No hace mucho, en su famoso desayuno con Obama, Zapatero definió España como un país acogedor, amable, que se enriquece con la inmigración, que trata bien a aquél que viene en busca de su bienestar. Un país tolerable, multirracial y multicultural, creado a base de un mestizaje continuo. Todo muy bonito. Pero, tristemente incierto. Es una mentira más.  Quizás esa sea la imagen que se quiere ofrecer de cara al exterior, pero es falsa hoy en día, y creo que nunca fue real.

El español siempre ha mirado con recelo todo aquello que viniera del exterior, ajeno a nuestra tierra. Moro, guiri, sudaca, negro, son calificativos despectivos que se aprenden a la vez que el topónimo propio. Pretender engañarnos a nosotros mismos y decir que el español no convive con un sentimiento xenófobo es un absurdo; la educación, la cultura, la formación, el sentido común y la razón nos hacen controlar, combatir y vencer a este mal deseo, formándonos como verdaderos seres humanos. Pero algo empieza a cambiar en el moderado y a excitarse en el extremista. Hay un caldo peligroso, muy condimentado con odios y rencores, con una violencia  latente que puede estallar en cualquier instante. Por culpa de errores políticos, a causa de decisiones populistas e ilógicas, en el español se ha instalado un rechazo hacia el extranjero que comienza a radicalizarse; se le culpa al de fuera de los males, sin darse cuenta de que el dedo acusador debería dirigirse al torpe legislador.

Se está engendrando una nueva clase social racista, xenófoba, al amparo de la inutilidad de un gobierno inepto y carente de espíritu previsor. Son nuevos elementos, agresivos y selectivos que por el momento no tienen un líder que les guíe. El peligro está en que cuando encuentren a quién seguir será muy difícil controlar sus impulsos y moderar sus actos. La cosa se puede poner muy fea.

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