Los libros del Antiguo Testamento, en particular los de los profetas y los salmos, aluden a los sufrimientos de Cristo y a las glorias que vendrían tras ellos. A menudo estamos poco motivados en cuanto al estudio de las Escrituras, cuyas secretas profundidades, no obstante, son un verdadero tesoro. En cambio los ángeles anhelan mirar estas cosas de cerca (1 Pedro 1:10-12).

“Dios fue manifestado en carne… visto de los ángeles” (1 Timoteo 3:16). Cuando Jesús nació, una multitud acompañó al ángel que anunciaba la llegada de Jesús y cantaba alabanzas a Dios (Lucas 2:10-14). El cielo entero se ocupaba de lo que ocurría en la tierra, porque el Hijo de Dios había bajado a ella. Los ángeles le sirvieron en el desierto, después de que Satanás lo hubo tentado (Mateo 4:11). En el huerto de Getsemaní, mientras Jesús estaba en medio de la angustia, un ángel vino para fortalecerle (Lucas 22:43). Los ángeles se interesaron prodigiosamente en la muerte, la resurrección y la ascensión del Señor Jesús, aunque no había venido por ellos (Hechos 1:10). Y los hombres por los cuales vino, ¿no manifestarían ningún interés por ese maravilloso acontecimiento?

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