portada-mapa siglo XVIII

 

 

 

EL SOBRINO DE FELICITÈ

Basada en la obra de Flaubert «Un Corazón Sencillo»

 

Un mal tiempo arreció, la extraordinaria fuerza de los vientos, en medio de la tormenta marina, azotaban con energía las velas del paquebote. A Víctor la obscuridad se le hizo intolerable y decidió ingresar a los alojamientos tras deducir que habían dejado con mucho la dársena. Las luces del puerto no se distinguían ya y mucho menos el rostro angustiado de la tía Felicitè que atrás había quedado.

 

Al interior del barco había una sala mediana donde varias personas, algunas sentadas, otras de pie, bebían aromáticas, fumaban y hacían charla. El capitán del barco se acercó a Víctor que estaba a la entrada de los dormitorios y mirándole de frente con cierto gesto de gravedad le dijo:

 

- Quizá se le haga extenso el viaje señor, pero confiemos que en años venideros se reduzca el tiempo de recorrido a lugares distantes, ¿lo cree usted?-

 

- Es posible Capitán Misson, desde el año pasado funciona el servicio público en el trasporte marítimo y fluvial... ¡mmm! pero esto del James Monroe es tan sólo otro nuevo comercio y no cambió realmente mucho las cosas, mientras que este año se estrenó el Savannah dio un buen resultado en la propulsión a vapor, con lo que quedaron obsoletos los veleros como éste, ¡sabe!

 

Víctor se dirigió al aposento correspondiente, permaneció tumbado en el camarote boca arriba  hasta el amanecer, imaginando su regreso en uno de esos nuevos buques a vapor. Los primeros rayos de luz vadeaban por entre los tragaluces, la tripulación quiso subir a cubierta y observar el amanecer. Tan pronto salieron se decepcionaron al encontrarse la embarcación envuelta en una niebla  densa.

 

La ida al otro lado del Atlántico se hizo casi monótona. El primer mes hubo el mismo temporal tormentoso cruzando el litoral. Desde luego el paquebote no era ningún Clipper ni alcanzó siquiera velocidades de 16 nudos, tampoco hubo corrientes de aire precipitadas, por lo que todo el trascurso tardó poco menos de tres meses. Parecía que giraban en círculo en medio del océano o que fuesen en la dirección donde el mar nunca termina. Desde que dejaron los archipiélagos de Ponta Delgada, no se vio más tierra hasta que arribaron en Fort de France. Era una escala de rutina, donde se pretendía reabastecerse de víveres antes de continuar el viaje.

 

En medio de los tres fuertes defensivos que dan lujo al puerto, bajaron el capitán y parte de los marinos. Víctor los siguió con la vista desde la proa. El calor era infernal, y sobre el comercio se alzaba una nube de mosquitos, moscas y  zancudos. Algunos esclavos iban y venían por las aceras gritando palabras que sonaban incomprensibles a Víctor.

 

Llegada la noche, Víctor se dedicó a organizar su pequeña valija, dejando sin empacar los utensilios de aseo. En la noche el capitán comunicó que hacían falta aproximadamente 30 días para tocar territorio cubano y que de acuerdo a la ruta se seguiría a lo largo de los puertos de Basse Terre, Charlotte Amaile luego a San Juan, Potr de Paix, de Moa a Matanzas y por último La Habana.

 

Las características de cada puerto eran similares: casonas de muros blancos amontonadas en las laderas cerca a la playa, una población mayor de esclavos que de criollos o mestizos, calor insoportable y la nube de moscos siempre cerca de las embarcaciones, la gente hablando un muy regular español, las aves acompañando todo el día los veleros y algunos aromas nauseabundos que hacían del medio día uno de los momentos con más bochorno. Víctor descansaba en el interior, escuchaba al capitán a lo lejos comentar que las ideas revolucionarias tenían una acogida extraordinaria en toda América, que seguían propagándose y citaba a Rousseau, Tomás Moro y otros. Otra voz interrumpió cambiando el tema, evitando la política,  apuntaba que por Matanzas había problemas con las nubes de moscos Aedes y mucha enfermedad. Víctor desestimo el hilo de aquella conversación, las voces y las palabras se fundieron en un solo murmullo lejano. Volviendo a estar consigo mismo recordaba bien aquellos viajes cortos, su estadía en Calais y sus regresos por la Bahía del Sena, la iglesia de Notre Dame en Le Hevre, los quesos camambert y livarot que en algunas ocasiones compartió con su tía Felicitè, ella a cambio en los almuerzos le miraba interesadísima y casi no comía por escuchar sus historias de aventuras marítimas.

 

En Matanzas permanecieron dos días, más adelante se haría el último recorrido del viaje. Descendió Víctor de la embarcación por vez primera desde su partida. El sol decaía en las últimas horas de la tarde y un naranja rojizo se esparcía por todo el firmamento, los pelicanos sobrevolaban la costa. Un par de morenas se le acercaron y le condujeron por callejones, sin rumbo fijo. A punto de verse perdido se deshizo de ellas y quiso volver inmediatamente, atravesó un sector trajinado oscuro y no sin pasar por incomodidades y tropiezos a través del suelo encharcado.

 

La noche siguiente fue torturado por un dolor de cabeza a la hora en que se encontraba prácticamente solo en el navío, pues muchos de sus tripulantes fueron a visitar el castillo de San Severino. El malestar se lo explicó pensando en los cambios de clima, los aires marítimos y algún mal de selva, los sofocos de la noche anterior por ejemplo, en medio de esa calle infestada de tabaco, nativos, tambores y ese licor que llaman ron. No tardó mucho en que una dolencia de espalda le hiciese caer definitivamente en un agudo malestar. Cuando el cocinero entró en el alojamiento y lo vio, Víctor tenía medio cuerpo fuera del camastro y vomitaba líquidos oscuros.

 

En este lamentable estado y quejándose estuvo todo el trayecto por vía terrestre hasta que llegaron a La Habana. Allí fue socorrido en un hospital de Betlemitas, al día siguiente se le vio cierta mejoría, las fiebres cesaron y pareció volver a un estado normal. Fue tratado con protomedicato en tanto volvieron algunas convulsiones por la madrugada. Su caso fue expuesto al doctor Young J. C. un predecesor del doctor cubano Finlay, gracias a la intervención del capitán Misson quién había previamente comentado la grave situación que pasaba un miembro de su tripulación al señor barón de Larsonniere, quién a su vez se encontraba de paso por la ciudad y buscaba un trasporte que se dirigiera a Normandía. El barón gentilmente intercedió por la suerte del paciente y negociando su regreso a Francia.

 

Cuando Young fue a inspeccionarlo, el médico lo encontró escupiendo restos de sangre,  enfermo como estaba Víctor no daba ninguna muestra de mejora y un síntoma evidente era la ictericia, degeneración de la grasa del hígado que destruía las células hepáticas, lo que producía esa acumulación de pigmentos biliares en la piel. No había caso, el paciente estaba destinado a morir, las posibilidades de un caso donde se de una recuperación espontánea eran improbables.

 

En varias ocasiones Víctor se vio rodeado por todo tipo de personas, los aseadores del hospital, médicos, enfermeros, religiosos y hasta santeros yorubas. Sentía temor de abrir sus ojos, las paredes blancas se estiraban hasta dar con unas manchas escurridas que eran óxido por la humedad. El techo liso, la cama con los barandales carcomidos y las sábanas blancas con manchas de sangre, le parecían más funesta escena que pudiera tener un moribundo. ¿cómo era posible que él… ? ¡siendo tan joven! ¡jamás volvería a Pont- l"Evêque!. Sus despreocupados padres pasarían el episodio como un trágico día más. Entonces fue cuando recordó a Felicitè ¿Sería acaso ella quien realmente sufriera su muerte? El desdichado también ignoraba que iba a ser una doble desgracia para su tía. Quizá ella nunca le confiaría que Virgine la púber hija de su señora compartía con él, unidos por el lazo de su humilde corazón, la misma importancia y que así mismo sus destinos debían ser trágicamente iguales.

 

Le pareció que pasó una eternidad de sufrimiento, luego los rumores cesaron y creyó estar solo en su lecho de muerte. Abrió sus ojos, el entorno no había cambiado mucho, excepto algunos frascos de medicinas en la mesa y además habían traído un cajón lleno de archivos y más medicamentos.

 

Cuando creyó que iba a desmayar, escuchaba a lo lejos un tambor con ritmo casi monótono y algunas voces, mujeres y hombres cantando, se imaginaba aquellos esclavos fumando tabaco y tomando ron a luz de una fogata y algún anciano Lucumi azotando con sus palmas los cueros de chivo. Fue cuando apareció una pequeña luz rosácea, por aquel orificio que hicieron en la pared con el fin de que entrara luz o aire y por donde los sonidos que hace poco escuchaba dejaron de entrar. Se hizo un silencio que al principio le pareció escalofriante, la luz se desplegó frente a la cama y un aroma cálido le regocijó dejando olvidada el primer malestar.

 

Luego tres figuras vinieron a formarse en frente suyo, quiso santiguarse, pero fuerzas ya no tenía para eso. Enseguida pensó en la santísima trinidad y ya el dolor desaparecía, quería ir con el espíritu santo al cielo, pero enfáticamente con él. Sin embargo no todo  fue como sospechó que sucediera al momento de venir la muerte. Se sentía agradecido de que el misericordioso mismo viniera a calmar sus penas. Ya no volvió a pensar en ningún momento si moriría o si se haría un milagro y la enfermedad abandonaría su cuerpo dejó la mente en blanco y fue tomado por sorpresa, porque cuando el cuerpo luminoso se acercó, le pareció que era sólo un recuerdo, es más, que no era el santo varón, sino que por el contrario era una figura femenina.

 

Entendió, sin saber por qué, que quién venía a su encuentro primeramente era la hija, que como en el caso bíblico, era la mártir. Detrás de ella estaba la madre, siempre con ese carácter indiferente y algo autoritario, al igual que sucede con el padre Iahvé y por último estaba el alma santa e impecable de una mujer. Le miraba y le sonreía, sus ojos expresaban esa dulzura y ese amor que sólo ella podía sentir, su sonrisa no decía más que toda su inocencia. Entonces él también sonrió, pues poco  fue el tiempo que compartieron juntos, pero bastante el cariño que se produjo y hasta ahora podía comprenderlo. No demasiado tarde, por mucho que la muerte pareciera horrorosa, allí estaba ella para consolarle, nuevamente fue una sola. ¿Era la santísima trinidad? !Entonces! ¿Por qué cuando se acercaba sus ojos tomaban esa expresión insensible casi tierna? Y, ¿qué era todos esos colores que rodeaban su cuerpo? ¿Qué era ese olor a selva? también tenía alas, pero estas eran diferentes a cualquiera que hubiera imaginado.

 

Cuando los médicos regresaron lo encontraron teniendo una serie de contracciones. Su cuerpo se estremecía y nuevamente regurgitaba sangre. Probaron con todos los calmantes posibles, pero definitivamente era inevitable contener la fiebre. Luego se agitó tanto  que echó  por el piso todos los frascos de medicamento, los médicos corrieron a sujetar sus extremidades, la lucha fue angustiante y la agonía parecía prolongarse por tiempo fuera de lo normal. Alguno de los ayudantes creyó perder el ánimo y desmayar pues todo el día lidiaban con los pacientes terminales. Esas batas blancas que hacía juego con la pared y las sábanas, opacaban el color amarillento de Víctor que desvariaba con el resto de las cosas. En el momento menos esperado todo ceso, se secaron la frente y  fue cuando el jefe dijo: !Bueno! ¡Uno más!

 

El capitán volvió en horas de la tarde a preguntar por el paciente, pero fue asaltado por una muchedumbre que exigía volver de inmediato a Normandía, pues se creía aún que la fiebre amarilla podía ser una epidemia y ya tenían en el barco su primera victima, aun cuando algunos nativos, precisamente des los que menos se fiaba la gente extranjera, aseguraban que era el mosquito Aedes, que no había riesgo de contagio, los del barco hicieron caso omiso a sus palabras.  Y querían dejar la isla para regresar.

 

El jefe salió a recibirle entre la multitud y describió con algunos detalles de sobra, el proceso de la muerte de Víctor. Ahora no sólo el grupo de personas sino el mismo capitán se sintió alertado y pensando de ningún modo ser !uno más!, volvió de inmediato para partir tan pronto como fuera posible.

 

De todos los pasajeros cuando se hizo el recuento faltaba, obviamente el fenecido y otra persona.  La tripulación y pasajeros se refugiaron en sus cuartos, cerraron las ventanas, encendieron sahumerios y guardándose de un caer en el pánico, pues el aire tibio, los hedores del puerto, los esclavos gritando palabras con ese acento malsano y fumando tabaco, no les daba la mayor esperanza.

 

Por fin al declinar la tarde regresó el pasajero restante. Se sorprendieron todos de ver al cónsul, barón Larsonniere. Traía un semblante meditabundo y a los reclamos se disculpó  retraído. Enseguida su mujer e hijas fueron al encuentro, su esposa la primera en hablar:

- ¿Donde has estado...? ¡y con ésta epidemia!

- ¡No hay epidemia alguna señora mía!... Un pobre hombre hoy ha muerto y eso es todo.

-  Y ¿aquello que traes contigo?

- Muy bien - se dirigió el cónsul a los presentes - Observé la muchedumbre frente al hospital. Había pensado en alcanzar al capitán para averiguar por la suerte del enfermo y saber si devolviéndolo a su patria pudiera haber alguna esperanza para él. Cuando vi el gentío preferí evitarlos. Posteriormente, cuando todos volvieron apresurados al puerto, decidí entrar y ver al enfermo.

- Y ¿acaso permanecía el cadáver en la habitación?- volvió a interrumpir la mujer.

- Había un alboroto en todo el hospital, si te fijas el jefe ha venido conmigo y se halla indagando al capitán, pues el muerto ha desaparecido. No tuve ánimos para preguntar de quién se trataba, ahora no tendría sentido, lo único que encontré en aquel lúgubre lugar fue este papagayo posado en la cama del que murió.

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