Uno de los momentos de mayor hondura dramática en la película “La lista de Schindler” ocurre cuando Oskar Schindler se da cuenta que salvó a muchos judíos condenados a morir en las cámaras de gas del nazismo, pero, sin embargo, no salvó a todos los que podría haber salvado.

El remordimiento es uno de los terribles aguijones que pueden horadar el alma de una persona. Ignoro las diferencias entre el remordimiento y la culpa y no me interesa ahora rastrear o teorizar sobre las mismas. Me basta concluir que el remordimiento es culpa en estado puro.

Hace apenas unos días me tocó vivir por primera vez la profunda tristeza que embarga el alma de quien ha perdido una mascota con quien había establecido un vínculo de cariño. Quisiera decirlo sin eufemismos: mi vínculo con mi perra fallecida era de PURO AMOR.

Mi perrita murió después de un mes de padecimiento y complicaciones en su salud. Durante ese período hubo marchas y contramarchas en sus tratamientos derivadas de las consultas e interconsultas de los profesionales veterinarios que la asistieron.

Cómo suele suceder cuándo uno se involucra activamente en el proceso diagnóstico-terapéutico, dando y pidiendo información, aceptando las prescripciones, sugiriendo caminos posibles, etc.; de pronto uno no puede dejar de sentirse co-responsable de las acciones y/u omisiones llevadas a cabo.

Y cuando el desenlace no es bueno, junto a la tristeza lógica ante lo irreparable, puede emerger entonces con toda su fuerza el aguijoneo implacable de los podría haber sido.

“Porque si en lugar de hacer A, hubiera hecho B, entonces, quizás (….)”; “¿Por qué acepté hacer o no hacer tal o cuál cosa?”; “¿Por qué no me puse más firme e insistí en que se haga esto o aquello?”. Así, ad infinitum.

Emparentada con el remordimiento más puro está la lógica de pensar las posibilidades que no fueron. Extraña es la mente humana que parece necesitar el sostenimiento de una quimera como si su plausibilidad permitiera mágicamente revertir lo irreparable. Pero, más extraño aún es que el éxito de descubrir ese atajo imaginario que hubiera revertido el fin trágico de las cosas, puede esconder la paradoja de magnificar ese aspecto trágico. En efecto, si podría haber hecho lo que no hice para que no sucediera lo malo que sucedió, entonces lo único que se ha ganado es sumar el dolor del remordimiento al de la pérdida.

Me niego a los simplismos psicoanalíticos que señalarían la existencia de un oscuro goce en retorcernos ante lo irreparable.

Tampoco trato de desconocer el sano precepto de poder reconocer qué uno hizo todo lo que pudo y entonces lo más positivo es dejar el alma en paz y transmutar el dolor de la pérdida en los gratos recuerdos vividos con el ser que hemos pedido. Por supuesto, sería hasta insensato negarse a mirar para adelante en aras de sumergirse en un autoflagelación inutil.

Sin embargo, nada de lo anterior quita el valor de verdad de que en esa ardua procesión interior que denominamos duelo, nos damos cuenta de las insuficiencias de nuestro amor.

Como dije en algún otro texto “El amor nunca puede terminar de decirse”. Y agregaría aquí que tampoco puede terminar de realizarse en toda su potencialidad.

Creo que una de las grandes expresiones de nuestra insuficiencia radica en tomar plena conciencia de nuestra precariedad como sujetos amantes.

De modo que, desde esta metafísica existencial, tal vez el remordimiento no sea un goce oscuro e inútil del alma, sino la inevitable contrapartida de ese sentimiento profundo de amor que no podemos alcanzar a transmutar en un bien para el ser amado.

Quizás sea esa entonces la culpa original del enamorado: el reconocimiento pleno de su inmensa fragilidad para preservar a lo amado.

Como con la angustia existencial, como con nuestra certera finitud, quizás deberíamos aprender a convivir con la insuficiencia de nuestro amor.

Tal vez de eso trataba el súbito remordimiento de Oskar Schindler.

Y quizás por eso nos conmueve intuir la inmensidad de ese momento de desdicha.

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