La revista británica The Economist, en uno de sus números del pasado mes de octubre, dedica un jugoso artículo a valorar la decisión de cursar un MBA (como es bien conocido, siglas representativas de Master of Business Administration o, en castellano, máster en administración de empresas). Dicha elección, siempre trascendental para el estudiante o el empleado, lo es más en una coyuntura de crisis económica como la actual, en la que se dan dos condicionantes particularmente negativos: las mayores dificultades para afrontar los costes académicos y, asimismo, para lograr la deseada inserción o promoción en el mundo empresarial.

Pese a lo anterior, las épocas recesivas, que provocan una menor capacidad de absorción de los egresados de los centros universitarios por el mercado de trabajo, suelen ser más favorables para los centros educativos, que reciben una mayor demanda de acciones formativas. La decisión en cuestión no es fácil: los dos platillos de la balanza atraen contenidos de gran peso específico.

Con el aval que otorga la evidencia previa, sobre todo si se trata de una escuela de negocios perteneciente al selecto grupo de las top ten, según los cada vez más utilizados –aunque no siempre coincidentes– rankings internacionales, las personas que pueden exhibir un título de MBA tienen más probabilidades de lograr un empleo que las que sólo están en posesión de una licenciatura, y perciben usualmente unas retribuciones sustancialmente superiores. En el panorama internacional de primer nivel, los empleadores pagan a quienes poseen un MBA, en promedio, el doble que a una persona sin este diploma.

Por otro lado, quienes acreditan esta titulación registran un incremento medio en sus retribuciones anteriores a la graduación de un 72%. Según la información disponible, los graduados de algunas de las escuelas de negocios más prestigiosas encuentran trabajo dentro de los tres meses siguientes a la finalización del máster con una retribución del orden de 90.000 euros anuales. En los últimos años, alrededor de un 40% de los graduados de las mejores escuelas de negocio estadounidenses encontraron acomodo en Wall Street, donde aplicaron –en algunos casos con las consecuencias bien conocidas– las técnicas aprendidas en los centros académicos, que, hasta ahora, según algunos testimonios, han adolecido de un déficit en la transmisión efectiva de los principios de ética profesional y gestión responsable.

Esas importantes ventajas potencialmente alcanzables exigen, sin embargo, incurrir en unos costes nada despreciables: el precio anual de la matrícula asciende, durante uno o dos años, en una de las mencionadas selectas escuelas de negocios, a unos 70.000 euros, importe al que hay que añadir los de los gastos de desplazamiento, alojamiento y manutención, además de la renta (y de la experiencia laboral) que se deja de percibir (adquirir) durante el período de formación ejecutiva. Sin duda, una importante inversión, no al alcance de cualquiera, y sin que haya que olvidar, por supuesto, el normalmente arduo proceso de selección. Los programas de becas públicas y privadas son un importante mecanismo corrector del fallo del mercado, provocado por restricciones económicas, en las posibilidades de acceso de estudiantes con alta capacitación.

No obstante, para alguien que, por una u otra razón, se vea atenazado por barreras insuperables de distinta naturaleza, el panorama descrito puede antojarse como un frustrante cuento de hadas. La opción de enseñanza virtual a través de Internet puede ofrecer un sucedáneo no desdeñable, así como la posibilidad de acudir a cursos presenciales en escuelas locales o regionales. Los costes, de todo tipo, bajan muy sustancialmente, aunque también las perspectivas de los emolumentos alcanzables, que, en cualquier caso, estarán siempre limitados por el alcance del mercado laboral considerado, en contraposición con el universo de las grandes corporaciones multinacionales.

Adicionalmente, partiendo de la premisa de la utilidad de las acciones formativas, ya sean en el marco de un máster de negocios o fuera de éste, cabría hacer algunas reflexiones. Así, no hay que pasar por alto que también el desarrollo de una actividad laboral, en un entorno adecuado, y la formación asociada al empleo son componentes del proceso de aumento del capital humano que pueden tener un gran valor, en algunos casos equiparable a acciones específicas en el ámbito académico.

En este mismo orden de cosas, como la experiencia se encarga de acreditar con numerosos ejemplos (sin que sea preciso mencionar los casos de grandes empresarios carentes de titulación de MBA), la realización de un máster concreto no tiene por qué ser una condición necesaria ni suficiente para el buen desempeño profesional: aunque siempre aporte elementos valiosos, no se requiere para cualquier puesto ni su posesión es garantía de eficacia. Ahora bien, algunos estudios revelan el impacto positivo, sobre la productividad y la rentabilidad de las compañías, de la aplicación de las técnicas de gestión empresarial enseñadas en las escuelas de negocio.

En una sociedad del conocimiento globalizado, donde sus fuentes están al alcance de todo el mundo, cabría plantearse por qué tienden a agrandarse las diferencias entre los centros de élite y el resto, que van mucho más allá de lo que vendría justificado por una supuestamente desigual distribución del talento (docente y discente).

Si una gran parte de las diferencias puede atribuirse a la aplicación de esquemas organizativos, de métodos de gestión y de enfoques metodológicos no patentados ni exclusivos, teniendo en cuenta los recursos disponibles, ¿no podrían crearse las bases para que, a medio (o, incluso, a corto) plazo, pudiera ofrecerse en alguna escuela de negocios local, elegida como referencia por las instituciones, una enseñanza equiparable en la práctica al menos a los estándares internacionales medios?

Sin lugar a dudas, sería un elemento importante con vistas al objetivo de reforzar la posición de Málaga como ciudad del conocimiento, una de las aspiraciones tradicionales de la planificación estratégica de la ciudad.

* Catedrático de Hacienda Pública de la Universidad de Málaga

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