Según recientes descubrimientos de un grupo de científicos ingleses, esos cristos robustos o desgarbados, triunfantes o sufrientes, salidos de las manos de hábiles artistas y entronizados por la iglesia durante siglos, poco o nada se parecen al Nazareno que predicó por el desierto. ¿Cuál es el verdadero rostro del Hijo de Dios? La ciencia está lejos de saberlo, pero posiblemente no sea como nos lo pintan. Jesús debe haber tenido un rostro difícil de olvidar. No se conoce todos los días al Hijo de Dios, a la imagen humana de un Todopoderoso al que los judíos ni siquiera podían nombrar, so riesgo de morir abatidos por su ira.

Sin embargo, y por más increíble que parezca, en los Santos Evangelios no figura un solo dato sobre su contextura, peso, tamaño, longitud de cabello, color de piel o forma de nariz. Dios se hizo hombre, se encarnó y bajó a la tierra para salvar a los mortales, y los "cronistas" encargados de difundir ese hecho por todo el mundo no se tomaron el trabajo de delinearnos sus facciones. Mateo y Juan fueron sus discípulos, lo acompañaron en sus peregrinaciones y estuvieron con Él hasta el día de su muerte. Lo conocieron tan de cerca que nos han legado no sólo su mensaje, sino rasgos fundamentales de su temperamento humano y de su grandeza divina.

Lucas y Marcos, por su parte, no tuvieron el privilegio de conocerlo, pero toda la información que sobre Jesús transmiten sus evangelios, la obtuvieron de primera mano, de apóstoles como Pablo, Pedro o la misma Virgen María. ¿A qué se debe entonces esa orfandad de descripciones físicas? Si partimos del principio de que los textos bíblicos son la verdad revelada por Dios a los hombres, podríamos pensar que no fue Su voluntad que quedaran vestigios sobre la fisonomía de su unigénito. Al fin y al cabo, hasta antes de la llegada del Mesías, la ley judía prohibía terminantemente que se hicieran representaciones o imágenes de Dios.

Sin embargo, el misterio de la encarnación fue tomado desde le principio del cristianismo como el deseo de Dios de darse a conocer ante su pueblo. Por eso los primeros cristianos, siguiendo la antiquísima tradición de decorar las sepulturas, ya representaban la figura de Jesús en catacumbas romanas, e incluso, la leyenda atribuye al mismísimo Juan, la primera pintura que se hiciera de la Virgen y el Niño.

Los más probable es que los autores de los evangelios privilegiaran el mensaje de Jesús y dejaran de lado su aspecto físico, porque no había nada espectacular en su fisonomía o contextura. Es decir, el Hijo de Dios que maravillaba a sus contemporáneos con sus palabras y milagros ampliamente documentados, debió ser un judío típico de su época, del que no era necesario dar mayores detalles porque se parecía a todos.

Una imagen virtual

Esta ha sido la premisa seguida por un grupo de investigadores ingleses abocados a encontrar el verdadero rostro del Señor. A partir del descubrimiento de un cráneo del siglo I en Jerusalén, el forense Richard Neave, de la Universidad de Manchester, se valió de diversas técnicas reconstructivas para develar el rostro del auténtico judío que vivió en la misma zona y época de Jesús. El resultado ah desconcertado a muchos, ya que según el nuevo identikit, el Mesías luce como miles de jóvenes que deambulan hoy en día por las calles de Jerusalén: nariz y pómulos prominentes, piel olivácea, cabello rizado, y una mirada más bien ruda.

Definitivamente se trata sólo de otra versión del rostro más famoso del mundo, sin embargo, sin embargo su veracidad científica puede echar por tierra las idílicas imágenes del Cristo alto, de ojos claros, con largas barbas, de piel blanca, a las que tan acostumbrados nos tiene la historia del arte, y ha servido también para que especialistas y simples creyentes vuelvan a preguntarse ¿cómo lucía realmente el Hijo de Dios?

Los rostros

Para los innumerables artistas que han intentado captarlo en un lienzo o tallarlo en piedra, Jesús no tiene un rostro único. Los primitivos cristianos, que se basaron en las figuras y temas del arte clásico, lo muestran como un simple pastor, joven, lampiño; muy parecido a los dioses del mundo grecorromano. Probablemente buscaban con esto camuflar los símbolos de una religión perseguida o simplemente se valían de laúnica tradición que conocían para retratar dioses. Con el paso del tiempo, una vez reconocido el cristianismo (IV d.C.), la pintura sacra adquiere un importante papel evangelizador, y a los espontáneos frescos de fieles artesanos, les suceden elaboradas obras encargadas por la Iglesia, que no escatimó en dictar reglas muy severas sobre la representación de Cristo: La composición de las imágenes religiosas no se deja a la inspiración de los artistas: ella revela los principios expresados por la Iglesia y la tradición cristiana... solamente el arte pertenece al pintor, el ordenamiento y la composición pertenecen a los Padres (Concilio de Nicea, 787 d.C.).

Pero "el arte" de pintores y escultores definitivamente logró imponerse y, a lo largo de casi dos mil años, reinterpretaron la tradición, e incluso las reliquias que como el discutido manto de Turín, parecían sellar la discusión sobre cómo debía ser el cuerpo y el rostro de Cristo. Así, Jes´su es atlético en Rubens, intensamente dramático en Tintoretto, cetrino pero agraciado en Zurbarán, desgarbado en El Greco o surrealista en Dalí. Algunos fueron más atrevidos como el germano Durero que no encontró menor rostro que el suyo propio, y pintó a Jesús a imagen y semejanza del hombre. Para muchos sonará a herejía, pero es lo que precisamente han venido haciendo los artistas de todos los tiempos. A falta de referentes bíblicos y por culpa del hermetismo en los evangelios se han visto obligados a escarbar en las tradiciones, leyendas, y en sus propias convicciones para develarle al mundo el verdadero semblante de Dios.

El resultado, sin embargo, constituye un milagro casi tan sobrecogedor como la misma encarnación: miles de figuras de Cristo representan un inventario valiosísimo de lo que puede hacer la mano del hombre cuando se siente guiada por la gracia divina.

 

 

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