EN LA ERA DEL MIMEÓGRAFO

Recuerdo a Rafael González Sabino, apreciado condiscípulo que espero descanse en paz y que Dios lo tenga en su gloria, quien me contó años después de habernos graduado, un insólito episodio. Cuando una tarde de agite laboral, sorpresivamente nos encontramos en una esquina del centro de la ciudad. Después de los efusivos y elogiosos saludos, propuesta la ameritada pausa al trabajo, complacidos del encontrón nos sentamos en alguna cafetería y en compañía de varios tintos, indagamos en nuestras vidas. Sobre el paradero de quienes compartimos en común la adolescencia y la juventud. Ocasión en la cual aprovecho para narrarme una historia tan irreal como osada, que me hizo pensar si Rafael en todos estos años transcurridos habría sufrido algún cambio en su estado y salud mental, o si su celebre imaginación con el tiempo había adquirido tintes mitómanos.

Decía este, que en alguno de los últimos años de colegio se habían reunido los alumnos de diversos cursos, quienes al final del periodo escolar lo tenían todo perdido. No quedándoles mayores opciones de donde escoger para salvar el año académico. Por tanto fraguaron un complot. En completa reserva aquel singular grupo acordó una secretísima y estudiada operación de asalto a las instalaciones del plantel. Actuando como selecta y disciplinada elite militar de comandos, se entrenaron durante algún tiempo. Dispuestos como único objetivo, alterar debidamente las martirizantes notas académicas de cada uno de los implicados y salvarse así de perder el año escolar.

Bien equipados con gruesas chaquetas, pasamontañas, guantes, bufandas, morrales y más implementos propios al operativo, se concentraron una noche opaca de fin de año. En varios automóviles y encarabanados se dirigieron al colegio situado en las afueras de la ciudad a cumplir tan arriesgada misión.

Los participantes tenían asignadas funciones precisas. Iniciada la maniobra, algunos se mimetizarían bajo los eucaliptos que daban limite a los predios del establecimiento con la carretera central del norte, sirviendo como estratégicos centinelas que con fugaces haces de luz darían señales de alerta, utilizando el familiar lenguaje del scout, el código Morse. Otros ingresarían por el sendero arenoso de la eventual quebrada, activa solo en la época invernal, avanzarían paralelo a la tapia pisada colindante, atravesando las canchas de juego y los amplios prados, hasta alcanzar la puerta principal de la casona. Allí un selecto tercer grupo escalaría la sólida y cuidada enredadera que adornaba el portal de acceso de la casa. Desembocando en la amplia terraza del segundo piso, que servia de mirador y donde la puerta que comunicaba con el interior de la mansión se había dejado previamente apenas ajustada. Se cuido que Evaristo el enjuto celador y su mujer doña Edelmira, quien preparaba los tintos del profesorado y se encargaba de organizar los guisados almuerzos, no escucharan ningún ruido extraño, que hiciera abortar la operación; porque de seguro Evaristo con la gastada escopeta de fisto que siempre cargaba ajustada debajo de la ruana empezaría a disparar sin ningún miramiento a diestra y siniestra.

El grupo mas apto de los asaltantes, se apoyaba todo el tiempo con potentes linternas, llevando en los morrales suficientes utensilios para el refinado trabajo profesional que se iba a realizar. Lupas de relojero, tinta china negra y de colores, roja o verde, plumillas, secantes, borradores de miga de pan, o de agua, cuchillas, bisturís, cinta pegante, goma y mil cosas más, en tanto otros talegos contenían termos con café o te, cantimploras con agua o gaseosa, drogas analgésicas, cuerdas y lazos, binoculares, herramientas, botiquín de primeros auxilios, guantes de cirugía, en fin todo lo necesario para desarrollar correctamente la misión, que mas parecía, por su coordinación la invasión a Normandía.

Pero lo más importante, era contar dentro del grupo con dos expertos caligrafistas y entendidos falsificadores contratados con tal propósito. Floro el nombre de uno de ellos, de pésimo humor me detallaba mi interlocutor, habíase graduado como dibujante técnico industrial, quien de momento no ejercía su mal remunerada profesión por estar dedicado a plagiar billetes, cedulas, pasaportes y estampillas, claro actividades más lucrativas. Indudablemente la época ayudo mucho, por ser menos milimétrica y en nada sistematizada, tan solo estábamos en la era del mimeógrafo, conveniente aparato que reproducía textos, mediante el esténcil un papel especial e indispensable para lograr las copias. Remota época también de la máquina de escribir manual, con su sexta copia obtenida gracias al papel carbón, pero donde las letras se volvían en aquella última copia, tan difusas e ilegibles como cualquier críptico lenguaje. Porque el estelar periodo por venir de la fotocopiadora, el computador, los satélites, el celular o el Internet, por citar solo cinco ejemplos, eran concepciones de hechiceros o conjuros del más allá.

Con lista en mano pormenorizada e instrucciones concretas impartidas por el mal humorado Floro y su colega, procedieron a la labor de sustitución y suplantación de notas. Iniciando su trabajo de los cursos superiores a los inferiores, en estricto orden alfabético. Por ejemplo, tomando del kardex, voluminoso y vetusto anaquel metálico que permaneció eternamente en un rincón de la estrecha vicerrectoria de Pachito y que contenía toda la información escolar clasificada en tarjetas de cartulina de colores. Se podía leer retirando o seleccionando una de ellas, “curso: Quinto de Bachillerato, materia: química, alumno: Pachón Vargas José Ignacio, nota final: 2.3” escrito en números y letras para mayor confiabilidad, se borraba de forma hábil, como solo Floro lo sabia lograr por su habilidad y experiencia y la nota final aparecía: 3.3, en letras y números refinadamente adulterados y así en continua sucesión con cada una de las notas de los veinte y tantos conspiradores. Labor larga y dispendiosa desde luego que tomo varias horas de paciente concentración y temple quirúrgico para lograr unas falsificaciones perfectas e impecables. Algunos alumnos implicados necesitaban para pasar el año, arreglar hasta tres materias, otros solo con modificar una nota bastaba. En aquel tiempo se perdía un curso al rajarse en tres materias y no eran pocos los que requerían un buen arreglo.

Rafael, explicaba en su relato, que había sido asignado al grupo de centinelas internos, concretamente su misión consistía en vigilar sin descanso la vivienda del celador y su mujer. Situada esta en el jardín posterior y los posibles movimientos de la pareja. Para fortuna suya y como una verdadera excepción, este matrimonio de asalariados no tenían por ahora perro guardián que los acompañara, desde que “Cuscús” el ultimo gozque de la serie había quedado meses atrás destripado en la carretera por un pesado camión cervecero y doña Edelmira muy compungida como es natural, juro no tener uno mas, dedicándose como recurso para mitigar la pena, a cuidar con esmero y dedicación el huerto de hortalizas y hierbas medicinales, manteniéndolo hecho un “primor” expresión recurrente que siempre repetía Marujita Portocarrero, la solterona y noble anciana directora de los chicorios, sorbiendo diariamente a media mañana su tazón hirviente de agua de hierbabuena la que tanto le reconfortaba.

Camuflado convenientemente González Sabino, detrás de un alcaparro y otros arbustos y matas ornamentales, permanecía impaciente, soportando entumecido el intenso frío sabanero y observando durante horas la oscura e inalterable hasta ahora puerta asignada a su vigilancia. De repente me dijo, tensionado, agitándose inquieto en la silla de la cafetería, en la que transcurría la charla buscando acomodarse, al recordar nuevamente el momento como un mal presagio. Mencionaba que cuando la ventana de la vivienda del celador se ilumino, la angustia lo invadió, quedando paralizado, olvidando de momento enviar las señales de alarma acordadas con los rayos de luz de la linterna, la cual en aquel instante no atino a accionar. Solo miraba fijamente lleno de pánico aquella morada. Se petrifico cuando vio que Evaristo “Tuturuto” como decía la abuela, apareció en el umbral de la puerta, cual fantasma saliendo del sepulcro, perfilándose su silueta nítidamente al desbordarse la luz interior que de la habitación se proyectaba a la cruda oscuridad nocturna. El celador después de desperezarse confiadamente, con lentitud avanzo por el jardín, dirigiéndose directamente al lugar donde se encontraba acurrucado mi amigo quien tieso procuraba cada vez más mimetizarse totalmente. Verlo embestir de frente lo hipnotizo, quedando inmóvil cual planta del paisaje. Cuando Evaristo lo iba a pisar, aquel hombre se detuvo prácticamente encima de él y empezó literalmente a mear, después de una natural andanada de estridentes pedos. Los orines del celador, narraba verdaderamente atormentado Rafael, le salpicaban y escurrían con lentitud por la cara. Sin pestañear, estoicamente, pensando tantas cosas me decía acongojado permaneció en tal estado, hasta cuando advirtió que aquel sereno, entre dormido y bostezando se alejaba tranquilamente rascándose el trasero, enconchándose de nuevo en su madriguera.

Al sentir que lo empujaban por la espalda, susurrándole que era hora de partir, resucito de aquélla brutal experiencia sin atinar cuanto tiempo había transcurrido. Todos los grupos fueron incorporándose, recalcando sus movimientos con sus sombras a través de los árboles y de la densa bruma sabanera que se estampa al despuntar las madrugadas. Tan sigilosamente como habían llegado, partieron. Habiéndose realizado un trabajo de maestría, digna de los ladrones del expreso postal de media noche, el famoso robo al tren del correo Británico que regularmente viajaba de Glasgow a Londres, cargado de miles de millones de libras esterlinas; derrochadas luego ilegalmente por uno de los asaltantes. Prófugo protagonista que por años y en compañía de torneadas garotas a manos llenas despilfarro el dinero, en la mágica y embrujadora ciudad del Corcovado.

No quedando huella alguna de la profanación académica perpetrada, instrumento o prenda olvidada en la escena, tampoco ningún error cometido, satisfechos, finalmente todos muy satisfechos de haber aprobado el año, después de todo aquel gran esfuerzo, regresaron relajados y adormecidos a sus queridos hogares.

Se hacía tarde, al despedirme de González Sabino aquel recordado día, aturdido o quizás sorprendido, no sabía si lo escuchado por aquel condiscípulo era cierto o ficción. Igual me sucede ahora. Cualquiera que sea la verdad, Rafael q.e.p.d. se llevo el secreto a la tumba.

Comparte este Goo:

¿Tiene contenido inapropiado?

Comparte este goo con un amigo: