Siempre que me siento frente a la TV a mirar algo que pueda sacarme de la rutina, distraerme, entretenerme y hacerme reír, tan sólo encuentro en ella noticias amargantes o programas sin contenido. Es allí cuando me alegro de encontrar entre mi constante "zapping" un programa como "El chavo del ocho", que más allá de su antigüedad, de su baja calidad de imagen (aunque los canales que lo emiten intentan mejorarla irremediablemente) y de las muchas veces que he visto y he vuelto a ver sus capítulos, me siento reconfortada de encontrarlo una vez más en la pantalla. Es eso tan extraño que me pasa que, aunque me sé de memoria el capítulo y sé lo que va a suceder a cada momento igualmente no cambio de canal, lo miro, como si fuera la primera vez que lo hiciera, y me río, también como la primera vez.

Y es la sencillez de esta serie tan antigua lo que se contrapone con su contenido, al mostrar realidades de ayer, de hoy y de siempre, al representar la complejidad de la vida en sociedad, tan sólo simbolizándolo en una pequeña vecindad con pocos habitantes, pero con mucho qué decir, enseñando lecciones de vida y a la vez divirtiendo muy sanamente, lo cual escasea notablemente en la televisión de nuestros días.

Es así como sigo sentándome frente a la tv en mis ratos libres para poder distraerme, reírme, entretenerme, y sigo deseando para ello encontrar en un canal al Chavo del ocho para cumplir con mi propósito, estoy segura que hay muchos que comparten este sentimiento.

 

 

 

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