El mundo libre está cimentado en la economía de mercado cuyo objetivo es suplir la demanda de bienes y servicios de la gente.

La gente trabaja para satisfacerse en necesidades y aspiraciones por lo cual sus ingresos se destinan a adquirir los bienes y servicios que necesita y le provoca. La actuación de la gente es la suma del comportamiento individual, es decir el resultado de lo que se llama en economía como las “preferencias del consumidor”. Este decide en qué gastar o en ahorrar, o en invertir, etc.

La economía entonces está volcada a satisfacer al individuo en su libertad de decidir.

Esto no cambia. El individuo tiene sembrado su libre y legítimo derecho a luchar por su bienestar.

Pero, la enorme infraestructura de la economía mundial en expansión con todo su montaje para producir energía, bienes y servicios está conduciendo a la destrucción de la tierra, fuente de la vida.

Lo peor es que en la tarea de satisfacerse consiguiendo las cosas que quiere, el individuo tampoco está logrando su plena satisfacción, pero ese es otro tema de reflexión relacionado con el rumbo que llevamos.

Las alertas que recibimos diariamente sobre el deterioro de los ecosistemas y las medidas irrisorias que se toman en los gobiernos frente a la magnitud del problema así como nuestra pequeñísima contribución mediante la reducción del uso de contaminantes, no son suficientes para cambiar el destino de nuestra frágil humanidad dependiente de un planeta en franca destrucción.

La conclusión es que el propósito de cuidar el planeta choca con el fundamento de la economía de mercado cual es satisfacer al individuo. Es decir, que no parece haber solución. Y no la habrá si no cambiamos radicalmente.

Cambiar hacia qué?

Tengo la esperanza de que el individuo entienda que su bienestar no está solamente en satisfacer sus apetencias por confort, riquezas, etc. También produce bienestar trabajar por servir a los demás. Los sabios espirituales, los santos, lo pregonan y tienen razón. Es más, hasta abandonan los bienes materiales. Los más afortunados sienten mayor satisfacción no tanto cuando obtienen más dinero sino cuando se convierten en filántropos. La solidaridad entre los más pobres es admirable; comparten lo que tienen.

Si el hombre tiene sembrado su libre y legítimo derecho a luchar por su bienestar, creo que la economía para la vida consiste en diseñar un modelo económico que satisfaga el bienestar del individuo no solo suministrándole bienes y servicios sino alentándolo a trabajar por servir a los demás. Así será pleno su bienestar.

Ahora, porqué servirá un modelo económico para la vida para detener la destrucción del planeta, entre otras cosas, como por ejemplo superar la pobreza, la violencia y las enfermedades en el mundo?

Distraer la atención del hombre hacia el servicio a los demás es una buena idea para aplacar su ansiedad por cosas materiales pero fundamentalmente orienta su disposición de ánimo y su voluntad hacia la solución de los problemas que amenazan su existencia en la medida en que comience a pensar en la humanidad tanto como en su individualidad.

Ese es precisamente el punto de quiebre, es decir, el punto en el que el hombre retorna hacia la protección de su vida y la vida humana; en ese punto, ya la prioridad no es su egoísmo sino el bienestar común y pensar y actuar por mejorar las condiciones de vida de su entorno será prioridad en su vida.

Supongamos que gane terreno este pensamiento en todos los ámbitos de la vida social, en las escuelas, las empresas, las instituciones públicas, etc. En tal caso, cambiarán las decisiones que se tomen en todo sentido, la organización de los municipios, las autorizaciones respecto de la creación de empresas contaminantes, la grabación con mayores impuestos a los productos que contaminen, las restricciones al uso de vehículos de alto cilindraje, las políticas públicas sobre movilidad masiva en las ciudades, etc, etc y proliferarán soluciones verdes y sociales que no implican grandes inversiones sino compromisos ciudadanos.

Esto es imposible ahora, pues medidas en tal sentido pisan cayos de grandes y poderosos intereses económicos que impiden una regulación a favor de la vida. Habrá que imponer el modelo en el mundo entero porque el sistema capitalista está diseñado para estimular el derroche y aunque el sistema en sí no es ideológicamente malo sí terminó causando un daño enorme a la vida en el planeta. Ya entonces no se trata de luchas ideológicas sino de comportamientos prácticos individuales que se convertirán en una actitud colectiva y muy probablemente generalizada. Debemos pues volcar la atención hacia los efectos de una racionalización del consumo y distribución del ingreso en la economía mundial que no buscará tanto el crecimiento de corto plazo sino el bienestar social, mediante la estabilidad sostenible en el muy largo plazo que garantice el fomento de la vida en la tierra.

Al escribir esto, y volverlo a leer, me da pánico convertirme en un teórico improvisado. Por eso lo expongo para que sea objeto de reflexión para cambiar nuestras prácticas cotidianas, pues si los economistas, administradores de empresas y gobernantes se detienen a mirar para donde nos conducimos, probablemente cambiemos de rumbo que es lo que necesitamos. Busquemos pues encontrarnos en la identidad en un sentimiento que es más que eso, tal vez sea un pensamiento, una teoría científica de la vida o tal vez sea que simplemente compartir con, o trabajar por, o servir a los demás es lo que el hombre necesita para encontrar la paz y la felicidad en nuestra vida.

No creo que haya nada de malo en fomentar la vida sin tener que pensar en que estemos sacrificando nuestro interés egoísta, al contrario, ayudar a los demás fortalece el espíritu y el hombre entra en una dimensión celestial.

Cuál será esa dimensión, quien sabe, pero es la misma dimensión del Creador de la vida.

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