Son las 300 p.m del día miercoles dos de febrero. Estoy frente a la casa de placa 72-51. El conjunto de viviendas tiene armoniosamente distribuidos los espacios comunes y de estacionamiento. Algunas plantas ornamentales dan el toque ecológico al habitat residencial. De la portería hasta la puerta de la casa hay que recorrer unos cien metros a pie. La puerta se abre mostrando la hermosa sonrisa de Natassia. Sus cabellos lisos y largos de color castaño caen libremente sobre sus hombros. Su cuerpo posee la gracia sutil de una danzante ceremonial.

¡Hola es lindo verte de nuevo! dice ella. Mientras yo le respondo con un abrazo tierno. Nos conocemos hace 46 años. Nació el mismo día, el mismo año, en el mismo hospital de Moniquirá. Escasamente es mayor por media hora. Se adelantó a mi llegada y tuve que esperar en el vientre, mientras la única enfermera de turno atendía en el parto a Doña Francy su madre. Compartimos los juegos de infancia y turnabamos para pasar de una a otra casa que se hallaban separadas por la misma pared.

Nos sentamos en su sala amplia de color caoba: un sofá en L con cuero acolchado mira hacia ventanales grandes que mantienen brillante e  iluminado todo el acabado. El piso tableta de madera sapan lacado; una mesa de centro cuadrada hecha en madera con unos cuarenta centímetros de altura y sobre cuya superficie en individuales reposan los dos vasos de agua que estamos bebiendo, mientras un cenicero ornamental de madera jamás usado, espera recibir su primer picadura de tabaco. Al lado izquierdo la chimenea con sus leños puestos a la espera de ser encendida. Un comedor en madera de estilo moderno con seis puestos. Todo medidamente ubicado y combinado con delicadeza al entorno.    

Estoy atendiendo cuatro pacientes diarios remitidos por la Red Psicoemocional, comentó aquella vez Natassia. Se graduó el mismo día y año de la facultad de Psicología. Se especializó en Analítica profunda Junguiana, un tema que nos apasionaba a los dos. Pasabamos tardes enteras conversando y jugando a crear personajes imaginarios sobre bases de arquetipos de personalidad y ubicándoles en situaciones diversas para perfilar sus comportamientos. Esto era un buen ejercicio para la practica como terapeutas, ayudaba a contemplar posibilidades creativas en la intervenciones reales.

Esa fué la última tarde compartida el 30 de abril en la mañana un súbito dolor en el cuello y a las 8:00 a.m. había dejado su cuerpo. El diagnóstico forense un accidente cerebro vascular embólico, se le taponó una artería y no le llegó oportunamente  oxígeno.  Pensé que como coincidimos tantas veces en la vida, nuestro destino sería el mismo. Esa mañana, se quebraron nuestros lazos siamésicos. De su legado me dejó: el gusto por la buena vida, las tardes de chimenea  y un lado al pie de la montaña donde nos acostábamos boca arriba por largo rato, en ese prado verde con olor a tierra donde se miran las estrellas de noche y las figuras que creaban las nubes en días soleados. ¡Ah! y otra cosa más su fantasma con risa dulce, con cuerpo danzante y sus cabellos lisos, camina en círculo todos los sábados en la tarde por la sala caoba, hablando de los arquetipos de los que no tienen cuerpo mientras yo le observo y juego a imaginar como diversos romances entre fantasmas y seres vivos. Reímos como siempre.

 

 

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