El viento; el único sonido que se puede escuchar en este lugar... Todo permanece en un silencio impenetrable entre las blancas y frías columnas de este templo. Recorro su interior danzando como el viento mientras acaricio la blancura inmutable de sus lisas columnas. Me alejo, y contemplo el conjunto que forma con el exterior, y en mi mente queda grabada aquella fotografía...


Si este no es el lugar más bello del planeta, entonces estoy muerta y veo el paraíso. A mi lado, un conjunto de flores se mece silenciosamente con el viento, parecen intentar acariciar las inmóviles columnas como había hecho yo. Su inmortal blancura hipnótica mecida por la suave brisa se me antojaba casi voluptuosa. Sólo había un elemento en aquel conjunto que perturbaba la inmutabilidad y pureza. Yo. Con el simple hecho de que mi mirada contemplara la quietud con deleite, con dulzura, incluso con placer; estaba alterando aquel paraíso sobrenatural.


Cierro los ojos, para no volver a abrirlos nunca más. Jamás volver a ser la gota de sangre en el blanco sudario, nunca más. Ahora yacía, pálida y fría como la esencia de todo el conjunto que me rodeaba... Ahora el templo se convierte en mi paraíso, mi perdición... y mi tumba...

 

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