"El mal gusto es creativo"

Salvador Dalí

 

Toda innovación implica una transgresión. Y es que la innovación es a la vez un descubrimiento y una proyección: un descubrimiento porque se encuentra una fórmula fresca y lozana en un sistema que parecía ya agotado y explorado en demasía; y una proyección porque se exterioriza y expone con el sencillo fin de crear el efecto de renovación del sistema en su conjunto (por eso transgrede la realidad dominante). Es esta la constante dinámica bajo la cual la humanidad se rige: una historia que se debate entre la observancia y la transgresión de lo establecido.

La acción que innova -la acción transgresora- tiene sus particularidades. Conocer a fondo la regla que se viola pareciera ser una atenuante al juicio histórico que después se haga, pues es ésta la sutil diferencia entre la vulgar impulsividad permisiva que viola y quebranta normas y la valerosa e ingeniosa prudencia que cuestiona estándares dogmáticos. Basta recordar a uno de los más grandes transgresores de los cánones estéticos tradicionales -Salvador Dalí, quien tuvo un período en el que respetaba, honraba y obedecía el status quo.

Efectivamente, la normalidad que acarrea el paso del tiempo y la familiarización con la que la innovación se incorpora a la sociedad pareciera presumir que el futuro exculpa lo que el pasado sanciona. Basta recordar las críticas que el surrealismo suscitaba en su época y las alabanzas que goza hoy en día. Sin embargo, la historia no siempre reivindica y absuelve a los movimientos de originalidad, creatividad e innovación que son tachados de groseros e irreverentes en el momento de su aparición. Sin lugar a dudas: actitudes dignas de una comunidad menonita o amish.

Desde la traducción de la Biblia a la aparición de la minifalda, desde la invención de la imprenta a la eclosión del rock; el hombre maduro siempre sucumbe a esa tentación de romper esquemas: a ese tentación icónica de la juventud. Y sucumbe a ellos, siempre y cuando no conlleven grosería, pues es la zafiedad, la tosquedad y la bastedad lo que no perdura. Es precisamente la grosería -entendida como la falta de respeto- la que jamás podrá traducirse en belleza. Es precisamente la grosería, el límite a esa irreverencia que dota de dinámica a las artes y a las ciencias.

Así pues, el criterio para determinar si una irreverencia es grosera se rige más por principios exógenos y endógenos, que por meras pautas objetivas y subjetivas. Exógeno pues la grosería se presenta cuando la situación externa a la persona que la provoca no incita necesariamente a una manifestación soez. Por otro lado, el principio para determinar si una actitud creativa es grosera es también endógeno pues la grosería se presenta cuando existe un deseo latente (y consciente) en la persona de agraviar o denigrar a algo o a alguien. Es decir, el carácter grosero de una acción se concentra más en la intención del individuo que la perpetra y la circunstancia que lo circunda ... que en cómo el sujeto "agraviado" la percibe. Para ser más claro: algo es grosero no porque el ofendido así lo manifieste, sino porque el ofensor así lo quiera. La diferencia es, en efecto, muy tenue.

Los últimos cien años están llenos de esos atrevimientos, muchas veces irreflexivos. La blasfemia patente en fotografías de David Lachapelle, la grotesca y vomitiva burla de las películas de John Waters, la música desvergonzada de Marilyn Manson, las licenciosas y lascivas películas porno de Clara Morgane, la ininteligible pintura de Kazimir Malevich, la moda extravagante propuesta por Adriana Bertini, los hipnóticos arreglos musicales de Louis Andriessen y en general la arremetida cultural entera de todos los movimientos indie y underground en los cinco continentes son apenas un minúsculo ejemplo de una obsesión presente hoy en día por hacer de lo sacrílego, lo descortés, lo rebelde y lo irreverente: una regla. Sin duda, será la historia la que los exima o censure de esa desvergüenza con la que crean y con la que se comportan.

La cultura social es también testigo de esta indiferencia al delito y al pecado. La persona delincuente y pecadora está hoy rodeada de una atracción y una sensualidad sin precedentes. El límite de estos epicúreos seres no es otro que el fin de su propio placer, sin importar las consecuencias. Su irreverencia frente a los demás no es más que la reafirmación de su identidad: ellos son los omnicomprensivos superhombres que están más allá del bien y del mal. Son ellos los que empujan a la sociedad a frescos y nuevos horizontes. Son ellos los revolucionarios. Son ellos los activistas que luchan y saben que no hay mayor pusilanimidad que creer que mas vale algo malo que es conocido que algo bueno que está por conocerse. Me refiero a los defensores de la eutanasia, del aborto, del matrimonio de homosexuales, de los derechos de la mujer y de las minorías, de las causas ecologistas, de la justa repartición de la riqueza y la defensa de los pobres, etc. Son ellos quienes mueven al mundo para adelante. Son ellos quienes permanecen despreocupados de los límites de su irreverencia.

El espíritu progresista con inventiva e imaginación es pues, el motor mismo de una sociedad abierta, libre de ese ánimo reaccionario de quienes se aferran -por falta de seguridad- a lo que consideran inmutable, estático y pétreo. Son los políticos conservadores y los tradicionalistas religiosos quienes se alzan en defensores de conceptos inmutables, en intercesores y abogados de realidades impávidas. Son ellos los enemigos de la evolución y el progreso: esos que se ofenden y escandalizan al ver algo que no tiene cabida en sus prejuiciosos esquemas. Fanáticos fariseos que ven irreverencias por doquier y califican de grosero y de mal gusto cualquier innovación. No son más que hipócritas que entorpecen la justa dialéctica entre el sensato cumplimiento y la intrépida vulneración del establishment. Son esos reaccionarios los enemigos del cambio y paradójicamente, los provocadores de revoluciones. Son esa clase de personas las que ven límites donde quiera y terminan siendo guiñoles de las reglas que acatan, y no hombres auténticos y espontáneos.

Los límites a esa irreverencia son pues los condicionamientos a los que está impuesto cada persona -por su circunstancia social, económica y cultural. El límite es la grosería misma, determinada por la intención de quien actúa y el entorno que lo rodea. Sin embargo, los hombres genuinos y probados no tienen miedo a esos límites y no están subordinados a dogmas o a la opinión de terceros: esos artistas permanecen serenos al juicio que de ellos haga el tiempo. Son estos hombres reales y verdaderos los que consideran más valiosas sus aportaciones al mundo que la imágen que el mundo tenga de ellos. En cambio, son los apocados y los cobardes los que permanecen inmóviles gozando del confort de lo establecido, de sus aprensiones culturales y justificando dogmáticamente cada uno de sus pensamientos y sus acciones. En esta disyuntiva de dependencia a los limites del buen comportamiento y de soltura por ser tal cual uno es, se debate el actuar de cada persona en sociedad. En esta disyuntiva se porfía la libertad de cada hombre sobre la Tierra.

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