Ya caminaban más alejados de la cafetería y por lo tanto más tranquilos. Al menos del cementerio habían escapado.

Pero la tensión se mantenía porque no lograban, entre los tres, aunar un criterio para decidir a dónde escapar. Imponiéndose por supuesto la condición de Natalia: regresar al mundo mortinato a buscar a su hijo.

—Ustedes pueden esperarme aquí —decía la joven mirando alternativamente a Félix y a su mamá.

—Yo no te dejo ir sola —le respondía la madre.

Gricel; usted sabe que no puede entrar allí —sentenciaba Félix de manera constante.

—Pero ella entró —reciprocaba Gricel señalando a la hija.

— ¡Y no te imaginas cuánto costó!

Con un gesto Natalia les pidió silencio para volver a indicar que no abandonaría al hijo.

—Yo iré —con tono fuerte, como Encargado al fin, concluyó Félix el debate.

Y sin dar tiempo se perdió por un portal que había ubicado unos metros adelante. Las dos mujeres intentaron alcanzarlo, pero no les fue posible.

 

Julio sintió acercarse una energía; él se había mantenido todo el tiempo al tanto de los estudios que iban realizando al niño recién nacido.

— ¡No debes estar aquí Félix! —reaccionó el joven con asombro—. Cientos de custodios te andan buscando.

—Vine para llevarme al niño.

—Pero…, cómo Félix.

—Con tu ayuda por supuesto.

— ¿Y Natalia, y su madre?

—Las dos te esperan.

Esas cuatro palabras provocaron un efecto en Julio, que Félix no imaginaba. El joven comenzó a dar pasos de un lado al otro, moviendo la cabeza sin parar.

De pronto se detuvo y con un gesto le indicó a Félix que avanzara hasta un árbol ubicado frente a ellos, al tiempo que se lanzaba a correr hacia el «laboratorio» donde estaba el niño. Félix hizo lo que dijo el muchacho y apenas tocó el tronco sintió una respiración muy agitada a sus espaldas. Julio se acercaba corriendo, cargaba al niño y lo perseguían más de diez mortinatos.

— ¡La segunda rama Félix, la segunda: pártela!

Félix continuó obedeciendo, con tremendo salto Julio llegó a su lado y los tres, junto con el árbol, fueron tragados por la tierra.

Dos mundos

—Allí están —le indica Félix al joven. Señalando a Natalia y Gricel.

—Ese árbol-portal lo preparé yo mismo —le dijo Julio en voz baja—, sabía que llegaría la oportunidad de usarlo.

La alegría de Natalia arropando a su hijo los contagió a todos. Pero de nuevo fue necesario decidir: ¿para dónde ir?

Los dos hombres se separaron para buscar un portal confiable.

—Encontré siete, pero en todos se percibe negatividad —dijo Félix.

—Y yo nueve —una pausa—, también sentí lo mismo.

—Por alguno debemos saltar —dijo Gricel.

Probaron por cuatro y en cada uno estaban siendo esperados por un grupo de difuntos que los atacaba.

Los saltos se mantenían, y siempre lo mismo.

En una ocasión lograron herir a Julio y Natalia pudo cruzarlo casi «por los pelos».

— ¡Tenemos que saltar en tiempo! —gritó Natalia vendando la herida del joven.

—Estoy de acuerdo dijo Félix, pero… ¿a cuándo?

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