La vida de Jesús narrada en los Evangelios coincide con los antiguos mitos, un hecho que promovió, desde los primeros años de nuestra Era, un debate que todavía sigue abierto, tanto en el seno de la cultura cristiana como de la profana. ¿Cuál es el significado de esta repetición de la misma historia sagrada? ¿Por qué que surge de forma espontánea una y otra vez en todas las civilizaciones del planeta?

 

El cristianismo sostiene que, con Je­sús, Dios mismo irrumpió en la his­toria humana. En el marco cultural de su época, tanto la afirmación de que había nacido de una madre virgen des­pués de una procreación milagrosa como la de que resucitó al tercer día de su muerte en la cruz, equivalían a atribuirle los signos dis­tintivos de la divinidad.

En las civilizaciones del Mediterráneo oriental en el siglo I d.c. estos prodigios su­premos eran las señas de identidad propias de las deidades agrarias y solares paganas. El mito básico, que se expresa de distintas for­mas en cada cultura, consiste en el drama del joven dios muerto en la plenitud de su vida para regenerar la naturaleza con su san­gre, pero que renace con el trigo nuevo de la primavera y, al hacerlo, se transforma en el «Señor de los vivos y de los muertos» y en el «Salvador de la Humanidad».

En Egipto, este dios es Osiris; en Persia, Mitra: en Asia Menor, Atis: en Grecia, Dionisos. Pero no se trata solamente de un mi­to fundamental del Mediterráneo, sino que reviste carácter universal. Por eso mismo, no puede explicarse de modo simplista como el resultado de las sucesivas reelaboraciones de un modelo original, dado que también lo encontramos en culturas muy alejadas entre sí que no mantuvieron contacto y lo reinventaron de forma autónoma. Entre los in­dios prenobscott de EEUU, por ejemplo, es la Diosa Madre la que, conmovida por el hambre de sus hijos, se autosacrifica haciendo sembrar sus trozos en la tierra para retor­nar con la cosecha de maíz y tabaco.

Entre los celtas existían ritos de arrastre de la mujer por los campos como representación del sacrifi­cio de la Diosa de las cosechas, simbolismo que es asimismo central en el mito de Cibeles y en el de Démeter y Persifone, pero que tampoco falta en la religiosidad oriental, en la cual, como observó el gran mitólogo Joseph Campbell, el mito de la Creación recu­rre al autodesmembramiento del Dios. Este prestigioso especialista también cree que en Occidente predomina el sacrificio, mientras en Oriente se prefiere el autosacriticio.

Sin embargo, con Cristo estamos ante un modelo que combina ambas variantes: Je­sús no sólo asume voluntariamente la muerte en la cruz, sino que dado que él es «el cordero degollado desde la fundación del mundo», según el Libro del Apocalip­sis de san Juan, su crucifixión está decidi­da desde siempre y equivale a un autosacrificio de Dios. La Iglesia Ortodoxa griega recoge esta idea en su doctrina de la kenosis, que concibe la Creación como un vaciamiento o renuncia de Dios a sí mismo.

En el siglo IV d.C, cuando se pusieron las bases del catolicismo en Nicea, los primeros cristianos de Roma estaban familiarizados con todos estos mitos y convivían mezclán­dose con los seguidores de varios cultos so­lares análogos al suyo, como el de Mitra (sur­gido hacia el siglo II a.C), que también nació de una virgen en una gruta, fue adorado por pastores y fue asesinado por sus enemigos de una lanzada en el costado, resuci­tando al tercer día. De hecho, la traslación de la festividad de la Natividad de Jesús al 25 de diciembre se hizo para hacer coincidir en ella a los tres grandes cultos monoteístas asenta­dos en Roma y dedicados a Cristo, a Mitra y al Sol Invictus.

La mitología comparada ha demostrado hasta qué punto se reinventaron los míni­mos detalles del modelo básico. Magdalena, como la Isis egipcia, vaga en busca del dios muerto hasta encontrarlo; Isis resucita a Osiris y Cristo resucitado se aparece a Magda­lena entregándole la primicia del milagro supremo. De hecho, existe una simetría especular, un paralelismo asombroso que incluye hasta los detalles aparentemente más triviales de los distintos mitos.

La primera Sagrada Familia es egipcia: Osiris, Isis y Horus. También lo son la primera Inmaculada Concepción (en una variante del mito de Osiris, Horus es procreado sin in­tervención del sexo y en otra leyenda reco­gida por Plutarco se autoengendra en Edfú); la primera Eucaristía, la comunión osiríaca con pan y cerveza; el primer Dios supremo Trino y Uno; y hasta la primera comunión de los fieles en el cuerpo del dios, incluyendo el tema de Infusión mística. Osiris fue el primer Dios Hijo en fundirse en un único ser con el Dios Padre (Ra) y el primer Salvador de los hombres. Pero la cantidad de dioses agra­rios y solares que siguen su mismo modelo es considerable: Adonis (Siria), Baco (Italia), Prometeo (Grecia), Orfeo-Zagreus en los cultos mistéricos, etc.

Todos los grandes Padres de la Iglesia pri­mitiva, cuya obra se conoce como Patrística, conocían estos mitos. En los primeros siglos de nuestra Era se decantaron dos corrientes opuestas. Una, que se remitía a una tradición representada por san Justino mártir, sostenía que estos mitos eran parodias diabólicas, urdidas para proyectar dudas sobre Cristo o para burlarse de su sacrificio. La otra, que contó con representantes tan prestigiosos co­mo san Agustín, creía que se trataba de pre­figuraciones proféticas inspiradas por Dios como forma de revelar a los hombres el ca­rácter universal y la legitimidad divina de la misión de Cristo. Dado que la irrup­ción de Dios en la historia, asumiendo un destino humano, era el eje del Plan del Creador, nada más lógico y natural que imprimir esta imagen en lo más profun­do del espíritu humano, haciendo que se expresara una y otra vez en los sueños, los mitos y los trances místicos. Para san Agustín, la verdadera religión había existi­do siempre, «desde el comienzo de la raza humana, hasta que Cristo vino en un cuerpo, cuando empezó a llamársele cristiana, pero ya existía». Desde su perspectiva, y la de otros destacados pensadores de la Patrística, tanto Osiris como el Prometeo griego eran profecías inspiradas por Dios.

Es curioso observar que esta polémica si­gue estando hasta hoy viva en el seno del ca­tolicismo. Recientemente, la Congregación para la Doctrina de la Fe que dirige el Car­denal Ratzmger, castigó con régimen de si­lencio al sacerdote y teólogo jesuita Jacques Dupuis por sostener ideas en esta línea en su libro Hacia una teóloga del pluralismo reli­gioso, mientras que el Cardenal Emérito de Viena, Franz Koníng, y otros 75 te­ólogos católicos se apresuraron a fir­mar una carta de respaldo a Dupuis. El problema es viejo y ya obligó a san Agustín a retractarse en su día de su doc­trina del «Cristo eterno». La clave para en­tender el motivo de esta resistencia de la je­rarquía católica a aceptar dicha tesis es simple: al hacerlo se renuncia al concepto de que «no hay salvación fuera de la Igle­sia» y, al mismo tiempo, se recono­ce que existen otras vías, también legitimadas por la revelación, pa­ra acceder a la verdad de Dios. Más allá de esta polémica interna, los antecedentes mí­ticos de Jesús plantean otro de­bate, esta vez con el materialis­mo. Desde una perspectiva profana y racionalista, los antece­dentes agrarios y solares de Jesús se perciben como una evidencia de que los Evangelios no narran una historia real, sino un mito que habría usurpado la existencia histórica de un Maestro de sabiduría: un profeta o un Mesías judío. De este ser histórico acaso se conservó el hecho de que fuera condenado y ejecutado, añadiéndosele más tarde los elementos legendarios adoptados de deidades de otros cul­tos.

El problema de esta teoría es que existen evidencias documen­tales precisas de que las coincidencias entre el mito básico mencionado y la vi­da de Jesús no fue­ron añadidos a lo largo de un proce­so histórico que culminó en el siglo IV d.C. en Nicea -cuando se seleccionaron los cuatro evangelios canó­nicos desechándose el resto-, puesto que las mismas fuentes judías (Talmud) avalan que ya estaban presentes en lo que predicaban sus seguidores ini­ciales después de su muerte, incluyen­do la resurrección. Para que el argumento tuviese realmente peso, la creencia en ésta o en su carácter de «Hi­jo de Dios» debería poder datarse en tiempos posteriores, como resultado de la evolución cultural y de las modificaciones inducidas en la historia original por la cre­ciente contaminación de elementos mito­lógicos extraños, adoptados de otras culturas. Pero es obvio que los cris­tianos afirmaron el hecho de la re­surrección de inmediato en Jerusalén y no cuatro siglos después de mezclarse en Roma con los fieles de Mitra.

 

 

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