No recuerdo cuándo empecé a ver las películas en versión original, pero, desde entonces, no he podido ver una película doblada con gusto. Y, desde un punto de vista práctico, también creo que se debería forzar a ver películas así.

El ejemplo perfecto es lo que pasa en Holanda, donde todo lo que aparece en televisión y en cine es en versión original. Además de que no supone ningún esfuerzo leer subtítulos una vez acostumbrado a ello, el aprendizaje para los televidentes es palpable, y los niños están familiarizados con otras lenguas desde muy pequeños. De hecho, llega el momento en que no hace falta ni tan siquiera leer: ya lo entienden todo según lo escuchan.

Pero esto puede no valer para aquellos que quieren disfrutar sin preocupaciones de una buena película. Entonces yo diría que en el doblaje se pierden un montón de detalles que completan al personaje de la historia: la voz es otra parte más, y muy importante, en la interpretación de un actor o actriz. Tan fácil como saber con quién hablamos por la voz que tiene.

Por supuesto, hay doblajes y doblajes. La voz que Constantino Romero ha puesto a Clint Eastwood, Schwarzenneger o Bruce Willis ya ha quedado en nuestras cabezas, pero, sigo pensando, nada como la original. Debo reconocer, sin embargo, que me gusta más la voz de B. Willis en español que la suya propia, quizá por haberma acostumbrado ya a la primera.

De todas maneras, la gente no parece muy dispuesta a ello. Además, el poder de las compañías de doblaje en España es demasiado grande como para poder hacerles frente en estos momentos. Es por ello que artistas como Mel Gibson me merecen todo el respeto, al hacer cosas como La Pasión de Cristo, en la que no permitió hacer doblaje en ningún idioma. Sin duda, yo lo agradecí.

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