En la quietud de la noche, cuando el soñador descansa, cuando su corazón yace apacible entre el mundo onírico y el de las eternas posibilidades, todo queda mitigado y difuminado. Recuerdos pasados y futuros se entremezclan en un abrazo amorfo donde no hay principio ni fin. El más denso silencio intenta cubrirlo todo, ahogando cualquier vestigio de sonido que, desafiante, se atreva a desafiarlo. A la vez que la negrura no sólo cubre las percepciones sino las emociones de la persona, sumiéndolas en un letargo, que intenta ser sempiterno, pero que no siempre lo consigue.

Cuentos de nana hablaban de lo que puede acaecer en estas horas de olvido e inexistencia. Pero todo son especulaciones ya que nadie recuerda lo acaecido ni lo podría recordar. Son experiencias que transgreden los límites de la conciencia yendo a terrenos inexplorados, llenos de miedos, esperanzas perdidas, añoranzas, sueños en el equilibrio más precario. Un mundo desconocido, un lugar donde todos tienen miedo a adentrarse y nadie sale indemne de su visita.

Mientras que esa oscuridad no sólo limitada al sentido visual nos embarga, nuestro corazón en el plano espiritual se distorisiona y contrae en mil y una percepciones. Siendo el foco de unos nuevos sentidos, en un mundo que no podemos decir haber vivido. No es una vida, es una muerte viviendo, es el desarraigo del alma, el miedo más profundo que corre por esas venas invisibles de nuestro espíritu. Sin ser tan definitivo, es incluso más aterrador que la postrera hora que ha de avenir.

Donde el silencio es omniprensente, el más latimero sonido suena como una nota descolgada de su partitura en una constante coda, que parece una mofa a la física acústica. Ese sonido latente, vivo y a la vez carente de emociones que es lo que da la vida, es un reflejo del alma del soñador que ha transpasado los terrenos oníricos y aquellos posteriores para llenar al origen de la esencia de cada uno. Los propios sonidos paracen expresados por otros, las propias percepciones vividas por otros y las palabras de otros labios. Donde el dolor no es más que la dicotomía permanente de la existencia. El almacén perdido de cada persona, donde van a parar las cosas más íntimas de cada uno y algunas nunca se vuelven a recuperar, sumidos en ese olvido que va más allá de lo eterno y el siempre presente.

Cada uno llega hasta cierto punto, hasta donde su alma le permite antes de correr el riesgo de disgregarse en infinitas volutas, separarse, romperse del todo que una vez hubieramos sido. Desapareciendo así todo vestigio del conjunto de la persona, todo comienzo sin haber tenido nunca un final. Donde los sueños y las esparanzas dejan de recibir ese nombre ya que nunca llegaron a existir. Al final de todo ese cúmulo de cosas que eramos, de tantas ilusiones, tantas esperanzas, tantas añoranzas SOLO QUEDAN ECOS EN EL OLVIDO.

Descansa y deja que el eco honre tu esencia.

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