Platón, cuando expuso su idea del filósofo gobernante como único capacitado para dirigir los destinos del Estado, utilizó el símil del navío.  De igual forma que nadie en su sano juicio dejaría gobernar el barco en el que viaja por un capitán sin aptitudes y capacidad para ello, rebelándose contra tal barbaridad e, incluso, negándose a subir a la nave, los ciudadanos de un Estado también estarían obligados a amotinarse contra el inepto que te conduce con su desconocimiento al naufragio. Si además añades que la tripulación es del mismo nivel que su comandante, esta reacción inconformista se convertiría lógica y necesariamente en algo inevitable.

El timón de nuestra embarcación está en manos de alguien que no conoce los secretos del mar en el que navega a tumba abierta. El buque está sometido a incontables embestidas de bravísimas olas, y hace aguas por todas partes. Cuando debe evitar los escollos, arremete contra los arrecifes y, a causa de su temeridad, se abren nuevas vías de agua. Cuando lo que se tercia es costear y, por qué no, amarrar en puerto para reparar los desperfectos y continuar en mejores condiciones la singladura, insensatamente introduce mar adentro el bajel.

 Aquellos tripulantes que le asesoran, aquellos navegantes que le guían con cartas de navegación erróneas, hubieran sido buena compaña para Sir Francis Drake; corsarios políticos ávidos de suculentos botines. Y los que padecemos sus torpezas y tropelías, venga a achicar agua.

Lo que con una dirección inteligente y apropiada podría ser buque insignia del desarrollo, la innovación y la cultura, se va convirtiendo, por obra y gracia de estos mercenarios del poder, en una patera agujereada. De seguir así, cuando aviste tierra, en la nao no habrán pasajeros, sólo miseria y destrucción. El capitán y sus acólitos tienen buenas lanchas con las que salvar su vida, pero nosotros…La costa queda muy lejana para poder alcanzarla nadando.

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