Reacciones diferentes tuvieron Jonder y Natalia ante la inesperada llegada, o aparición de Leivis.

  Así se presentó la «mujer».

  Él quedó impregnado de su belleza y ella molesta. Después de tanto tiempo buscando alguna persona que notara su presencia encontró a ese muchacho que incluso le hablaba. Y entonces llegó Leivis a interponerse entre ambos. Quizás debió darle alegría, otra persona la percibía, le hablaba, pero algo no le gustaba.

  ¿Por qué aparecer en ese instante preciso que ellos disfrutaban? Ninguno de los jóvenes se decide a expresar palabra y Leivis toma la iniciativa:

— ¿Tú eres mortinato verdad? —a la confirmación de Jonder, ella continúa—. Tú mundo no es bien visto entre los otros mundos de difuntos…

— ¿Otros mundos? —preguntaron ambos de inmediato.

—Por supuesto; cuántos millones de seres ya murieron en este planeta. Y por cuántas razones diferentes —Jonder y Natalia continuaban atónitos—. Te decía Jonder que ustedes no son bien vistos porque se piensan superiores y más inteligentes…

— ¡Eso no es así...! Por  qué dices eso.

—No lo digo yo, es lo que se habla en…, pero mejor vamos para que lo vean ustedes mismos. Tu madre —esta vez se dirigió a Natalia—, siempre te disimuló del mundo, pero al mismo tiempo te lo ocultó a ti. Siempre «viviste» arropada a ella y por eso no sabes…

—A dónde dijiste que iríamos —la interrumpió Jonder para que no lastimara más a Natalia.

  Leivis, sin hablar, tomó al muchacho de la mano y le dijo a Natalia:

— ¡Síguenos!

  Sin quitar la vista de las dos manos apretadas, Natalia caminó casi cien metros detrás de ellos. Hasta llegar a una pequeña cafetería ubicada en la intersección de tres calles, adquiriendo la forma de una proa de barco y tres accesos, uno por cada vía.

  El nombre del lugar no lo pudieron grabar ni Natalia, ni Jonder. Ella porque no dejaba de mirar como Leivis tomaba los dedos de su amigo y él porque se sentía dominado por la belleza de la «mujer».

  Cuando entraron Leivis saludó a uno de los camareros y este, con un movimiento del cuello, le indicó una puerta.

  Al cruzar el vano alguien, vestido con el traje de La Parca le dio la bienvenida a un inmenso Campo Santo. 

Dos mundos

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