La mirada del otro es (muchas veces) el espejo de nuestro ser.

Desde que nacemos, necesitamos de algún otro. Aunque lo ignoremos.

Y cuando adquirimos conciencia de nuestro ser, conjuntamente también se nos revela la conciencia de la existencia de los otros.

Otros que estarán omnipresentes en la geografía de nuestras experiencias reales o imaginarias.

Anhelamos futuros cielos. Pero no podemos renunciar a creer que esos cielos estarán poblados de los seres que amamos y que nos aman (o nos podrían amar) La idea de un cielo sin otros resulta una entidad demasiado abstracta para constituirse en un auténtico anhelo.

Pero, como lo expresara magistralmente el filósofo Jean Paul Sartre, los otros pueden también ser nuestro infierno. Porque, siguiendo a Sartre, la mirada del otro tiene el poder de cosificarme, de reducirme a objeto, cosas entre las cosas, nada. La mirada del otro puede provocar que me descubra  como ser avergonzado, culpable, olvidable, descartable.

Y contra este destino posible luchamos. Tal vez la única lucha cierta que libra el ser humano es la ser amado. Donde podría haber odio o indiferencia quisiéramos que haya amor. Ser mirados por una profunda y genuina conciencia de amor.

El psicoanalista francés Jacques lacan, lo expresó con claridad en sentencia breve: “El deseo humano es el deseo del otro; uno quisiera ser la causa del deseo del otro”

Sartre quizás ya había expresado similar idea en otros términos: lo que quisiéramos es que el otro nos descubra en nuestra esencia de libertad, desde su libertad. Al fin y al cabo, el amor es el intento de que el otro nos elija como seres subjetivos y no como cosas. Será por eso que la experiencia del amor suele ser  tan difícil.

Por estos lares, la importancia de los otros se revela en esta cita del gran actor argentino Alfredo Alcón: “Todos ensayamos mil caras y perfiles, pero, al final, dejamos entrever que la necesidad de querer y que nos quieran es vital”

Y también en la sentencia de un conocido locutor radial, que podría parafrasearse así: “Si no existieran otros allí, ¿para qué yo aquí?”.

Concientes de nuestra finitud, quisiéramos trascender a través de nuestros hijos, de nuestra obra, de alguien que nos recuerde como quisiéramos ser recordados. En todos los casos, anida la esperanza de no irnos del todo.

Quisiéramos ser huella, pero no huella anónima, sino certera plenitud  de lo que fuimos. Pero sólo existe huella para una conciencia capaz de revelar  su significado.  Sin los otros, moríamos para siempre.

Tal vez se trate de un resabio de la cultura cinematográfica  en que hemos vividos. Acaso de algo más profundo y arcaico. Lo cierto es que muchos hemos soñado con el extraño espectáculo de asistir –después de nuestra muerte terrenal– al film de nuestra vida; momento a momento a momento, detalle a detalle. Y, fundamentalmente, rodeados del público que nos acompañó en esa, nuestra vida real. Y, secretamente, quisiéramos también ser los montajistas de ese imposible film. Para así poder mostrarnos más cerca del inmaculado ideal de quienes habríamos querido realmente ser.

De modo que hacemos todo (o casi todo) pensando en los demás. Quisiéramos ser reconocidos y admirados. Deseamos trascender a través del recuerdo de los otros. Anhelamos ser objeto de la mirada del otro. Ser elegidos por la mirada de amor. Querer y que nos quieran.

No quisiéramos morir. Y si debemos morir, no quisiéramos morir del todo. Por eso imaginamos un futuro poblado de otros  que nos contemplen y nos justifiquen. Podemos renunciar a muchas cosas, podemos descreer de muchas certezas; pero es difícil abolir la idea de que existirán otros que estarán allí  –sino esperándonos– al menos para contemplarnos.

Porque, como dijo el poeta Antonio Porchia, en sus magistrales “Voces”:  “Se vive con al esperanza de llegar a ser un recuerdo”.


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