S.M. Don Juan Carlos de Borbón ha saltado al ruedo valiéndose del camino que le abre la Carta Magna en el Título II, en su artículo 56 donde dice que el Rey arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones. Mal debe haber visto a éstas para haberse arremangado, cogido la caja de herramientas y puesto a la faena de repararlas. Pero competencia suya no es; en el artículo 62 se reflejan todas las que tiene, y ésta de dar  una colleja a los políticos para que espabilen no aparece por ningún lado. Aunque si queremos ser puristas, el artículo 63 dice que al Rey corresponde, previa autorización de las Cortes, declarar la guerra y hacer la paz. Guerra sí que tenemos, y dura, la más dura, la guerra por la supervivencia. La peleamos en casa todos los días y, ciertamente, nos tiene extenuados. Pero no he oído a las Cortes autorizarle a este menester. Entonces, ¿qué ha motivado la intervención del soberano? Si interpretamos el artículo 64, donde dice que los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno, podríamos considerar que Zapatero ha dirigido sus súplicas a D. Juan Carlos, que le ha pedido ayuda para salir del hoyo. Hasta el punto de que nuestro monarca ha agarrado la maleta y, como quien no quiere la cosa, se ha plantado delante de Obama a ver si saca algo para el país (por cierto, eso de las relaciones internacionales sí competen a la figura real). No sería de extrañar que la petición del Presidente del Gobierno haya sido el condicionante de la irrupción del Rey en el devenir político actual. Porque motivos, se escuchan de todo tipo; hay conspiranoicos que comentan no sé qué de cierto ruido de sables, otros hablan de recortes en las asignaciones, y otros, más divertidos, argumentan que viendo lo que acontece en Grecia, no vaya a ocurrir que la Casa Real tenga que empeñar hasta las coronas.

Sea por lo que sea, justificado o no, lo cierto es que por lo menos ha removido el barro y metido a los responsables dentro. Uno puede ser monárquico o republicano, pero hay que reconocer una cosa. Atrae más un rey de bastos que dé un golpe en la mesa, o un rey de espadas que pinche donde duela, que un rey de copas en Mallorca o un rey de oros forrado hasta las cejas.

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