Había una vez un dragón que se llamaba Agustín. Era muy pequeño y simpático y vivía en una cueva con sus papás.

Un día se fue por el bosque en busca de amigos con los que compartir y jugar. Caminando se encontró a un oso grande y gordo, Agustín al verlo de ese tamaño exagerado le preguntó:

-¿Cómo eres tan grande?

El oso le dijo que comía muchos peces. Todos los que conseguía pescar en el río, que solían ser de una docena en adelante. -Es muy divertido, si quieres puedes venirte conmigo, añadió.

Agustín accedió encantado. La destreza de su nuevo amigo lo dejó alucinado.

Al día siguiente Agustín paseaba entre los altos y frondosos árboles cuando apareció una serpiente larga y flaca. Al verla de semejante forma le preguntó:

-¿Cómo estás tan delgada?

La serpiente orgullosa de su aspecto le contestó:

-Verás pequeño, soy así porque tengo la piel cubierta de escamas para poder deslizarme, pues me paso todo el día arrastrada por el suelo, soy buena trepadora y con mis saltos alcanzó gran altura. Hago mucho ejercicio.

-¡Guuuaaaauuuu! exclamó Agustín, ¿crees que podrás enseñarme?

Aprendió a saltar pero le era muy incómodo desplazarse a ras de la tierra.

En su tercer día de búsqueda, dragón anduvo demasiado sin ver a ningún animal, estaba muy cansado y decidió parar a descansar. Sin darse ni cuenta se quedó dormido y cuando despertó se asustó mucho porque unos enormes ojos verdes y brillantes lo miraban fijamente.

-No tengo que temer nada, pensó, ¡se parece un poco a mí! Es...un cocodrilo.

-¡Hola cocodrilo! ¿Dónde vas?

-Voy al río a refrescarme y a beber agua, le dijo.

Agustín ya tranquilo le acompañó, él también se sentía sediento. En el trayecto le preguntó:

-Oye cocodrilo ¿cómo eres tan fuerte?

A lo que el cocodrilo le espetó:

-Yo soy el rey del río y tengo que proteger a todos los seres que viven en él.

Dragón era feliz, había hecho un montón de amigos pero, algo en su interior le apenaba. Todos tenían cualidades espectaculares y él... Él no sabía cuál era la suya.

En esas estaba cuando, de repente, se le posó una mariquita que quería ser su amiga. A ella le agradaban los dragones.

-¡Hola! ¿Quieres ser mi amigo? le dijo.

Agustín antes de responder le preguntó:

-¿Por qué eres tan colorida?

Mariquita le contestó:

-Soy colorida porque me gusta alegrar la vista a todo aquel que me mira.

-Seré tu amigo, le dijo Agustín pero yo no soy bonito ni sé hacer nada y corriendo se fue hacia su cueva.

Se pasó toda la noche llorando y soñando, deseando ser capaz de algo. Tan frustrado y furioso se sentía que comenzó a respirar muy fuerte y seguido. De su nariz surgían pequeñas chispas que él no veía pues trataba de dormir. Como no se calmaba, las chispas fueron en aumento, distintas ráfagas y centellas de una luz abrasadora iluminaban su habitación. Por fin abrió los ojos y comprobó que él, el pequeño dragón, era el causante de semejante espectáculo de luz y calor.

Emocionado fue a avisar a sus padres. Ahora sí que era el dragón más dichoso del mundo, pues igual que sus amigos él también tenía una habilidad especial.

 

Pequeño y simpático dragón

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