Aquella temprana mañana había comenzado lluviosa. El sonido de cada torrente de gotas se oía mucho antes de salir el sol, por lo cual, opté por tratar de prolongar mi descanso y me estiré en la cama, dando media vuelta, intentando conciliar el sueño. De pronto ¡sin esperarlo! el gallo comenzó su inoportuno canto para espantar mi rebuscado descanso.

_¡Kikirikí! -A levantarse- ¡Kikirikí! -A trabajar.

Pensé que, por lo copioso de la lluvia, el gallo no se atrevería a montarse en la cerca donde solía subirse a cantar antes de cada amanecer. Aún así, con el agua cayendo, me incorporé y desconecté el reloj despertador, el cual, no se había activado por ser aún más temprano de lo que me debía levantar.

_¡Kikirikí! -Perezosos- ¡Kikirikí! -A trabajar.

En ese momento, mis impulsos me llevaron a tomar cualquier cosa con ánimos de lanzársela desde lo alto de mi ventana, a objeto de cerrarle la boca, ¡inmediatamente!; pero, la pobre luz exterior que había en el patio, me impidió ver -con certeza- el lugar de la cerca en que estaba el gallo colgado.

_¡Kikirikí! ¡Kikirikí!. ¡Kirikiiiíí!  -seguía, incólume.

Luego de este canto fuerte, repetido, monótono -como era ya su costumbre- cerró su boca y se quedó dormido de nuevo, montado en un madero de la cerca; como si nunca hubiese hecho el intenso y desagradable escándalo de ese nuevo día.

-¡Despierta, animal! -gritó papá desde la ventana de su dormitorio - ¿No vas a seguir con tu ruido?... ¡Así es que es este bicho!  Cada vez, que le viene en gana, comienza su canto y, al rato, se duerme, cual muchacho en los brazos de su madre.
-¡Déjelo, Pancho! -sugirió mamá, calmándolo con las caricias de sus manos-. Ese gallo extraño hace bien su trabajo, aunque, luego de hacerlo, se quede dormido en cualquier lado. ¿Quién iba a pensar que sería así? Nadie lo quería de chiquito y, por eso, Ud. se lo trajo a vivir con nosotros...
-¡Sí! -interrumpiendo- Y me arrepiento de ello. Cuando él era un pollito, era feo y pude soportarlo; pero ahora, es ¡algo peor!  Hace tanto ruido y, además, nunca termina lo que empieza y eso, ¡de veras!, me molesta.
-¡Déjelo, Pancho, Déjelo !... Algún día las cosas cambiarán... ¡Tenga! Acá está su taza de café para que se despierte alegre, como debe ser y salga a trabajar; ya que, parece un día de mucha agua.

Esta era la forma en que mamá lidiaba con papá al comienzo de cada día, luego de alguna ocasional charla mañanera. De no haber sido por lo fuerte que cantaba el gallo (y la bondad de mi madre), ignoro cuál hubiera sido el término de tan molesto animal. Mi padre lo trajo a casa, tras encontrarlo tendido y casi muerto, a un lado del camino que lo llevaba a la hacienda de mi difunto tío. El pobre animal parecía haber sido maltratado por algo o por alguien, pues, parte de su sangre quedó pegada fijamente en su feo plumaje. Mi madre, al verlo, fue movida a misericordia y delicadamente lo limpió y lo alimentó, hasta engordarlo y verlo crecer normalmente. Con el tiempo, aprendimos a aceptarlo, pero -realmente- no lo quisimos; ya que, desde su llegada a nuestra casa siempre hubo diferencias y mucho ruido en nuestras mañanas, las cuales, antaño, solían ser más tranquilas y naturalmente silenciosas.

-¡Ahí viene ese animal! Mira cómo corretea a las gallinas.
-¡Ja,Ja! Pobrecillo -comentó mi prima- ellas lo conocen bien y huyen para no soportarlo... ¡Y pensar que parece de buena raza de pelea!.
-¡Bah! Sus peleas son contra el sueño. Nunca hace nada bueno -replicó mi hermano-. Cada vez que monta a una de las gallinas, antes de sacudirse el polvo para fertilizar el huevo, se queda dormido sobre ellas. ¿Cómo va a tener pollitos si no los hace?... Menos mal que tenemos otro gallo de verdad. De lo contrario, no habría huevos para la venta o nuestra comida.
-¿Recuerdas el día en que papá lo llevó a pelear ante tanta gente? -lancé la pregunta a mi hermano, quien tenía la mirada desprevenida.
-¿Cómo olvidar esa vergüenza? -replicó mi hermano con profunda tristeza, ocultándome de  su mirada-. Papá perdió todo su dinero ese día y las constantes burlas le hicieron perder el respeto que sentía por algunos de los que creía sus amigos.
-¡Ja, Ja! –añadí- El gallo se quedó dormido, muy tendido en el suelo. La gente pensó que estaba muerto por unos cuantos golpes.
-¡Sí! ¡Ja, ja! –como haciendo pausa para contener la risa-. De no haber sido por papá, lo hubieran matado los apostadores cuando lo vieron despertar de su letargo o sueño. Desde ese día, este gallo ha sido una vergüenza para papá.
-¡Debimos haberlo comido ese mismo día! -repliqué- Mamá siempre  ha sido tan compasiva con él.

Verdaderamente, he de confesar, sentíamos mucha pena por nosotros mismos. La vergüenza que nos trajo este animal en la gallera municipal, la llevamos como una cruz en nuestro pueblo. Algunos de los que creíamos nuestros amigos, le dimos la espalda desde entonces, pues, su mofa era constantemente repetida. Otros, ni siquiera, disimulaban sus burlas a nuestro paso. Aún así, nos quedamos en nuestra vieja casona, la cual habíamos heredado de nuestro abuelo, junto con la promesa de que -¡algún día!- allí descubriríamos la gran riqueza que nos había legado en esas tierras… La condición –nos dijo- era hacer siempre lo correcto. Caminar rectos delante los ojos de Dios y que trabajáramos de sol a sol. ¡Esa era su clave!

-¡Mamá! Necesito dinero para la escuela.
-¿Qué hiciste el dinero de ayer, Dalila?
-¡Lo gasté!
-¡Hija! ¿Cómo piensas irte ahora? Debes ser responsable administrando el dinero.
-Mamá, disculpa... Había alguien en el pueblo que me inspiró mucha lástima y, cuando yo comía, se acercó pidiendo de lo que yo tenía. No me atreví a darle de lo poco que me quedaba de mi pan; así que, tomé de mi
bolsillo y se lo dí para que comiera. Pero ahora ¡ya algo tarde! lo sé... Ahora padezco el inconveniente de mi acción.
-¡Entiendo, hija! -respondió mamá conmovida-, lo que hiciste no fue malo...¡Dios mío!... Si mi padre te pudiera haber visto haciendo esto. ¡De inmediato te abrazaría y te besaría!
-¿Era generoso mi abuelo materno?
-¡Algo! Tenía un corazón compasivo y siempre pensaba en las necesidades que se podían satisfacer para los días de mañana. ¡Guardaba tantas cosas! Muchas cosas de recuerdos, escribía sus largas cartas, conservaba viejas fotografías... ¡Todo tenía un significado especial para él!
-Lamento no haberlo conocido tanto como tú. -refirió suspirando, proyectando su mirada en algún punto del infinito.
-¡Sí! Eras muy pequeña para recordarle... El te dio tus primeras ropas y compró tus primeros juguetes. Te cargó en sus brazos y, al notar tu gran peso, decidió -¡ese mismo día!-comprarte un coche. Poco después de conocerte, la vida, se fue de su vida... ¡Cuánta falta me hace ahora, Dalila!

Esas palabras de mi madre, esa tarde en la cocina, las recordé por muchos meses. Si hubiera tenido la dicha de haber conocido más personalmente al abuelo, tal vez -como ella- le echaría de menos y le llorara en su compañía; pero, por lo falible de mi joven memoria -de aquellos días- mis recuerdos son más de ella, que míos. ¡Cuánto me gustaría conocer al abuelo! Ése, quien me dio mis primeras lecciones de desencanto y de sustento. Sólo tengo unas pocas fotos amarillentas, la historia recurrente de mi madre y, algo que, a veces, sale de mi padre. ¿Cómo saber lo verdadero de lo fantástico, si el abuelo ya no está aquí?

-¡Kikirikí! A levantarse. ¡Kikirikí! Nuevo amanecer.

Esta nueva mañana, igual que otros tantos días en sucesión, el sol era molesto y las lluvias habían pasado. Mi padre, como era domingo, sin apuros ni molestia había despertado más temprano. Hoy, iríamos a la iglesia, ya de sí, ese día era distinto.

-¡Mamá! Este café está buenísimo -declaró mi hermana Dalila .
-¡Sí, mija! -prorrumpió papá- pero déjanos un poco a todos. Ya llevas un par de tazas.
-¡Tranquilo, Pancho! -replicó mamá, escondida entre sus trastos de cocina-. Acá tengo escondidito lo suyo, cariño.
-¡Ah!, ¡Gracias mija!... Temí un desayuno seco, como por acá acostumbran, en domingo ¡Verdad mija? -haciendo muecas, señalando a hurtadillas a Dalila.
-¡Mamá, mamá! -gritó mi hermano, lanzando largos pasos desde el patio.
-¡Qué pasa, chico?
-¡Mira afuera! ¡El gallo! -insistió de nuevo, mientras salíamos- Se sacude raro, algo le pasa. ¿Ven?
-¡Sí! ¿Tendrá un infarto? -comenté a todos.
-¡Bah! Por mí… ¡Que se muera!... ¿Quién lo manda? -reportó papá, con evidente desgano-. ¡Que siga tragando tierra bajo esa cerca!

Sorprendidos, algunos corrimos al unísono, tratando de brindar ayuda al animal que, de sí, daba señales de estar muy mal para respirar.

- ¿Estará muerto? -Inútilmente pregunté.
- Si no lo está, le falta poco. -Repuso mi hermano.
- ¡Tiene algo en la boca, en la garganta! -apuntó Dalila- ¿Por qué no tratan de abrírsela?
- ¡Ah, mira! –observó mi hermano- Una moneda... parece oro.
- ¡Es oro!  -afirmó mamá-. ¿De dónde la sacó?
- ¡Papá, ven! –grité- Necesitamos que vengas.

Al llegar papá, algo turbado ya, tomó el gallo entre sus manos, tratando de forzarle a respirar. Hizo presión varias veces, con un fuerte masaje; pero, inútilmente, la vida se había ido. Mamá, con algo de lucha, trató de quitárselo con esfuerzo de sus grandes manos.

- ¡Déjelo, Pancho!... se ha ido, mijo.
- ¡Papá, mira, papá! Acá está el hueco que hizo el gallo, donde lo vimos tendido.
- ¡Ah! El hueco puede servirnos.  Allí podemos enterrarlo y ponerle su cruz -explicó mi hermanito-.
- ¡Shus! - hice señas de silencio, para interrumpirlo.
- ¡Allí lo ví! -refirió mi padre- Desde temprano escarbaba y abría en ese lugar de la cerca. ¡Pendejo animal! ¿Quién lo hubiera imaginado?  Picaba y picaba... ¡De haberlo sabido! No hice nada para detenerlo.

Una rara brisa, fresca y gratificante, comenzó a golpear nuestras caras. Las hojas de nuestros árboles más grandes parecían aplaudir suavemente, como compartiendo un secreto que sólo ellos conocían. En tanto, el
rostro de mi padre  mostraba un par de lágrimas que no tardó en enjugarse para ocultarlas de mi mirada escrutadora , que ya la había notado en el punto de caída libre por sus mejillas. ¡Cuán grato es el arrepentimiento! Parecía como si su vergüenza le hubiera liberado para el perdón y dejarle volver a ser el hombre que siempre fue.

-¡Pancho! -clamó mamá- Meta la mano por acá, y dígame qué es.
- ¡Hum! –se puso de rodillas en el duro suelo- Parece algo enterrado.

Mamá asintió con su cabeza.

- Adentro siento como algunas monedas... ¡Muchachos!¡Tráiganme un pico y una pala!

Esa mañana -¡un día glorioso!- comenzamos a cavar retrasando nuestra ida a la iglesia cristiana. Las palabras del abuelo se hicieron evidentes ante nuestros ojos un domingo en la mañana  ¡Cuán benigna es la dicha del necesitado!

-¡Pardiez! ¡Míren! Este cofre está lleno de monedas de oro -declaró papá, no pudiendo controlar su emoción.
- ¡Ay, Dios mío!... ¡Un milagro, un milagro! –dijo mamá- Esto nos lo dejó el abuelo… ¡Padre mío! ¡Qué ayuda nos has dado!

El abuelo había enterrado suficientes morocotas de oro, como para cubrir las necesidades de toda la familia ¡por años!. Ciertamente, cuánto le agradezco todo su esfuerzo y consideración. Ese pequeño -pero gran cofre- es ahora mi bendición. ¿Cómo pudo ser que nunca antes lo descubriésemos, ni nadie supo de él? Sin embargo, estoy agradecido ¡a Dios mismo! La pena que ese gallo alguna vez nos trajo, trajo bendición también. El escarnio que, por un tiempo nos atacaba, nos sirvió para cubrir las victorias de  todos estos días. ¡Gallo Dormilón! Tu vida salvo mi vida, pagaste tus molestias, con un precio de alto interés.


Dedicado a mi pequeño hijo Elisha, quien, por su forma de dormir, nos inspiró tantas bromas pueriles y chistosas ideas, las cuales –ahora- son parte de esta bucólica ficción.

¡Dios bendiga a mis tres hijos!

Febrero 2004

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