Erdosain entraba al otro dormitorio, zumbándole los oídos y con una niebla girante en las pupilas. Luego se recostaba en el lecho barnizado de color de hígado, encima de las mantas sucias por los botines, que protegían la colcha. Súbitamente sentía deseos de llorar, de preguntarle a esa horrible morcona qué cosa era el amor, el angélico amor que los coros celestiales cantaban al pie del trono de Dios vivo, pero la angustia le taponaba la laringe mientras que de repugnancia el estómago se le cerraba como un puño (…) Y entonces, asqueado de sí mismo, saltaba del lecho, le entregaba el dinero a la prostituta, y sin haberla usado huía hacia otro infierno (…)

Roberto Arlt, Los siete locos.

Aunque parezca un anacronismo, Juan escribía su diario personal.

La noche antes de partir resaltó estos fragmentos:

“Estaba cerca de cumplir los 40 cuando descubrí lo que se transformaría en mi única y secreta obsesión. O pasión”.

“Sí, una obsesión que no era sino el anverso de lo único que me sujetaba al presente. El único estado donde la daga de la muerte dejaba de acecharme. El único paraje del alma en que el pasado dejaba de torturarme con esa deuda imposible de saldar. Con ese eterno remordimiento”.

“El ritual comenzaba al caer la tarde. Con puntillosa meticulosidad observada las páginas de escorts. Y trazaba el itinerario, siempre distinto, siempre ritual. Entonces arrancaba ese desfile incesante hacia nuevos rostros, cuerpos y miradas”.

“Creo que me animaba el don de encontrar la oscura maravilla que hace única a cada mujer. Y ese don era, a la vez, mi condena”.

“Convengamos que, en terminología moderna, lo mío podría encuadrarse como una adicción al sexo. Convengamos también en que mi vida se había cubierto de sombras. Pero convengamos también en que esa vorágine de mujer en mujer era lo único que me interesaba realmente”.

“Sabía que estaba perdido. Pero ya no me importaba”.

“No me interesaban los cuerpos, sino ese destello único en que las almas de dos extraños se encuentran. Siempre había una ventana desde donde penetrar el misterio de la mujer más fría”.

“Yo jugaba al viejo juego del poeta triste que lo anima la utopía de redimir a una puta en nombre del amor. Pero sabía que estaba tan desangelado como cualquiera de esas almas extraviadas”.

“Esa ética de la cantidad era el rasgo más existencial de mi aventura. Ya había decidido que esos amores con putas eran lo único que valía la ilusión de llevarse algo de esta vida”.

“No se trataba de un burdo afán de coleccionista fallido. No era tan insensato como para creer que pueden coleccionarse mujeres. Me rebelaba esa idea simplista que homologa las “conquistas “de Don Juan a algo como un trofeo. Don Juan nunca podría haber sido tan mundanamente vacuo”.

“Yo sabía que la única colección posible tenía la sustancia del recuerdo. Esa era mi increíble autorrealización”.

“Puede parecer sorprendente. Pero es tan simple: nunca dejé de sentir algo parecido al amor en cada uno de esos ojos que me iluminaron”.

“Pensar en el pecado y la culpa es una tontería, pero no puedo dejar de hacerlo”.

“Ya no sé qué es el paraíso ni el infierno. Estoy acá, con estas brumas de las bocas que he besado, esas pieles de mujer eternamente multiplicadas en geografías hechas a la medida de mi angustia”.

“He tocado tanta belleza, que duele. Belleza femenina eterna y fugaz. Dolor y esperanza de un alivio que nunca llegó”.

La hija de Juan dejó una flor. Las hojas del diario se volaron al abrir la ventana. Era invierno y hacia frío.

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