Hablamos y hablamos sobre todo lo que rodea la celebración de una boda. Empezamos con  las dudas de si estamos preparadas, o no, y si está totalmente decidido nuestra pareja, o simplemente es una decisión que toma por nosotras, posteriormente llega la hora de la declaración o la pedida de mano a los familiares, de preguntarnos como será, como pedirlo, si será en algún lugar romántico, o en un lugar especial para vosotros, etc..

Tras esta parte de preliminares, llega el momento de decidir dónde será, en que ciudad, en que iglesia, o en que juzgado o ayuntamiento, y posteriormente llegar a un acuerdo del día que vamos a llevar a cabo nuestra unión.

Y después lo más importante para nosotras decidir los detalles del vestido, si vamos a comprarlo en una tienda especializada, vamos a encargarlo a un taller, o vamos a decidirnos por otras ofertas. Y una vez decidido esto, elegir entre la infinidad de vestidos que se nos ofertan: largos, cortos, blancos, pastel, con velo, sin él, con bordados, con pedrería, etc..

Terminamos esta parte y empezamos a pensar en la luna de miel, en el destino que vamos a decidir, los días que serán, el presupuesto que vamos a destinar, etc..

Y son tantas y tantas las decisiones que en el mejor de los casos llegan a abrumarnos de manera excepcional, y es que preparar una boda es realmente agotador, y suele quitarnos todo el tiempo libre que tenemos y a veces incluso, quitamos nuestro tiempo del trabajo.

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