(Inserto a Nuestra Historia)

No era fácil para Carlos. Habían transcurrido tres meses (y unos días) y se sentía más desesperanzado que cuando vivía en la miseria de su pobreza revolucionaria venezolana. El vivir bajo un hospitalario techo ajeno, donde se le brindaban las atenciones propias de un miembro de la familia, la puntualidad de las comidas regulares que le obligaban a sentarse a la mesa, era algo que le incomodaba mucho más que la sofocación del calor de tener que ponerse una franela para ocultar su negra desnudez ante los comensales.

-¡Rafael! Si necesita una mano –elevando un par de ellas sobre la mesa- ¡Yo tengo dos!

-¡Gracias, Carlos! –le respondieron, mientras movían un lote de papeles-.

- Si vamos a salir de ese muchacho irresponsable, ya sabemos que podemos contar contigo.

-y ¿Ud se conoce bien el pueblo? –preguntó Yasmira, con su marcado acento paisa clombiano.

-¡Y para qué le pregunta Usted eso? –remilgó la madre del dúo, sentada a la diestra de Carlos- Ya él tiene bastante tiempo andando estas calles y ¡hasta la gente lo reconoce!

-¡No se ocupe, Yasmy! Yo tengo un mapa y con eso será suficiente para orientarme. –Les refirió, dando un rápido brinco hasta donde pone sus cosas para mostrárselos.

-¿No! Y si tiene alguna duda, no escatime preguntar –puntualizó Rafael- Acá cualquiera lo colabora con ayuda y le dice la dirección que esté buscando.

El chico del reparto de la correspondencia los había desertado, con el agravante de que les había destruido una cantidad de correspondencia que no quiso entregar con la debida seriedad, falsificando las firmas y nombres de los destinatarios. Carlos, por su parte, quien no ha hecho suficiente dinero para auto sostenerse, vio la posibilidad de colaborarles para mitigar los gastos en que los hacía incurrir, durante su permanencia. No preguntó cuánto ganaría por hacerles la faena de cada día y no se ocupó de cuán difícil o agotadora fuese la responsabilidad de ubicar personas a quienes no conoce, debido a su anonimato.

-¡Vaya! Quizá me conozcan algunos entonces. –pensaba para sí- Tendré la oportunidad de servirlos y, a la vez, conoceré gente y les podré ofrecer mis servicios técnicos o artesanales… ¡Caray! La estrategia que había pensado de recorrer el pueblo  (por cuadras) también se puede realizar de otra forma con lo propuesto. Ya no tendría que llegar como un desconocido sino, por el contrario, sería más conveniente servirlos y, a la vez, introducirme personalmente, conversarles amistosamente de lo que hago y saber si, entre sus necesidades, tienen algunas cosas para reparar… Puedo darles mi tarjeta de presentación.

Yasmira, desde la oficina, lo hizo viajar hasta ella, después del desayuno. Tenía una cantidad de sobres por entregar y, mientras conversaban sus detalles, una llamaba telefónica de Mónica lo hizo volverse a la casa de los DelValle.

-¡Dime, cariño!

-Kike viene con alguien para ver la computadora que estás vendiendo. Tan pronto puedas ¡Acércate! Que te están esperando.

-¡Okey! ¡Gracias cariño!

-¿Qué pasó, Carlos? –preguntó Yasmira- ¿Un problema?

-¡Ninguno! ¡Al contrario! –replicó- Terminemos los detalles, que debo irme a tu casa. Me están esperando para un negocio que necesito resolver.

-¡Ah! ¡Qué bueno! ¿Se tardará mucho, Carlos? Es importante repartir la correspondencia.

-¡Te veré luego, Yasmy! –puntualizó Carlos- ¡Hoy haré tantas entregas como pueda!

 

Secretamente, Carlos deseaba volar. Por un momento soñó vender el aparato y tener el dinero suficiente volver a lo suyo. Por otro lado, habiendo hecho una acción de justicia, se quedó sin dinero y eso le inquietaba un poco; pues, el día anterior había preguntado por el precio del pasaje hasta la frontera y, si logra vender su servicio, tendrá suficiente dinero para abastecerse y darle curso a sus ideas y cosas, fuera de sus actuales límites.

-¿Vas a repartir eso ahora!

-¡No, Yasmira! –replicó algo incomodado- Acabo de decirte que voy a tu casa por un negocio: Van a ver la PC que vendo. (http://tolu.olx.com.co/vendo-torre-de-computador-dell-optiplex-gx240-en-case-athlon-iid-100664862).

La visita estuvo allí. A decir verdad, no puedo precisar cuál será el futuro de ese negocio con la chica que trajo Kike. Sea lo que sea ¡Dios lo dirá! Carlos tiene claro convertir algunos pesos en dólares y no desea -por nada del mundo- tener que pagar sobornos para cruzar la frontera, tal como lo ha hecho un par de veces, al cruzarla con Mónica.

-¡Adiós, Sr cartero! –gritó Paula Andrea- Ahora sí se le ve bien que ande con un costal a cuestas.

Carlos se volvió sobre sí, girándose todo hacia su espalda,  replicándole con otra broma; pese a que -en descubierto secreto- la había evitado cada vez que ella conversaba monopolizadoramente con su madre y lo abrumaba y lo aislaba de quien lo ama: Mónica.

-¡Ríete, negrita! –algo sonreído- Apuesto a que no me volveré a perder dos veces en el pueblo.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ya veremos! –le retaron- Cualquier cosa ¡usa un teléfono! Así iremos ¡al rescate!

Carlos vestía una amplia franela amarilla, con una bermuda gris con azul marino. Sus zapatos tenis hacían juego con el color de la franela y el costal azul celeste que llevaba a cuestas.

-¡Ja! ¡Ja! –replicó Carlos- Cuando me equivoco, lo hago una sola vez… ¡Al menos de una misma forma! Acá no hay montañas ni edificios grandes. Me perdí, pero no será dos veces.

El primer paquete a entregar era pesado y voluminoso. Quiso planear una estrategia de reparto, pero el peso de ese paquete le molestaba dentro del saco y le incomodaba dentro de la cesta de aquella vieja bicicleta roja. Comenzó a seguir su “instinto” para hacer su primera entrega y, si dio 10 vueltas entre varias cuadras, no es una mentira ni una verdad exagerada. Trató de comprender cómo es que funcionan estas direcciones que colocan “Carrera” por “Avenida” y, el número de cada casa (en teoría) guarda relación con el número de la Calle Principal (Carrera) o las calles paralelas + el número correlativo de la ubicación de la distancia de la casa, en cada manzana de la ciudad costeña de Coveñas.

-¡Perro! –dijo para sí- No toda esta gente coloca el número de la nomenclatura en sus hogares ni en las puertas. Todos presentan “excusas” bobas para no identificarlas… Con razón el “Niño Jesús” no llega a todos ellos. ¡Ja, Ja! Acá, en como en cualquier pueblo, las direcciones son: “Al lado de Fulano” “Cerca de un negocio color tal”… “Pregunte por “el man” tal, que son familia de…”

La Doctora “X” no vive donde dice la dirección indicada en el sobre. La ventaja de tener una buena reputación (o ser conocidos y querido de muchos amigos) es lo que salva muchas deficiencias en esto de las direcciones erradas. ¡Increíble! Hay casos en que, por ejemplo, envían una correspondencia con el nombre del destinatario ¡y sólo con el nombre del pueblo! ¿Cómo ubicar a una persona entre 35 mil habitantes? Si no tiene aceptación por mal vecino o reconocimiento en un nombre que no le hace público, si no es querido o querida ni por sus familias… ¡Devolución para Sincelejos!

-¡Qué pena! Esta gente no sabe identificar ni el valor de sus casas… Imagino tendrán sus traumas o razones. Algunos –algo desconfiados- preguntan más cosas de las debidas, como si yo fuera un sicario por encargo viajando en una bicicleta prestada y, tan pronto les dejo ver mi rostro –quitándome los lentes por deliberado descuido- bajan esa forma de defensa y aceden a dar información… ¡Otros no!... ¿Qué complicados somos!

Muy cerca de las tres pm, algo sofocado ya por el calor, Carlos abordó a un caballero que reposaba afuera, bajo la sombra del techo machihembrado de su casa, cerca de la calle 2A.

-¡Buenas tardes, señor! –prorrumpió Carlos- ¿Me disculpa una pregunta?

-¡A su orden! ¿En qué le puedo colaborar?

-¡Gracias! Busco la dirección de la casa del Señor Isaza ¿Qué tan lejos estoy?

El anciano dio un par de vueltas a sus ojos y le indicó la casa que debía ser la correcta con el dedo y unas palabras. Estaba en la misma cuadra, diagonal al encuentro casual. Al llegar al frente de la vivienda indicada, en la otra acera y a unos dos metros de altura, había una pared blanca con una placa de cerámica marrón con la dirección correcta. Para cerciorarse, sacó su mapa y las pocas cartas que llevaba en el costal azul.

-¡Aquí es!  Ya falta nada –confirmó Carlos para sí-.

Sacó su bolígrafo negro, la guía de la relación de las cartas de reparto y dio un par de insistentes golpes a la puerta, cuya casa parecía en silencio. El viejo, en la distancia, parecía pendiente “en colaborarle”; ya que, con ese acento venezolano, muchos notan que no es de la zona ni comulga con los suyos.

-¡Buenas tardes! –mostrando su mejor sonrisa- ¿Acá vive el Sr. Jesús Horacio Isaza?

-¡Así es! –le confirmó alguien, desde la ventana, quien se preparaba para abrir la puerta y salir a su encuentro.

-¿Quiere decir que estoy en la Avenida 2ª Casa #2-53? –haciendo un rápido movimiento de toda su cabeza, fingió al volver a mirar sobre la placa de cerámica marrón en la pared que tenía al frente -  ¡Vaya!... ¡Aquí le tengo una correspondencia para el señor de la casa!

En ese momento –antes de volverse totalmente en sí- la puerta ya se había abierto plenamente para dejarlo ver a una linda joven de menos de 1,70 mts de estatura. Muy torpemente (y entiendo porqué),  Carlos quiso detener el paso del tiempo y prolongar la mirada (y dicha entrega) tanto como pudiera desearse. El sobre era más bien pequeño y ligero. Sólo había que llenar una hoja de formato y un endeble formulario adjunto en el sobre con una grapa y un envoltorio plástico; pero pude notar cómo temblaba él sobre sus piernas y manos.  Su pulso – tan rápidamente acelerado- le hacía vibrar y estremecerse ente sus zapatos amarillos. ¡En años! Haciendo honor a la verdad, no le había visto acelerar más allá del rango de su tacómetro visual.

-¿Y Ud es la hija del Señor? –preguntó, pero con un apretado nudo en la garganta.

-¡Sí! –extendiendo esa blanca mano, a la espera de lo que habría de recibir de Carlos.

-¡Qué bueno! –despojándose de la incomodidad del costal- Sólo necesita llenarme unos datos en papel y mi entrega será hecha.

En ese momento, por mi humana mente, volaron recuerdos de muchachos… Extemporáneamente solía ir con mi tío a realizar lecturas al conteo de los medidores de agua. El trabajo era muy simple y, de no estar en las calles abriendo tapas metálicas, subíamos las escaleras de los edificios y parábamos en cada piso revisando la puerta de los servicios públicos, donde estaban los medidores de bronce o aluminio.

-¡Un momentico! –se excusó ante la chica- Estoy algo “embolatado”…

¡Y era verdad! Haciendo uso de todos sus nerviosos recursos, aprovechó la oportunidad de haber llegado con sus gafas negras, con el resplandor de la luz encegueciendo a la chica y la torpeza de una conducta de cartero que trabaja su primer día y no conoce perfectamente todos los pasos de los formularos de entrega.

-¡Debe poner su nombre, su cédula y teléfono aquí! –mirándola y contemplándola hacia otros lados y ángulos, en lugar de poner sus ojos en el papel que le ofrecía- y, una vez que termine allí, desprenderemos ese tiquete con plástico para que Ud lo llene con la fecha y hora de esta entrega.

La chica, sin nada de malicia, se dio vuelta para servirse del apoyo de la blanca pared para escribir. Si Carlos hubiera tropezado, los ojos habrían caído fuera de sus inquietas cuencas. ¡Jamás vio a nadie así!

-¿Estudias? –preguntó seguro, admirándola toda, mientras ella posaba de espalda (oculto en la complicidad oscura de sus lentes negros).

-¡Sí! –respondió, mientras ella, ingenuamente, permanecía escribiendo con sus blancas piernas abiertas-  ¡Seré periodista!

Su voz era sencilla, llena de cierta gracia sin presunción. Para ser tan hermosa, su modulación era modesta y nada tenía que ver con los tonos costeños o los infatuados bogotanos. Toda ella era suave, de cándida e inocente dulzura.

-En ese caso –despojándose de los lentes oscuros para que ella lo viera bien a los ojos- le recomiendo que me busque si necesitas una clase de Inglés. Una pariente de una amiga está en el Norte y, habiendo estudiado lo mismo, le va muy bien fuera del país: La ventaja es hablar varios idiomas.

-¡No! –aseveró- Yo no soy buena en eso.

Carlos volvió a mirarla, sorprendido, y de nuevo en la complicidad de esas gafas oscuras. Anhelaba detener el tiempo contemplándola y admirando su modestia en la sencillez de la plenitud de toda su jovial belleza. Pensó muchas cosas. Deseaba tener una cámara de video para registrar ese momento y hacerlo perdurar por todo lo que le quede de vida…

-¡Okey, Señorita! Sólo falta separar estos papeles y me sentiré servido.

La miró a los blancos pies. La detalló como sabe hacerlo cuando alguien le gusta. Recorrió con la vista golosa toda su espalda, su cintura, a la distancia de un metro y, aunque la chica era de piernas robustas, no tenía nada de grasa ni celulitis y - a lo sumo- se adornaba con un delicado relleno que se notaba ligeramente, más arriba del triangular traje de baño. Éste, de dos piezas (cuyos colores no recuerdo) estaba rematado en sus bordes con una tira de tela que servía de amarre en medio de su espalda y a ambos lados de su cintura, más arriba de los muslos (¡Glup!) Las verdes y tenues venas se podían ver (y contar) sobre su piel translúcida y estoy seguro de que Carlos temblaba más de emoción.

-¡Gracias! –recibiendo el ligero sobre, cerrando la puerta y desapareciendo de sus inquietos ojos-.

-¡Gracias a Ud, joven! –volviéndose de un todo hacia la calle, dejando atrás la estela de lo que pareció el más lindo de sus sueños.

Sofocado, ya no del calor sino del nudo de sus emociones, se acercó a “la cicla” aparentando buscar algo en el costal medio vacío.

-¡Dios mío! ¡Qué bella! –pensó para sí- ¿Cómo es que esto me pase? ¡Santísimo! Esto es demasiado para mí... ¿Tendré otra carta para ella?

Al otro extremo, a su derecha, pudo notar al vecino que le sirvió de informante. Allá, sentado en aquella silla, parecía todavía atento a dar más información y ayuda; sólo que Carlos le saludó con una señal de despedida agradecida, para volver a revisar la lista de nombres y papeles que le servían de registro para el lote de sus entregas.

-¡Glup! Se llama ¡Vívian! –se auto comentó- ¿Por qué he de olvidarla? ¡Es una bendición!

-¡Carlos! ¿Qué haces tú aquí, en Colombia? –le sorprendieron.

-¡Muchacho! –medio abismado- ¿Qué tienes tú, que en todas partes me encuentras?

-¡Ja, Ja! –respondió sin prisas- ¡Debe ser el destino! Pero no soy perrito “Droopy”, el de las comiquitas.

-¿Cómo llegaste aquí, Antonio? –inquirió Carlos- Estas emociones me llevan de un extremo al otro, y más loco de lo que he sido no puedo volver a ser.

-¡Llegué por avión! Igual que tú, Carlos… ¡Supongo! Pero fui yo quien lanzó primero esa pregunta  –haciendo un pequeño gesto de remilgo-  ¡Qué me cuentas?

-¡Mucho, muchacho! Pero dudo que hoy tengamos el tiempo suficiente para ponernos al día: ¡Debo trabajar!

-¡Cierto, viejito! –mirándolo en detalle y reconociéndole- ¡Te ves muy bien!... Y, todavía así, aunque tengas tiempo suficiente, mis vacaciones ya se van terminado; y me propongo volver a Venezuela el mes de Julio.

Carlos estaba desprevenido, sorprendido y menos tembloroso.

-¿Qué te pasa, Carlos? Te veo hasta emocionado. No creo sea por mí ¿O sí?

-¡No es nada, chico! –respondió Carlos algo apocado.

¡Te hace bien el cambio de look, Sr Uniformado! –insistió su amigo- Has bajado de peso, pero se te ve repuesto y simpático… ¿Qué es lo que te tiene tan sonreído hoy, Sr Gruñón?

Rompiendo la barrera de su aparente silencio, Carlos reportó.

-¡Acabo de ver a un ángel en el cuerpo de una niña mujer!

-¡Carlos! –casi exhalante- ¡Viejo verde!... ¿Y así es como planeas curarte? Acá golpean duro a los que “se maman” a sus muchachas.

-¡Ja! ¡Ja! ¿Qué podría hacer a mi edad? –con ademanes al azar y abiertamente sonriente- En este momento no te puedo dar la mano y mucho menos un abrazo … ¡Estoy ciertamente excitado!

-¿Qué fue lo que viste, viejito? –complicadamente insistente- ¡Me tienes en ascuas! ¡Dime!

-Ya te dije… Una joven, en un cuerpo de mujer ¡Qué se yo!... No puedo saber la edad de las personas con sólo verlas. ¡Era un ángel!

Antonio, en un rápido reconocimiento de los ojos y actitudes de su amigo, comprendió la verdad que le decían.

-¡Carajo, viejito! –muy sonriente- y… ¿a tu edad sigues con eso? –mirándole muy cerca de los ojos.

-¡Coño vale! ¡No recrimines! Me sorprendieron –argumentando- ¿Quién carajo iba a saber que un ser tan divino iba a salirme por esa puerta… ¡Vámonos de aquí y te cuento!

Con la discreción que debía ser propia, Carlos empujó el brazo de su viejo amigo; tomó la bicicleta a un lado de la calle y comenzó a referirle lo que le había pasado ese día.

-¡Santos Dios, Antonio! Me tomó por sorpresa. Sólo oí su voz. Yo buscaba entregar el sobre a un hombre y resultó salir la hija… Como me tienen a pan y agua… ¿Qué crees tú? Apareció un cuerpazo de mujer más divino que “la arepa de huevo”.

-¡Ja ja! –interrumpiéndole, en son de burla- ¿Es que ya conoces los platos típicos de la costa colombiana? ¡Debes tener algún tiempito por estos lados!

-¡No me jodas, Antonio! –recriminándole- ¿Te refieres a la arepa con huevos?  ¡Es divina! No había comido algo más rico que eso y hasta los provincianos se echan bromas con expresiones relativas al sabor de este plato.

-y ¿a qué te refieres con eso de “pan y agua”? –inquirió Antonio- ¿Sigues con eso de tus ayunos extremos?

-De hecho ¡No me dejan! Me interrumpen con preguntas y, aunque quiera guardarlo “en lo secreto”, todos en la casa que vivo se enteran, y mi suegra me incomoda con sus comentarios.

-¡Ah! Pero supongo que hoy no estás de ayuno ¿o sí? De lo contrario te daría una embolia… ¡Ja! ¡Ja!

-¡Hermano! Fíjate que, si ella fuera una adulta y yo le gustara, no me importaría morir siendo feliz y plenamente satisfecho… Pero más me vale quitarme esas ideas y pensamientos. Tengo que trabajar.

-¡Dime! –deteniéndolo del impulso del camino- Pero ¿quién te tiene a pan y agua, Carlos?

-¡Mi mujer! En su casa como muy bien, comida verdadera –mudando de humor la entonación- Sin embargo -¡que me arrecha!- Me tiene “castigado”… –demudando ahora el rostro- ¡Así que de esa vaina ya no hablemos!... Esa niña en traje de baño me puso de cabezas.

-¡Ja, Ja! ¡Ahora sí! –añadió Antonio- Verdaderamente “loco” y, para colmo… ¡Arrecho!

-¡Sí, Antonio! –algo irónico- ¡Ja! ¡Ja! –aclaró, aunque comprendiéndolo- Y “Arrecho” a la acepción colombiana… ¿Sabes lo enloquecedor del Costoñol? Hay una infinidad de cosas que giran muy distinto a lo nuestro vocabulario… ¡Quiero volver a Venezuela!

-¡Vamos, Carlos! ¡Te conozco! –haciéndole una mirada intrigante- No es por eso que deseas volver.

-¡Me equivoqué! Vine con motivos y razones equivocadas. Tenía una visión y una perspectiva que hoy no es la actual mía… ¡Me conoces, Antonio! No quiero decir más de allí.

-¡Ok, amigo! ¡No se hable del asunto! –añadió- Sin embargo, dígame más de ese ángel, que me ha dejado lleno de curiosidad. ¿Le quitaste el teléfono? ¡Dámelo!

-¡Ni lo sueñes! –retirando sus papeles- ¿De cuándo acá soy alcahuete?  –haciendo una de sus pausas largas, suspirante- ¡Sabes qué me reprocho?... “El pez es atrapado por la boca” y el hombre por sus deseos… Uno puede ignorar absolutamente todo de cualquier persona; pero, si te gusta visualmente, comprometes todo lo que es importante en tu vida. ¡Nunca ví alguien así!

Más que hablar con su amigo, parecía confesarse; mientras buscaba la sombra del árbol que les servía de refugio ante la inclemencia del sol, cercanos a la playa.

En verdad, Antonio. No tengo la edad ni una cantidad de cosas que pudieran gustarle a una mujer así y, aunque sólo la he visto una vez (no la conozco) ¿Sabes cuánto la deseo? ¡Dios! Si ella fuera una tentación… ¿Cuán largo caería?

-¡Dramatizas, Carlos! Sólo es humana y lo que sientes es muy natural, incluso a tu edad.

-¡Amigo! ¡No sabes lo que dices! No puedes reconocer lo que habita y mora en mí. No puedes padecer el inminente destino de envejecer de forma prematura, tener una rápida erección que no puedes controlar a los 70 y pretender comportarte sexualmente como un hombre de 20 o 30, teniendo la próstata enferma y dilatada. ¿Has visto la puerta del cielo y no has querido quedarte dentro? ¡Dios! –tirándose de la maraña del cabello desordenado por el viento- ¡No sé qué cosas de esta vida te emocionen o te gusten vehementemente! pero ver a esa muchacha –hoy- ha sido como volver a tener mis 20 años y puedo sentir que, aunque muero, vivo.

-¡Discúlpame! Ahora te entiendo. Debe ser un aciago predicamento el desear con tal intensidad y, aunque se quiera, no tener lo que un objetivo sexual pueda pedir como algo necesario, según sus propios gustos.

-Toda la ciencia de hoy se dedica a la belleza, a la cirugía correctora y a la que “eterniza” lo que se va y muere con los días. ¡Es una bendición! ¡No lo critico!... Sin embargo, he visto a una mujer  hermosa -en traje de baño- y ¡para nada luce presumida en bikini!... ¡Que Dios la bendiga! Para mí ella es un imposible, pero que Dios le de un hombre QUE LA AME… ¡Que nunca la vean como un OBJETO! Aunque, naturalmente, ella es un objetivo y tendrá sus objetivos… ¡de la naturaleza que sean!

-¡Debe ser muy hermosa! ¿Te ofendí, amigo Carlos?

-¡No chico! Me ofenderías si yo fuera el padre y la hubieras visto (y comido con los ojos) como yo lo hice. De no haber sido por estos lentes negros, mis ojos hubieran caído al suelo ¿Cómo no confesar que la deseé y ví, como vería a cualquier mujer que me guste con pasión? ¡Yo casi no respiraba, Antonio! Normalmente, eso no me pasa… ¡Estoy vivo! (corrijo) Estuve vivo.

-¡Ja, Ja! ¡Dramatizas Carlos! Pero si estás con esa clase de ayunos (los de pan y agua) ¡Ya te entiendo! –pero dándole unas palmadas en la espalda, le dijo- ¡Viejo verde! ¡Te felicito!

-¡Gracias, amigo! Acepto el cumplido y, si embargo, algo me duele: No soy culpable de envejecer para morir. Reconozco debía madurar o guardar mis secretos con la hipocresía del silencio ajeno, aceptado una cantidad de cosas… Pero no la he visto como a un objeto sexual. Di holgura a mi pasión, mis naturales deseos ¡Llámalos lujuria!, si quieres. Pero si tuviera tu edad, los medios económicos y físicos suficientes, no dudo que me detuviese en tratar de abordarla para conocerla como mujer –como persona- ya que sólo con estos ojos negros no se conoce la completa dimensión del ser. Me gustaría conocerla –siendo de su edad- para amarla, si me fuere posible; pero veo que a esta edad, ya medio muerto, mis posibilidades son reducidas para esa forma de amar… ¡Qué viejo verde? –le espetó, sonreido- Mientras más muero vivo.

-¡Discúlpame! –haciendo un raro ademan y extendiendo sus brazos para calmarlo- Yo también tengo toda una vida buscando a ese alguien que no encuentro y, de tantas veces que me he equivocado, ya casi no lo resiento. ¿Cómo puedo ver al alma de las personas, si lo exterior es lo único que me es visible? Además, yo también como tú, resiento un cúmulo de cosas. Yo para amar plenamente necesito que varias cosas me gusten y, contrariamente a lo que desearía, “eso de afuera” ¡un cuerpo hermoso! me interesa más que lo de adentro, lo medular, porque sé que la gente cambia de gustos, de opinión ¡hasta de necesidades!... No sé si tú me entiendas.

-¡Tal vez! ¡Sigue, Antonio! –animándole con la mano, recostándose del árbol.

-¿Qué sé yo quien es la mujer perfecta? Puede que alguien tenga la belleza “suprema”, pero no tiene inclinaciones afines a las mías y –aunque no soy bueno en la cama- lamentablemente, lo suficiente me gusta, así como algunas mujeres lo buscan y gustan de otras cosas que no son propias de los hombres: ¡Yo busco lo que quiero como mío! Tengo la necesidad de que sea mía, que su mundo sea mi mundo. Si es muy gregaria, su mundo me es ajeno y no lo comparto, soy celoso y posesivo y no me gusta ser propiedad de su grupo, ni de su familia ni de los míos…

-En eso -interrumpiéndole Carlos- me parece, tenemos bastante en común.

-Si esa chica de la que me hablas, es como “la pintas” ¡Bendito sea Dios! Pero no me gusta una chica que cometa el error (o el descuido) de salir descubierta hasta su puerta. Su desnudez debe ser sólo mía, sus deseos deben ser colmados con mis apetitos y atenciones… Si no estoy a su altura, si no la complazco –según sus necesidades- prefiero saber que no lo hago “bien”, que debo intentar darle lo mejor, pero, si por costumbre, modas o por gusto sale “semidesnuda” (en bikini) ¡Mira! Mejor corto por lo sano. Eso está bien para la intimidad de parejas, para los que se gusten… Pero una mujer así, imprudente en lo personal -¿por lo joven?- no me gustaría como compañera.

-¿Puritanismo, compañero? –inquirió Carlos.

-¡No, viejo! Si yo no fuera medio cristiano, si tuviera aquellos 18 años que tú anhelas ¡No lo dudes! Me hubiera tirado al suelo, para mendigarla o para verla… Pero yo ya no estoy en esos trotes. ¡Puede ser “Divina”! y probablemente tiene algo semejante a tus sueños o a los míos, pero el milagro viene de Dios. La gente no cambia cuando uno intenta educarla o ayudarla. Es un proceso de decisiones que uno mismo tiene que comprender para atisbar a ver lo que otros ojos no ven.

Parecían sincerarse y volcarse en una cantidad de argumentos que ellos sólo entendían. Como padre e hijo,  discurrían en predicamentos y situaciones comunes e inusuales, que sólo ellos pudieron tratar en la intimidad de su confianza y confidencias.

-¡Vaya, Antonio! ¡Me sorprendes! –volviendo a tomar la bicicleta empujó el hombro de su amigo.

-¡Así es, viejito! Si fuera tú –no lo dudo- me habría emocionado con todas esas pasiones normales; pero no quiero terminar mis días con más problemas, gastándome en lo que no ven otros ojos, y que por razones de su cultura, gustos o necesidades, escatiman intentar entender. ¡Yo solo me entiendo! Me basta con saber que no soy otro loco y, si lo fuera ¿Qué me importa lo que opinen de mí? Si llego a ser un viejo verde –como tú- es por darle riendas a mis deseos, como si no debiere regular mis pasiones… De no existir Dios, irracionalmente, haría como tú; pero siendo un muchacho de 18 la habría robado… ¡Hasta ganas tengo de ir a verla! ¿Me das el número de teléfonos?

-¡Ja! ¡Ja! –sonrió holgadamente Carlos- ¿Y eres tú quien me lo dices? ¡Viejo Verde tú! Acabas de confesarme lo que te tiene reprimido.

-¡Ja! ¡Ja! –confirmó Antonio- ¡Ciertamente! Yo, al igual que tú, no estoy exento de “viles” pasiones y, en efecto las reprimo; pero no por considerarlas “pecado”, sino por emociones que no me convienen; en particular con una chica de una edad que no congeniaría con la mía. ¡No me avergüenza estar vivo! No me siento ridiculizado ni amenazado ¡Bendito sea Dios porque siento y vivo! Pero no me voy a complicar con algo que no me beneficia y, que más adelante, si le diera alas a un suelo, me podría costar todo: Ese todo es otra herida en mi corazón. Materialmente no tengo nada que pueda perder.

-¡Fariseo! Eres un sepulcro blanqueado, Antonio! –recriminó Carlos, en tono bromista.

-¡Llévalo como quieras, hermano! Pese a ese comentario inmerecido, aunque tengo cosas por cambiar y mejorar, siento orgullo de haber abandonado ciertos malos hábitos que me son ajenos ahora… Por eso, si viene otra mujer a mi vida, ha de ahorrarme esa clase de molestias. ¿Crees que me gustaría tener una mujer imprudente que se desnude ante ti, aunque seas mi castrado amigo? ¡No, mano! No me gustaría exponer “mis tesoros” ante los ojos de mis rivales: ¿Quién no la codiciará, más allá de la simple contemplación que tuviste? Una mujer como esa, como cualquier otra, es una forma de “posesión” que uno la hace personal; si no hay un formal compromiso espiritual –en ese aspecto- no lo hay de cualquier forma ni manera… Puedes hablar de matrimonio, concubinato, etc. Pero, si llega alguien mejor ¡se come el queso de tu mesa!... Yo he visto cómo se negocian las relaciones interpersonales y, si entre el resto de los seres del mundo animal hay competencia sexual ¿Cómo no la habrá en el sofisticado mundo humano?

-¡Caray, muchacho! Qué prejuiciado te has vuelto –espetó Carlos- ¿Se hace el amor con los ojos?

-Naturalmente que no, pero ¿La habrías comido así, con los ojos, si no hubieras tenido lentes oscuros?

Carlos bajó la mirada y aparentó buscar algo dentro del semivacío saco azul.

-Ella te hubiera evitado, por ingenua que sea; sólo que tú también la tomaste por sorpresa y de allí la multitud de problemas y los diversos tipos de seducción… Si fuera tu hija, si la amaras como un padre, no la permitirías andar así por la calle… Lo “revelador” de esa poca cantidad de ropa, toda la variedad de aplicaciones dadas a los trapos con la malicia de la moda -a fin de cuentas- más que insinuar vestir (o descubrir) lo que ésta busca es atraer, seducir y vender costosas piezas que sirven más allá de una simple vestimenta deseada. Una mujer o muchacha, con todo eso que viste (o “sentiste”) no es invulnerable a desarrollar sus propios deseos sexuales provocadores, sus gustos la impulsarán a la búsqueda de lo que ella considera sus afinidades con la moda, según las piezas resalten sus mejores cualidades físicas… Para resumir, Carlos, si una vieja no te causa todo eso ¿Quién me dice que ella no sienta lo mismo por un carajito?

Carlos, sentado sobre la cicla, intentaba mirarlo al cruzarse de brazos.

-Similarmente, una chica “fea” o “bonita” ¿No batalla con una infinidad de cosas que se le cruzan por la cabeza, entre reales tentaciones del cuerpo y del alma?

-¡Cierto que sí! –replicó el viejo Carlos- La diferencia es que ellas tienen algo que nosotros no tenemos… ¡pero deseamos!

-Y, en último y primer caso, ellas son las que deciden: “El hombre propone y ella dispone”.

-¡Bien dicho, Antonio!... Pero te dejo y seguimos ésto algún otro día: Tener a la mujer de tus sueños -si es que se materializan- depende de Dios: Proverbios 19:14.

-¡Eso creo!... Fracasar emocionalmente duele, pero hay personas que se han mantenido cerca por más de 30 años. No deseo vivir mucho tiempo tampoco, pero sería interesante saber si Jerusha existe en esta vida: Despojarme de mis corazas, de mi pesado blindaje, depende de una decisión de Dios. ¡Bien por que ella venga!

-¿Crees que la gente seguiría el consejo Divino, Antonio? –preguntó acuciante, aunque disponiéndose a irse.

-¡Sí! –levantado su cabellera al viento- Si Él estuviera de forma tangible y vivencial, muchos le oiríamos; no obstante, para seguir nuestras vidas a través de un manual que no es “interactivo” –la Biblia- siento que muy pocos la creeremos por vivir esas experiencias de segunda mano: Dios tiene que ser real y realista. Uno ve a la gente y, de momento –medio conociéndolas- las abandona ¿Cómo no lo harán si no cubrimos sus expectativas emocionales y económicas, sus diversas demandas… ¡Es un asunto muy complicado y existencial! Uno debe ser práctico y “omnisciente” con la gente. Si una mujer (u hombre) no cubre ciertos requerimientos, es desplazado o abandonado. ¡Duele! pero así nos pasa. El matrimonio, un compromiso de papel, nunca ha satisfecho esa demanda en el mercado de nuestras necesidades, excepto la lealtad a lo que deseamos o requerimos por necesidad moral o biológica. ¡Es necio! y, a la vez, inconcebible. Nos divorciamos por insignificancias, pero por falsas expectativas también: La belleza, el dinero ni el sexo hacen ese todo de unicidad juntos. Si no está la preeminencia de Dios, hace falta la moralidad espiritual, la similaridad de gustos… En fin, ¡No tengo la respuesta! Es un gran milagro.

-¡Respira, muchacho! –espetó el viejo-  Uno debe ver bien, más allá del velo de la carne y lo que te gusta, para arriesgarse menos al elegir por ensayo y escoger por error.

Antonio no había terminado de digerir el pensamiento, cuando Carlos ya estaba dando el primer giro al pedal de la bicicleta.

-¡Adiós, viejito! Espero volver a verte durante esta semana.

Extendiendo sus manos, sin un abrazo, ese par de amigos se despedía.

 

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