ansiada joya. Ya no tenía que apresurarse tanto, a excepción del hambre que punzaba su estómago. Entonces, se sentó a descansar y entre tanto, a soñar un poco con lo que le esperaba al vender su tesoro.

Después de descansar y soñar: ¡Manos a la obra! se dijo. Arañó, raspó, movió piedras con mucho trabajo, pero la ilusión le daba fuerzas y su sueño le prestaba alas a su cansancio.

¡Al fin!, ¡Al fin llegó a poner su mano sobre su tesoro! Desprendió con mucho cuidado hasta tener en su mano un pedazo de vidrio ¡Un pedazo de una botella rota!

Lloró, lloró sus ilusiones rotas también, sus sueños tomaron las alas del viento y volaron.

Hasta allí el cuento. Lo que pasaría a la vuelta del joven entre los suyos, se dejaba a la imaginación de cada uno, pero si nos daba en qué pensar, y hasta sufríamos al pensar en las consecuencias que le afectaría por sus ilusiones rotas.

VIII

NUESTRO PATIO

El patio de casa, el patio grande, como le llamábamos, era de ladrillos rojos. Sin embargo, tenía una franja regular que daba hacia el corredor, que por supuesto, era sólo de tierra porque allí Mamá Nena tenía sus preciosos naranjos y sus mas preciados arbustos de Icsora, de flores blancas uno y rojas el otro. Cuidaba de regarlas ella misma, y visita que llegaba la invitaba a ver sus flores.

En cuanto a sus naranjos, también los cuidaba con amor, y no permitía a nadie que arrancara una naranja verde, por lo tanto, revisaba sus árboles a ver si alguno de nosotros dejábamos la huella de algún desprendimiento; y por supuesto, no faltaba la explicación de por qué debíamos esperar la madurez de la fruta.

En mi casa, con lo grande que era, solo una vez hubo una perrita que uno de mis hermanos recogió en la calle y mamá la adoptó y cuidó con el nombre de “negra linda” porque era solo negra. Cuando yo tuve mi primera hija en casa de mamá, la perrita se echaba debajo de la cuna y no permitía que ninguna persona se acercara. Creo que la mató un carro, de los pocos que ya había en el pueblo. Mamá la lloró y nunca más quiso otro perro.

¡Ah!, pero abuelita no se pasaba sin sus gatos. Generalmente era uno, pero si era gata y esta paría, alguno de ellos era adoptado por ella. Claro que les daba de comer, pero los dichosos gatos o gata, saltaban a su regazo cada vez que ella se sentaba a la mesa. Cuando el gato metía un lengüetazo a su plato, mamá se lo hacía notar.

¡Mamá, el gato te esta lamiendo el plato! Ella no contestaba a mamá sino que reprendía suavemente al gato de esta manera: “Phiss…” minino ¡Fuera! Y con la mano libre lo bajaba, lo cual no duraba mucho antes de que se repitiera la misma acción. ¡Cuántas veces al día la oíamos llamando a su gato! Miss……o, mínimo, ¿dónde estás? Y el animalito respondía con un cariñoso bufido.

La vida de Mamá Nena era muy organizada. A pesar de su edad se alimentaba muy bien, de tal manera que mamá, que era parca en su comida, dizque por su colon, envidiaba su buen estómago.

En las regiones llaneras los desayunos de ocho a ocho y media de la mañana, eran copiosos y Mamá Nena los disfrutaba con chicharrones y demás. Tal vez por eso su almuerzo lo hacía más liviano por cuanto a las doce en punto del mediodía su comida debía estar lista.

En casa se servían dos platos que eran infaltables para el almuerzo: el primero consistía en caldo con carne de res y verduras. Lo llamaban “caldo” porque nunca era espeso, sino como un consomé, pero además de las costillas “tapadas”, es decir, con mucha carne, o lagarto, contenía diferentes verduras tales como: papas, batatas, ocumo, ñame, yuca y mapuey, este último parecido al ocumo pero mas suave y muy sabroso. Papá lo llevaba a casa muy contento cuando lo encontraba, pues no era frecuente.

El primer plato de esta sopa era para Mamá Nena. El plato que le seguía era carne que se preparaba en bistec, en asado, guisada, etc. acompañada de arroz, o puré, plátano frito, etc. lo cual podía variar pero la sopa y la carne no faltaban.

Sin embargo, Mamá Nena no era muy aficionada a la carne del almuerzo porque le bastaba con la carne hervida del caldo y cualquier otro plato mas liviano. Tampoco papá gustaba de la carne del almuerzo porque generalmente su desayuno era carne soasada a las brasas, salvo que hubiere chicharrones que iba a buscar cuando los estaban preparando, así que llegaban calentitos y crujientes, y a falta de los chicharrones estaban las empanadas de carne, asaduras, además del infaltable queso rallado, mantequilla y las abombadas arepas de doña Tomasa, nuestra cocinera de muchos años.

Para la comida de la tarde, se le preparaba a Mamá Nena, con cierta frecuencia, una sopa que llegó a conocerse como “la sopa de Mamá Nena”, que consistía en caldo de carne que se sacaba previamente del caldo del mediodía. Se le agregaba papas picadas, fideos, alcaparras y cilantro. Mucho más tarde, yo quise imitar la sopa de Mamá Nena: le ponía ajo, cebolla, y lo demás y no me sabía igual, así que un día le pregunté a mamá cuál sería la razón. Hasta que, haciéndome preguntas se descubrió la razón. La sopa de Mamá Nena se hacía invariablemente, con el caldo de la carne, y yo la hacía tal vez con los dichosos cubitos. Hábito invariable de Mamá

Nena era también su baño diario, aun en su avanzada vejez. A las once de la mañana, con su agua entibiada en el fogón o templada al sol como la de papá si hacía buen sol, era su baño antes del almuerzo.

Cuando ya estaba muy anciana, tía María, que ya vivía en casa, la ayudaba en el baño. Yo no estaba en casa cuando ella se fue apagando como una lamparita a la cual se le agotaba el combustible. Cuando yo regresé para su entierro, ya su luz se había apagado, y ni siquiera tuve el valor de verla por última vez en la urna. Pero me contaron que a punto del mediodía, su reloj biológico le avisaba que era hora del baño. Ya no se levantaba, aunque no sufría de ninguna enfermedad sino el desgaste de su vejez, pero ella reclamaba su aseo con estas palabras:

¡Vengan a bañar a la niña! No sé si lo de “niña” lo decía sin conciencia o se refería a su inutilidad.

En su segunda habitación ella guardaba, en enormes y antiguos baúles, sus tesoros y recuerdos. Entre ellos se encontraba aquella preciosa vajilla de porcelana con su monograma en oro. Las enormes bandejas, soperas y demás, no las vimos ninguna de las que vivimos toda la vida con ella desde nuestro nacimiento. Alguien se las llevó de casa donde fueron a parar donde tal vez no correspondía, pero ni mamá ni nadie más reclamó nunca nada. Ella me había regalado un día dos enormes cucharas de plata, también con su monograma, las cuales yo me había llevado de casa desde mucho antes, al casarme. Hoy aun las conserva mi hija mayor. Nada más nos quedó de ella, a lo que a cosas se refiere como las preciosas y labradas rinconeras, las mesitas de mármol, su reclinatorio, etc. Todo fue a parar donde mismo.

Ninguno de los hijos de mamá los nombró nunca, tal vez no queríamos recordarlo, pero el precioso e inalterable recuerdo de su existencia, nadie pudo llevárselo. Se quedó con nosotros, en nuestros corazones y recuerdos.

No sé si porque por algún tiempo fui su compañera de dormitorio, ella se constituyó en mi refugio, en mis tormentas, esto de pequeña. Por ejemplo, cuando mi hermana menor que era la más “peleona” conmigo, ésta me perseguía con furia hasta que me alcanzaba y me daba un pellizco bien fuerte; luego se metía otro a sí misma, con toda seguridad no tan fuerte como el que me había dado a mí, entonces iba donde estaba papá a mostrarle lo que “yo le había hecho”. Papá me reprendía a mí, y yo de tontilla, callaba. No acostumbraba defenderme. Y esta fue la norma que seguí casi el resto de mi vida. Ofensa recibida, ofensa perdonada y llevada ahora al Padre Celestial, para que perdone y bendiga al ofensor como El nos manda. Y dije casi porque también yo tenía mis rabietas, casi siempre porque no me gustaban algunos alimentos. Hasta hoy, reconozco que todo aquello que le gustaba a papá, en

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