Un pequeño de unos cuatro años de edad fue afectado repentinamente por la poliomielitis (parálisis infantil). Hasta entonces su vida había estado llena de felicidad… Solía lanzar gritos de gozo, saltar, jugar, y su pequeño corazón desbordaba de alegría. De repente, la enfermedad cayó y afectó a toda la familia. Ahora el pequeño yace paralizado en su cama, a veces con dolores muy fuertes. Cierta mañana, cuando su madre entró en la habitación, él exclamó, radiante:

– ¡Oh, qué bien que hayas venido, mamá! Justamente estaba calculando cuántas veces debemos dar las gracias al amado Salvador, pero mis dedos no alcanzan para contar todo lo que le debemos, también necesito los tuyos.

La madre miró amorosamente a su hijo. ¡Verdaderamente este niño era un don de Dios! Con su fuerte y alegre fe infantil, podía regocijarse por la bondad de Dios en la situación difícil en la que se encontraba. Ella se acercó a la cama y el pequeño empezó a contar:

1. Piensa, mamá, que dormí bien.

2. No tuve dolores.

3. Hoy es un lindo día.

4. El sol llega hasta mi cama.

5. Puedo mover mi brazo un poco más.

6. Puedo volver a agarrar a mi osito.

Así siguió hasta terminar de contar con sus deditos. Con ojos brillantes juntó sus manos y dio las gracias a Dios en una sencilla oración.

¡Cuánto más feliz y tranquilo sería nuestro corazón si nos ocupáramos en agradecer a Dios por las innumerables bondades con las que nos colma!

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