Ecología una ciencia con grandes retos por delante

La ecología y la resolución de los problemas ambientales

Retos para los seres humanos del siglo XXI

 

El uso abusivo por parte de los seres humanos de los recursos naturales así como la velocidad de explotación de los mismos se aleja mucho de lo comúnmente llamado “natural” y esto conlleva graves consecuencias para nuestro planeta.

La población humana ha crecido de manera desproporcionada con respecto al modo y velocidad de crecimiento de las poblaciones de otros seres vivos. Al coexistir un número tan elevado de individuos, se ha recurrido a una sobreexplotación de los recursos, que no son eternos.

La ecología se adelantaba a estas ideas al definir la “Noosfera”. Este término fue propuesto por el geoquímico ruso Vladimir I. Vernadsky a finales del siglo XIX. Se podría definir como el “conjunto de los seres inteligentes con el medio en que viven” y para Vernadsky era la tercera fase del desarrollo de La Tierra, después de la geosfera y la biosfera. De este modo, proponía que al igual que la biosfera modificaba a la geosfera, la noosfera hace lo propio con la biosfera.

Como ya apuntaba Thomas Robert Malthus, a principios del siglo XIX, la capacidad de crecimiento de nuestra población es infinitamente mayor que la capacidad del planeta para producir los alimentos que necesita tal cantidad de seres humanos asi como para albergar a los mismos. De este modo, ya en esta época, el erudito inglés comprendió que esta situación supondría un grave problema en el futuro, ya que llegaría un momento en que no habría suficientes recursos ni espacio para mantener este crecimiento. No obstante Malthus, al igual que Darwin, apuntó que ninguna población crece sin límites, pues hay infinidad de agentes destructivos que lo impiden.

El ser humano ha modificado la naturaleza a su antojo provocando la extinción de muchas especies y condenando a otras cuantas. De hecho esta mala gestión de los recursos naturales que el planeta le ofrece puede complicar su propia existencia. Podemos considerar, por tanto, al hombre como un agente destructivo movido por su deseo de conseguir cada vez más. Esta característica de nuestra especie podemos ejemplarizarla con el cambio climático, fenómeno que se ha visto acelerado y acentuado por su actividad y cuyas consecuencias se desarrollaron en el anterior ensayo.

Para concienciar a los gobiernos y a la población en general del impacto de la actividad humana sobre el planeta y de las graves consecuencias para la vida derivadas del mismo se fundó, en la década de 1970 del siglo pasado, el denominado “Club de Roma”. En sus informes se exponían un sin fin de resultados que dejaban ver cuál sería el futuro de nuestra población en a penas un siglo, si se mantenían las tendencias actuales de crecimiento de población, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos.

A la vista de los resultados lanzó la alarma ante la realidad del planeta y para intentar paliar las consecuencias futuras de nuestras acciones expuso la posibilidad de llegar a una situación de estabilidad ecológica y económica que, mantenida a largo plazo, podría solventar dichos problemas o al menos minimizar sus efectos.

Poco a poco íbamos entendiendo la magnitud del problema y, como ejemplo, ya a finales del siglo en la Declaración de Río, entre otros objetivos, se planteó la necesidad de un “desarrollo sostenible”. En 1997 se firmaría el Protocolo de Kioto, acuerdo por el cual muchos países se comprometían a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Para hacer efectivos estos compromisos hace falta unir el conocimiento científico, el tecnológico y la voluntad política. Pero en la mayoría de las ocasiones los intereses económicos pesan más, dejando todo esto simplemente en papel mojado.

El funcionamiento de los ecosistemas incluye, con gran relevancia, las actividades humanas, debido a la alteración que su presencia está causando en él. Por esta razón, la ecología ha tenido que asociarse con otras áreas. Los problemas ambientales generados por las sociedades humanas a lo largo de la historia y agudizados desde el inicio de la Revolución industrial, ha requerido que la ecología amplíe su campo de estudio hacia la ciencias sociales, para analizar la relación de las sociedades humanas con el medio ambiente.

No obstante no debemos obviar que todas las sociedades a lo largo de la historia han explotado recursos y han mantenido relaciones con el mundo natural. Sin embargo, la sociedad actual, despilfarradora de recursos y, por lo tanto, generadora de desechos y contaminación, ha destinado a la ecología científica a estar asociada también a la política, para poder debatir los problemas que ya está acarreando la crisis ambiental.

Los fenómenos mundiales como el cambio climático, la destrucción de la capa de ozono o la deforestación, entre otros muchos problemas, requieren aproximaciones científicas, dadas por la ecología para la gestión y ordenación adecuada de los recursos naturales. Para ello también la ecología se ha dotado de instrumentación muy sofisticada y herramientas para el manejo de una inmensa cantidad de datos. Así, los nuevos modelos de predicción permiten obtener resultados más certeros que, como ya hemos dicho, son críticos.

La ecología debe pues, en este siglo XXI, aprovechar estos avances tecnológicos que nos van a permitir aumentar de forma inimaginable nuestros conocimientos sobre los seres vivos y sus interacciones con el medio. En otras palabras comprenderemos mejor el funcionamiento de los ecosistemas, lo que es vital para poder tomar medidas para salvaguardarlos. Todo esto constituye un reto que aúna ciencias ecológicas, tecnología y sociedad para impedir los daños irreversibles que, de otro modo, padecerá la vida en la tierra, incluyendo, por lo tanto, a los seres humanos. La solución integral de los problemas ambientales vendrá de una verdadera interacción dinámica entre ciencia, tecnología y sociedad.

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