El Lecho de Apolo

En el nuevo Colegio al que ingresé, por fortuna, la rigidez y la disciplina opresora a la que había estado infamemente sometido en la infancia, eran allí totalmente desconocidas, pero no por ser parte de un programa especial de avanzada, o un ilustre e inteligente plan pedagógico, sino simplemente por ineptitud o negligencia de su Director.

En general el Rector, Gerente, Propietario, todo esto a la vez, aparte de ser un dandi engreído y narcisista, rebosante y ahíto de soberbia y frivolidad ofensiva con su cuadro directivo de miopes profesores algunos, otros de último momento, conformaban una enigmática constelación y ejemplo de amalgama social, o esquema circense, creyendo ser, supongo, educadores de vanguardia, pero la verdad no pasaban apenas de maestrillos escolares, porque respetables profetas de la ciencia o eruditos maestros en el arte y seriedad que requiere la enseñanza no conocí, como me hubiera gustado sinceramente haber sido guiado en mi formación por hombres realmente sabios.

Disciplina propiamente no existía, existía una autoridad encarnada en el Rector, autócrata elitista y ególatra, con su escándalo trágico familiar como telón de fondo que lo acompañaba y servía para tejer historias especulativas, conjeturas mordaces sobre sus dudosas inclinaciones, sórdidos y lascivos gustos o preferencias sexuales que con el tiempo se evidenciaron en bochornosa desvergüenza, los que hoy, por lo corrientes, nos tienen tan acostumbrados los noticieros sobre curas y prelados pedófilos que a diario los protagonizan. Escándalo impropio de describir por lo repugnante y pervertido, pero suficiente para haber terminado de forma radical y fulminante con la prestigiosa carrera pedagógica del educador misógino. Quien espantado huyó abandonándolo todo, antes de someterse a las elementales y rabiosas demandas y el escarnio público que se le avecinaba. Convirtiéndose en un digno exponente virtual de ser recluido en la correccional Eclesiástica de los Siervos de Paracleto.

Nunca más a parte de algún fiel acompañante, se tuvo noticia sobre su paradero, escondido, camuflado, viviendo como un fugitivo del tercer Reich, corrieron rumores y diversas versiones sobre su obligado exilio. Que fugazmente lo habían visto como sepulturero en el cementerio de la amazónica ciudad de Manaos o como diligente colaborador en una guardería infantil de Puerto Príncipe en la isla de Haití, la tierra de Papá Doc, o quizás era el maletero de una decadente comparsa de payasos y titiriteros de Fontibón. En fin, oficios y actividades humildes, hasta grotescas, que contrastaban tristemente y en forma particular con aquella figura a la que estábamos acostumbrados, un individuo de comportamiento frívolo con sed de arrogancia, orgullo y reconocimiento social tan inconfundible en aquel rector. Seguro padeció su propio e inconfesable infierno, hasta el final de sus días.

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