En su evangelio el apóstol Juan nos muestra que los seres humanos rechazaron y desestimaron el Señor Jesús desde el principio. ¡Qué duro debió ser para nuestro Salvador vivir 33 años como hombre en la tierra y sentir siempre ese desprecio! ¡Qué dolor para el corazón del Salvador, quien siempre manifestaba amor y bondad, cosechar sólo odio y rechazo!

Cuando nació en Belén, María lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, “porque no había lugar para ellos en el mesón”.

Poco después José tuvo que huir a Egipto con el niño y su madre, porque Herodes buscaría “al niño para matarle”.

En la sinagoga de Nazaret, al principio de su ministerio, Jesús hablaba con palabras de gracia. Sin embargo, sus conciudadanos se enojaron con él, y llenos de ira “le echaron fuera de la ciudad” (Lucas 4:29).

Este rechazo también se expresa en las parábolas de las diez minas y de los labradores malvados: “Sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros” (Lucas 19:14). “Mas los labradores, al verle, discutían entre sí, diciendo: Este es el heredero; venid, matémosle, para que la heredad sea nuestra. Y le echaron fuera de la viña, y le mataron” (Lucas 20:14-15). Como colmo de su rechazo “le llevaron para crucificarle”… y “le crucificaron” (Mateo 27:31; Juan 19:18).

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