En las tierras del Abuelo.

Recuerdo los viajes a las extensas y valiosas tierras del distante y temperamental abuelo, cuya vida se asemeja a la de un autoritario y temido Zeus Olímpico, heredadas tardíamente por mi padre, compartidas con ansiosos cuñados y perdidas para siempre.

Tierras lejanas de la Capital para la época de su adquisición y compra, de sofocante clima, alcanzables solo por tren, canoa y finalmente cabalgadura. Mi generación llego luego hasta aquella ardiente exuberancia de lomas, llanuras de sinuosas quebradas de aguas limpias y frías, de espesos bosques maderables, de esperanzadoras vetas de mármol, en automotores de doble tracción por trochas y apenas insinuantes caminos veredales.

Rememoro la casa de la hacienda que de campamento provisional, con el tiempo formalizo su condición. Montada descansaba sobre monolíticas pilastras de piedra, alejada del suelo por un inadecuado zócalo aislante de la humedad, imprudente vació mal diseñado, que por su reducida altura se convirtió en segura guarida de voluminosos y grotescos batracios color marrón que como piedras inmóviles se mimetizaban en la penumbra de aquel atemperado espacio, en compañía de infinidad de alimañas y uno que otro reptil, pareciendo aquello un angustioso serpentarium de coleccionista. Que en desveladas madrugadas los alterantes sonidos recordaban su sarcófaga presencia. O cuando por esa obligada convivencia con estos endiablados bichos de sorpresa y con frecuencia sucedía, que a los convidados se les acelerara el ritmo cardiaco al descubrirlos convenientemente camuflados en sus sueños y sabanas, en prendas o valijas de viaje.

Propiedad integra de rustica madera sus pisos y paredes, aquellas pintadas de blanca cal, de oblongos y dilatados angeos sustitutos de vidrios y cristales, de corrosivas y herrumbrosas tejas de zinc que en torrenciales tormentas tropicales magnificaban sus vibraciones retumbando en forma ensordecedora, denotando toda ella con escueta desnudez su naturaleza agraria.

Construida en una visible colina, que de lejos se percibía, protegida por descomunales y centenarias ceibas que la enmarcaban, dispuesta entre sucesivos corrales de almizcloso fango y estiércol, alinderados por anchas cercas de musgoza piedra cuarterona y pesados portalones de aldaba, que se debía sortear para lograr su acceso, por que noble alameda de llegada nunca tuvo aquella construcción, refugio de sabandijas.

Corrales donde apiñuscadas las bestias nerviosas bramaban o mugían, en confusión de sonidos alternados con las roncas ordenes y gritos del mayordomo y sus trabajadores, cuando se cumplían las rudas labores del campo, marcar, inyectar, castrar, sacrificar u ordeñar las reses.

Escena corriente, que mis invitados amigos citadinos del barrio, mi hermano Daniel y los primos Borda, Carlos, Arturo y Fernando contemplábamos embelezados, meciéndonos desde las hamacas estratégicamente apuntaladas a la sombra del fresco corredor y la estancia principal de la casona.

Hacienda para la fecha ahora insostenible, resquebrajada por abruptas interrupciones en su administración, resultado de los azarosos e intolerantes sucesos políticos que hemos padecido de forma deplorable. Latifundio siempre ávido de gran inversión y permanente mantenimiento. En algún momento en la mira burocrática de corruptos e incompetentes tecnócratas reformistas del Estado. Finalizando hoy la posesión de estas ricas tierras en manos de emergentes poderosas, e influyentes castas coqueras y paramilitares.

O reunidos apenas recién levantados, en torno a la pesada y curtida mesa del informal comedor, consumíamos abundantes desayunos donde en la blanca vajilla esmaltada, estaban presentes el caldo de costilla, el chocolate, los patacones con ogado, la arepa y el queso rayado, la limonada endulzada con panela, adornada con cubos de hielo y rodajas de limón para contrarrestar el calor abrasador. En tanto comentábamos, aun impresionados las escalofriantes historias de cortes de franela, persecuciones, incendios, invasiones, desmembramientos, protagonizados por descarnados bandoleros pertenecientes a los numerosos grupos criminales de nuestra endémica violencia desangrante. Narradas hasta la madrugada con ensayado e intencionado dramatismo por Isidro el imaginativo y experimentado capataz tolimense.

Relatos del baquiano, contados en la estancia del comedor, entorno a la tenue luz de dos equidistantes lámparas colgantes de queroseno, donde esquizofrénicos insectos voladores de diversa dimensión no cesaban de rondarlas en febril cortejo de hiperbólicas y aceleradas circunvalaciones, produciendo perturbadores zumbidos y sombras en el tensionado y teatral ambiente, ayudando a dramatizar aun mas las nocturnas reseñas sangrientas del mayordomo. O mirar para amortiguar la narración a la externa y profunda oscuridad que nos rodeaba como complemento, y ver los distantes, silenciosos e intensos fogonazos que permitían sucesivamente advertir por segundos, perfiles, siluetas de nubes y montañas distantes anunciando que allá también se desarrollaba otra clase de violencia.

Ansiosamente reuníamos caballos y mulas después de enlazarlos en el pequeño corral del botalón, ensillándolos con rapidez como en carrera de postas, para engavillados emprender en soleadas y calurosas mañanas galopantes correrías por la inmensa propiedad, que venía a ser sumatoria de antiguas fincas adosadas a la gran hacienda. Deteniéndonos sin desmontarnos en las pandas quebradas de rizadas ondas, para dejar beber a nuestras sedientas y sudadas cabalgaduras, observando en la claridad de estas aguas, los peces que ligeros serpenteaban por las patas de las bestias. O en la breve detención, Juan José Miranda mi estimado amigo aprovechara para hacer un prudente control y ajuste de su aparejo y alforja, no sea que fuera aventado por los aires en cualquier recodo de la veloz travesía que llevábamos, solo equiparable al diligente y cumplido correo postal del Oeste.

Paseo obligado y casi diario era la ida al sombreado pozo profundo, que a corta distancia de la casona estaba, formando una mediana piscina natural. Agreste nacimiento de agua pura, rodeado de tupida maleza y grandes lajas de piedra, era lugar de anhelado esparcimiento, sin importar las frecuentes serpientes que por hay veíamos, visión que no impedía nuestra diversión. Solo interrumpida el aciago día en que otro recordado invitado, el mono Juan Guillermo Andrade, siempre tan previsivo se desolló un pie, con un chuso de vulgar lamina metálica que no se supo como llego allí y que trataba de retirar, justo para que nadie se hiriera. Cruzada cicatriz en el dedo gordo que como sello indeleble le ha acompañado desde su lejana adolescencia y que al calzarse le debe recordar inexorablemente la fantástica aventura realizada quien lo hubiera pensado, con Centro Hospitalario de urgencias incluido en tierras de la Cimitarra.

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