puEntré al chapare acechando al mosquito asesino que me había fastidiado toda la noche. Apenas crucé el umbral lo vi. El muy turro estaba posado en el hombro de Clarisa, una correntina grandota y rubia que trabajaba desde hacía ya bastante tiempo en el burdel.

“El chapare” le decían a la parte más discreta del cabaret, donde los caballeros se retiraban con las señoritas para negociar un rato de distensión por algún buen precio. Así que fui acercándome a ella sigilosamente, un poco por no espantar al mosquito y otro poco por no molestar al cliente.

Cuando lo tuve a tiro, pude ver que el insecto estaba haciendo su trabajo: le estaba chupando la sangre a la moza que, en el fragor de la negociación, ni se había dado cuenta.

-¡Esta es la mía!- me dije. Y sin pensar más le revolee el castañazo. Para mi desgracia la chica se movió y mi mano fue a dar justo a la cara del cliente. El resto solo son diapositivas.

El cliente, de un trompazo, me hizo cruzar las cortinas y patinando fui a dar al medio del salón. Pero eso no le bastó porque pude ver como vino corriendo y saltó sobre mí. La banda paró de tocar y solo se escuchó un multitudinario “¡UH!”. Y ahí nomás se empezaron a volar las sillas, cócteles, botellas y corpiños. ¡Flor de quilombo el que se armó!.

Mientras huía del tumulto, de rodillas, pude ver como uno de los músicos se lanzaba del escenario blandiendo su guitarra como si fuera un garrote. El enorme jarrón de la puerta pasó volando sobre mi cabeza y fue a dar a los pies del negro Adolfo, el conserje, que se escapaba robando la foto de su amor imposible: Héctor Alterio, en calzones, corriendo señoritas y en cuya dedicatoria rezaba: “la pucha que vale la pena estar vivo”

- ¿Y a vos? ¿Qué te pasa? – Le dijo uno a un pibe que estaba apenas asomando al boliche, y lo metió de un trompadon al tumulto.

Otro tipo pasó cerca mío al grito de – ¡Hijo de un vagón cargado de trolas! – mientras tironeaba para desprender una dentadura postiza de entre sus nalgas.

Cuando por fin estaba llegando a la puerta me crucé con Manolo, el mozo que solo atinó a decirme – ¡Que pesado esta esto tío! ¡Yo me largo! – y gateando se apresuró para ganarme la puerta.

Cuando logré llegar a la vereda del local, miré mi camisa manchada de rojo, alcancé a distinguir los destellos rojo, azul y verde de las sirenas y de ahí en más… no recuerdo nada.

Esto es todo Oficial. No tengo más nada que agregar a mi declaración.

 

Nota: El Chapare es una región de entre los valles y los llanos orientales de Bolivia. En este texto no hay relación con dicha región, sino que la palabra misma suena parecido a "chapar" un termino que en argentina significa besarse. Desde este punto de bista, el Chapare, en este cabaret imaginario, sería un lugar reservado para la intimidad de las parejas.

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