Más de un mes llevaba Jonder entre los mortinatos, allí, según le explicó Félix el tiempo corría paralelo al de las personas. El cambio brusco solo se producía en el momento de la entrada. Influía en unos más que en otros; a él le había «costado» quince años, pero algunos lo lograban en meses; como también otros se demoraban más.

—Solo que aquí envejeces sin ponerte viejo —y las últimas palabras lo golpearon fuerte—. Algunos incluso no llegan nunca.

  ¡Nacer muerto y encima no llegar a donde se pudiera vivir! ¿Y entonces? No se atrevía a preguntarle eso a Félix

  Todas esas cavilaciones las interrumpió el llanto de su hermana. Félix le insistía en que no oyera, o al menos se desentendiera. Pero cómo desentenderse del sollozo de la hermana, por qué lo hacía, podría ayudarla…, infinitas preguntas rodeaban su mente cuando escuchaba llorar a Jamila.

  Y una noche no pudo más, sorteó la «vigilancia» del Encargado y saltó al mundo de Jamila, de su madre, de su padre; aunque sabía que no era su mundo.

  Félix le había explicado bien, este brinco lo dio en segundos y ahora estaba parado junto a su mamá que lactaba a la hermana.

  Sus primeros pensamientos fueron egoístas, sintió envidia de Jamila: ¡cuánto amor recibía que también le tocaba a él! Pero una fuerza mayor le impidió el regreso y se recostó en la parte delantera de la cama y así, de cierta manera, también sentirse amado.

  Cuando entró su papá ya Jamila dormía y este la arropó en la cuna para después besar a Daniela.

— ¿Me traes un vaso de agua cariño? —pidió ella.

—Claro mi amor.

  En fin, él faltaba, es cierto, pero había paz, ternura y amor en su casa. Entonces decidió irse.

  Pero, ¿por qué no mirar y conocer un poco del mundo donde había «nacido»? Y qué mejor forma para hacerlo que caminando por ahí, que sentándose en un parque, que mirando a la gente. Y haciendo esto trataba de grabar en su memoria la mayor cantidad de detalles por si no tenía la oportunidad de regresar.

  Se notaba internamente feliz, al principio le fue embarazoso: ¡nadie se percataba de él! Por supuesto, si no lo veían. Esa conclusión le dio gracia al final e incluso sacó algún provecho de su invisibilidad.

  Pero de pronto se sintió «observado». ¿Otro mortinato? O Félix lo habría encontrado…

  Decidió Jonder quedarse sentado muy quieto donde estaba, mirando a un lado y al otro; pero todo se veía normal: las personas caminando para allá y para acá, una pareja besándose en un banco varios metros a su izquierda, cuatro niños riéndose y corriendo alrededor de una mata.

—Lo que sea, o el que sea; que venga —se dijo sí mismo.

  Y así pasó. Una muchacha de más o menos su edad se sentó a su lado:

—Hola —le dijo respetuosa, pero muy natural—. Sabes —continuó sin dejarlo ni responder el saludo—, en ocasiones me han hablado del aura de las personas, ¿sabe qué es? Me llamó la atención y he leído sobre eso —seguía sin darle oportunidad—. Hace un rato que te observo y veo tu aura, es como si dejaras una estela de energía mientras caminas, como una luz que te persigue, o tal vez tú la guías.

  Después de esa frase hizo una pausa; pero Jonder estaba atónito, sorprendido.

— ¿Sabes de qué te hablo? —insistía la muchacha.

—Yo…, mira, pude ser que… —la mano de Félix le impidió seguir hablando, prácticamente le tapó la boca. Y le señaló que lo siguiera.

—Discúlpame, pero me tengo que ir —le dijo Jonder de manera directa a la jovencita, que también se puso de pie.

  Pero esta vez fue Jonder quien le impidió decir palabra alguna, alejándose rápido. Casi arrastrado por Félix.

—Nos podemos ver aquí mañana… —escuchó el joven mortinato entrando ya en el portal—, me llamo…

   Entonces volvió a sentarse, sola.

En el parque

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