El sofá de mi abuela era blando y mullido. Estaba siempre en el salón escuchando música de su época. Me sentaba a su lado para escuchar historias de la guerra civil e historias de aldeanos de pueblos olvidados en el recuerdo.

También me enseñaba recetas de cocina y comentabanos los cotilleos de la TV. Hace un año se fue por una enfermedad degenerativa. Pero aún su sofa sigue en el viejo salón de la vieja casa, oliendo a alcanfor y zapatillas roidas del desgaste del tiempo.

Y ahora es mi sofá, donde me tomo mi café, cerrando los ojos la cuento mis problemas del trabajo, y donde contaré sus historias a mis sobrinos, hijos o nietos

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